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1. Ir menos a la peluquería.

No sé quién habrá sido la primera mujer en decir: “antes muerta que sencilla”, pero hay algo que me lleva a pensar que fue una paisana. Venezolana que se respeta va a la peluquería por lo menos una vez a la semana. En Francia, en cambio, las mujeres se preocupan un poco menos por su imagen. La naturalidad está culturalmente aceptada. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. ¡Por un mundo con menos laca!

 

2. Levantarnos más tarde.

Hay muchas cosas que amo en esta vida y una de ellas es dormir. Desde que llegué aquí hay algo que me hace sentir con más energía todas las mañanas y me atrevo a afirmar que es el hecho de poder levantarme a las siete en vez de hacerlo a las cinco y media como era costumbre en mi querida Venezuela. Los franceses empiezan todas sus actividades más tarde. Por ejemplo, los colegios reciben a los alumnos a las ocho de la mañana y la jornada laboral empieza entre las ocho y media y las nueve y media. ¡Por un país con menos zombies en las mañanas, levántate a las siete!

 

3. Querer al país como si no existiera otro.

En Francia he conocido gente que ama a su país al punto que a veces se les olvida que existe un mundo más grande que este “pentágono” allá afuera. A pesar de que esta reivindicación de la Patria puede pasar por chovinista, me encantaría que los venezolanos nos contagiáramos sólo un poquito de ese amor a la tierra que muchas veces nos falta. Sobre todo aquellos que al emigrar reniegan del país y se convierten en esa especie de inmigrantes sin patria: los apátridas.

 

4. No “picar” entre comidas.

Y aquí voy a una cuestión que tiene que ver con nuestra salud y que además es benéfica para nosotros. Siempre hemos escuchado de los médicos que es bueno evitar “picar” entre comidas, pero ¿cómo resistirse a una empanadita, una galletita, unas papitas o unos platanitos? En Francia, es raro ver a alguien “picando” fuera de los horarios de las comidas. Con el tiempo te acostumbras, adoptas hábitos más sanos y lo más importante es que tu cuerpo lo agradece en kilos de menos.

 

5. Hacer más picnics.

Vivir en un país tropical en el que ves el sol casi todos los días hace que en algún momento dejes de apreciar ese regalo de la naturaleza. En Venezuela tuve a un profesor que había vivido en Londres, quien nos decía que aprovecháramos el sol y comiéramos en los jardines del campus. De más está decir que casi nunca lo hacíamos. Una vez que llegué a Francia, lo entendí. Ahora siento que es mi turno de predicar a favor de los picnics. En un país con estaciones, cualquier rayito de sol es una buena excusa para sacar el mantel, la cesta y reunirse con los amigos en un parque. Los venezolanos deberíamos aprovechar las maravillosas condiciones climáticas que tenemos y hacer picnics más a menudo.

 

6. Tener más vacaciones anuales.

Recuerdo que en una de mis primeras clases de francés discutimos sobre el tema laboral en Francia. Cuando escuché que semanalmente sólo se podía trabajar 35 horas y que las vacaciones anuales eran de cinco semanas, no me lo podía creer. Saqué cuentas para constatar que en Venezuela trabajamos más horas y tenemos muchas menos vacaciones. ¡Imagínate todo lo que podrías hacer con cinco semanas de vacaciones! Esta debería ser una lucha prioritaria.

 

7. Tomar vino en vez de tanto ron.

Antes de venir, había empezado a descubrir el vino y a pesar de que me gustaba, a mi botella de ron no la cambiaba por nada. Ahora, en busca de una vida sana y equilibrada, he optado por honrar a Baco y estoy convencida de que todos podemos disfrutar de los beneficios. “Una copa de vino al día es buena para la salud”, “una copa de vino tinto podría ser equivalente a una hora de ejercicio”, “el vino ayuda a fortalecer el sistema inmunológico” y la lista de buenas noticias continúa… En cambio el ron, que como venezolanos defendemos a capa y espada, no tiene tantos efectos positivos. Bueno, según cómo se mire.

 

8. No tocar corneta.

Qué feo es caminar por la calle y escuchar a todo el mundo apretando el claxon del carro como si se tratara de un rayo desmaterializador que va a destruir los carros que están delante para dejarte pasar…

Desde que estoy entre los franceses, la contaminación acústica de la que soy víctima es mucho menor. He comprobado que escucho mejor y comienzo a entender por qué los franceses son tan quisquillosos con el ruido. Aquí aprendieron a no “cornetear” porque la ley lo prohíbe. Yo creo que en Venezuela seríamos un poco más felices sin tanto ruido innecesario. Valdría la pena implementar algo similar en el trópico, esperando que sea respetado. ¡Por un mundo sin contaminación acústica!

 

9. Respetar el tiempo libre (y la privacidad).

Antes de llegar a Francia ya había comenzado a trabajar y mi recargada vida laboral sumada a las interminables colas no me permitían escaparme del trabajo, así fuera para ir al médico. Además, en caso de necesitar salir más temprano, tanto tu jefe como tus compañeros querían saber para dónde ibas, por qué, con quién, etc., etc. Es que a los venezolanos nos encanta el chisme. En Francia, la hora a la salgas y lo que hagas después del trabajo es tu responsabilidad. Poco importa si le dijiste a tu jefe que tenías curso de cítara y que en realidad te fuiste a tomar una cerveza con unos amigos. Lo que pasa después del trabajo no genera ningún tipo de intriga y queda a tu conciencia. Finalmente, esto hace parte de tu vida privada y eso se respeta. ¡Dejemos el chisme!

 

10. Comer queso después de la comida.

Debes estar pensando… ¿a quién se le habrá ocurrido semejante idea? Y para eso sólo tengo una respuesta: a un genio. Bueno, quizás no el zar de los genios pero francamente es algo digno de hacer. Cuando empecé a conocer la cultura francesa, esa costumbre me parecía una de las más raras. Ver desfilar una bandeja de quesos cuando lo que estás esperando es el postre puede desconcertarte. Mucho más cuando para ti es algo que se come en el desayuno o la cena con una arepa o en un sandwich. Luego de haber hecho el test y haberme vuelto casi adicta a la tradición mi consejo es que lo pruebes, por lo menos una vez. Ya vas a ver que no está nada mal…

 

11. Cambiar el carro por la bicicleta.

Aquí me he acostumbrado tanto a la bicicleta que ahora lo que me da flojera es caminar. Como sé que en bici llegaré más rápido, me lo pienso dos veces antes de salir a pie. En Venezuela puede ser difícil moverse en bici… sobre todo por las distancias, los motorizados y quizás el riesgo de robo… Sin embargo, deberíamos empezar a plantearnos la idea de utilizar la bicicleta a la hora de hacer ciertos recorridos cortos, como por ejemplo, ir a la panadería, a la farmacia o al gimnasio. Además, estaremos matando dos pájaros de un tiro: ¡contaminamos menos y hacemos ejercicio! Y con el tiempo, empiezas a ver esas piernas torneadas. ¿Te quedan dudas de los beneficios?

 

12. Pensar más en el impacto ambiental de nuestras acciones cotidianas.

Ver un autobús o un carro “haciendo parrilla*” era algo casi normal para mi, aunque sabía que estaba mal y más de una vez me tragué ese humo. Además, botellas, comida, papeles y cartón terminaban en el mismo saco de basura y no prestaba demasiada atención a ello, hasta que llegué a Francia. Tuve que adoptar ciertos hábitos a los que no estaba acostumbrada, pero lo he hecho con la alegría de saber que se trata de una acción positiva para todos: ¡Reciclemos más!