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1. Dejé de caminar lento y con calma.

En Colombia, definitivamente es normal caminar lentamente y con toda la calma mientras vas hablando con amigos y compañeros de trabajo, viendo vitrinas o simplemente disfrutando del sol. En Londres, en cambio, el ritmo de vida es totalmente diferente. Todo va muy rápido, incluida la velocidad a la que caminan los peatones.

Allí me acostumbré a las grandes multitudes de las estaciones del Tube y a las infinitas masas de gente de Oxford Street. Si no caminas al rápido ritmo de los demás, fácilmente quedas atrapado entre la multitud y no tardarán en mirarte de manera extraña. Después de un tiempo, terminé por acostumbrarme y ser yo misma quien sólo con la mirada apuraba a los turistas desprevenidos que caminaban lentamente.

 

2. Cambié los paseos a fincas los fines de semana por pic-nics y salidas a los parques.

En Bogotá, es muy común aprovechar los días festivos (puentes) para viajar con amigos y familiares a fincas cercanas de clima cálido, descansar y disfrutar de una buena piscina. En Londres, aprendí a disfrutar de mis fines de semana en compañía de amigos haciendo un pic-nic con un poco de vino en uno de los tantos parques de la ciudad. En Colombia, no es aún tan común disfrutar de los parques de esa manera, pero gracias a mi experiencia en Londres, hoy amo salir a un parque, a tomar una copa de vino, leer un buen libro y disfrutar del sol.

 

3. Cambié mi manera de pensar sobre conocer gente en bares y discotecas.

La verdad es que en Bogotá no es tan común salir de rumba y terminar conociendo mucha gente al final de la noche. Usualmente, los colombianos salimos en grupos de amigos o en pareja, lo cual hace que sea más difícil acercarse a otros grupos a conocer personas o invitar a bailar a alguien. Existe cierta tendencia a pensar que si alguien te saca a bailar o te habla en una discoteca, su intención es “echarte los perros” (coquetear o seducir).

En Londres aprendí que nada tiene que ver con eso. Es realmente normal salir y conocer gente en cualquier lugar, un pub, un club, un bar, el bus de regreso a casa o cualquier otro lugar. La gente es muy abierta a conocer a otros en diferentes circunstancias, lo cual no necesariamente implica una intención más allá de hablar con alguien o tener nuevos amigos.

 

4. Aprendí a amar los musicales.

A pesar de que en Colombia hay gran variedad de obras de teatro e incluso se celebra cada dos años el Festival Iberoamericano de Teatro, las obras más populares usualmente son comedias o shows de stand-up comedy. Honestamente, no somos en lo absoluto amantes de los musicales.

Al vivir en Londres, entendí y aprendí a querer la cultura de los musicales. Y es que están por todas partes. Los publicitan con carteles y promociones en la infinidad de kioskos de Leicester Square y los presentan alrededor de todos los teatros de la ciudad. Definitivamente hay para todos los gustos. Desde “El Rey León”, pasando por el clásico “Les Misérables”, hasta los más contemporáneos como “Priscilla”. Lo cierto es que ninguno pasa desapercibido. Hoy, tengo que confesar que soy una total adicta a los musicales.

 

5. Entendí que debía mirar hacia el lado contrario de la calle.

Adaptarse al hecho de que en Londres todo está del lado contrario al que estamos acostumbrados no es nada fácil para el cerebro. Reconozco que los famosos letreros pintados en el piso alrededor de la ciudad que dicen “Look Right” y “Look Left” son convenientemente útiles en el proceso de adaptación. Me costó bastante pero finalmente entendí que debía mirar a la izquierda y no a la derecha si quería evitar ser atropellada y que debía subirme al bus del lado contrario para llegar a mi destino. Además, mi cerebro comprendió que quien se bajaba en la mitad de la calle no era quien iba manejando el carro, simplemente era el pasajero que iba del lado contrario al que yo estaba acostumbrada.

 

6. Dejé de quedarme inmóvil en la mitad de las escaleras eléctricas.

En Londres, la gente siempre está de afán, caminan a mil por hora, en especial en horas de alta congestión o camino a su trabajo. Y no es para menos, con las grandes distancias que se deben recorrer para llegar a tiempo a cualquier lugar. Pero algo que me impactó cuando llegué por primera vez fue la manera de subir y bajar las escaleras eléctricas. No importa si es en el metro, el aeropuerto, un almacén o en cualquier otro lugar. Si te quedas estático a la izquierda de una escalera eléctrica, sin dar paso a los demás, será muy evidente que eres un turista desubicado entre la multitud. Así que aprendí a pararme a la derecha de la escalera y no estorbar, o a subirlas y bajarlas por la izquierda al ritmo londinense.

 

7. Confirmé lo que decía una de las canciones infantiles más populares de mi niñez: “Viajar en tren es lo mejor”.

Es muy fácil viajar en tren en UK y en Europa. Además, es mil veces más cómodo que estar pensando en los 100 ml permitidos en el equipaje de mano de un avión. Eso, sin mencionar el no exceder ni un kg ni unos cm de las dimensiones y peso permitidos en las maletas. Es también mucho mejor que un carro, pues no existe la preocupación del cansancio del conductor, quien seguramente debe manejar mínimo tres horas en las curvas carreteras colombianas. En tren todo es más sencillo. Simplemente sentarse, relajarse y llegar directamente al centro de cualquier ciudad. En Colombia, desafortunadamente, no hay trenes. Al viajar, debemos hacerlo en carro, bus o avión, pero Londres definitivamente me enseñó a amar los viajes en tren, su facilidad y su comodidad.

 

8. Cambié mi carro por un bus, un metro y largas caminatas.

En las ciudades colombianas, especialmente en Bogotá, el uso del automóvil es muy alto. Tanto, que para disminuir un poco la congestión se ha recurrido a medidas como el “pico y placa”, la cual prohíbe circular en el carro durante ciertos días en horas determinadas, dependiendo de la placa del vehículo. Lo cierto es que desafortunadamente en Bogotá no hay un buen sistema de transporte.

Por el contrario, usar el transporte público en Londres es realmente fácil, haciendo que sus habitantes prefieran su uso a cambio del carro particular. Viviendo en Londres me di cuenta los beneficios de dejar de lado el carro y comenzar a caminar por una hermosa ciudad y trasladarse en bus, metro e incluso barco de una manera segura, cómoda y agradable.

 

9. Dejé de esperar que en una cita me acompañaran de regreso a casa.

En Colombia, la norma más que la excepción, es que el hombre recoja y acompañe de regreso a su casa a la mujer como una muestra de cortesía y un arma de seducción. En Londres, esto nunca me pasó, por lo menos a mí. Pero creo que es comprensible. Son tan largas las distancias, que hacer esto podría significar muchas horas en un bus o metro atravesando la ciudad de un lado a otro. Sin contar, por supuesto, el alto costo que podría implicar ir en un taxi. Por lo tanto, entendí que por buena o mala que sea la cita, esta costumbre colombiana es realmente difícil de replicar en una ciudad como Londres y no necesariamente es equivalente a una falta de cortesía.

 

10. En los supermercados, reemplacé las bolsas plásticas por bolsas de tela reutilizables.

Reino Unido nos lleva una gran ventaja a los colombianos en términos de conservación del medio ambiente. En Colombia, recién hace poco se comenzó a hablar de estos temas de una manera más seria. Londres, sin embargo, me permitió cambiar mi mentalidad sobre este tema a través de hábitos tan sencillos como no usar bolsas plásticas en el supermercado y reciclar. Definitivamente no fue difícil acostumbrarme a separar la basura de una manera adecuada y a llevar siempre bolsas reutilizables o incluso maletas, si el tamaño del mercado lo ameritaba, reemplazando por completo las bolsas plásticas.

 

11. Cambié los jeans para ir a bailar, por faldas muy cortas, vestidos “elegantes” y tacones altos.

En Londres, a las mujeres les encanta salir a bailar bastante ligeras de ropa, incluso en el invierno. Las salidas nocturnas incluyen vestidos brillantes, adornados y elegantes, que antes yo hubiera usado únicamente para reuniones formales o incluso matrimonios. También incluyen faldas muy cortas y tacones muy altos, sin importar que deban caminar a las tres de la mañana a dos grados centígrados. Esto me causó un gran impacto al llegar a Londres.

En Colombia, cada vez más las jóvenes han adoptado este vestuario para salir a rumbear, pero hace unos años lo más común era usar un jean o cualquier otro pantalón. A pesar de esto, para mí fue sólo cuestión de meses formar parte de ese grupo de mujeres con faldas cortas a temperaturas mínimas en las madrugadas de Londres.

 

12. Aprendí a ser más cuidadosa al bajarme del transporte público.

El famoso “Mind de Gap” es más que una expresión típica Londinense que adorna todas las tiendas de souvenirs de la ciudad. Nunca antes, hasta que viví allí, estuve tan atenta al bajarme de un transporte público. Es un hecho que el “gap” existe y que si no se mira con extremo cuidado al bajarse del Tube, se corre un alto riesgo de ser atrapado por un enorme hueco de 40cm entre el tren y la plataforma.

 

13. Cambié la hora de llegada de mis salidas nocturnas.

Cuando llegué a Londres, debí acostumbrarme a una de dos cosas: regresaba muy temprano a mi casa o regresaba muy tarde. No había un punto medio como en Colombia. Aquella época de llegar a dormir media hora después de salir del bar, dejó de ser una realidad para mí.

En Londres, los pubs cierran a las 11:00 p.m, lo cual aún me parece increíble, tratándose de la ciudad de los pubs por excelencia. El metro, por su parte, funciona hasta poco más de la media noche. Así que regresar a mi casa me dejaba pocas opciones. Regresaba como Cenicienta antes de que cerrara el metro, o emprendía toda una travesía en la madrugada. Con suerte, el bus 24 horas no se demoraba mucho en pasar y llegaba a eso de las 5:00 a.m a mi casa después de un largo recorrido, millones de paradas y una larga caminata, pues el bus más cercano no trabajaba 24 horas. Un taxi o minicab realmente no era una opción siendo estudiante, considerando que mínimo debía pagar £60 para regresar.

 

14. Dejé de rezar las novenas en época de Navidad.

Las novenas son una costumbre colombiana muy común, en la cual rezamos alrededor del pesebre durante nueve días antes de la noche de Navidad y cantamos villancicos en la casa de amigos y familiares. Allí, las comidas típicas de la época son infaltables: la natilla, los buñuelos, un tamal, entre otros, que acompañan la reunión de los más allegados. Esta costumbre tiene como fin principal reunirse con los más cercanos en una época muy especial para los colombianos, así como mantener las tradiciones en los más pequeños. Sin embargo, mantener esas tradiciones lejos de casa y de la familia se hace mucho más difícil.

 

15. Aprendí a valorar el sol.

Es increíble cómo podemos dar por sentado algo que forma parte de nuestra vida diaria como el sol, a tal punto de no notarlo ni valorarlo. En Colombia hay gran variedad de climas, pero algo es seguro, el sol sale prácticamente todos los días. Incluso en días lluviosos, generalmente hay un momento para disfrutar del intenso azul del cielo y un poco de sol.

En Londres, en cambio, no es un secreto que el clima no es algo de lo cual se pueda alardear. Además de la famosa lluvia londinense y de sus veranos que duran alrededor de un mes, me impactó el color opaco de su cielo. Incluso en días soleados el cielo es de un color mucho más claro, como un tono pastel, muy distinto al que vemos en América. Lo cierto es que esto hace que los londinenses valoren y disfruten al máximo cada mínimo rayo de sol.

Yo aprendí a disfrutar del sol, a salir a los parques llenos de gente cada vez que había oportunidad, a caminar en días soleados, a ponerme un vestido cada vez que hiciera algo de calor, así muriera de frío a las ocho de la noche. Aprendí también a valorar lo maravilloso que es ver y sentir el sol intenso de mi país, aunque honestamente disfruté lo que tenía para ofrecer cada una de las cuatro estaciones.

Lo más importante de todo esto es que aprendí a amar a Londres con sus pros y cons, y aprendí a valorar más lo que tengo en casa.