Crédito: Ivan Hernández

1. Agregué un par de palabras prohibidas a mi lista.

Ya no puedo decir concha ni cajeta sin hacer que mis interlocutores se pongan colorados…

2. Y hay otras palabras que ya no puedo usar.

No porque estén prohibidas, sino porque nadie las entiende. Qué padre pasó a ser Qué bueno, chido es genial, órale es dale, chingón es bárbaro y carnalito es…¡che, boludo!

3. Sigo comiendo tacos, pero…

¡Ya no saben igual! En lugar de tortillas de maíz uso tortillas de harina, que acá llaman “rapiditas”. Me despedí con un triste adiós de los taquitos de maíz de esos chiquitos con tortillita doble… ¡ay qué ricos!

4. ¿Y los chicharrones?

Ni siquiera existen. Un día voy a escribir un melancólico tango dedicado a los chicharrones…

5. Las mayores muestras de amor y amistad vienen desde México…

¡En las maletas de mis amigos! Chiles enlatados, botellitas con chile habanero, TANG de Jamaica, horchata y tamarindo, frijolitos empaquetados, achiote, Salsa Valentina, Tajín, tequila y mezcal son los productos que ahora encabezan mi lista de deseos.

6. Y aunque se me parta el corazón…

Sé que no volveré a probar un mole que no venga en un tetra pak.

7. Las chingaderas se volvieron cositos.

En México cuando no encontramos un nombre para algo lo llamamos esa chingadera, esa madre o ese mugrero. Pues no, de ahora en adelante si no encuentro cómo denominar algo tengo que decirle el coso o, en su defecto, el cosito.

8. Y tuve que dejar de alburear.

Aquí se pierde un poco el chiste… Ni siquiera me ha funcionado con los cordobeses, que son los que más usan el doble sentido. Aquí me río sola cuando alguien, sin querer, dice cosas como Eres excelente en el arte culinario o, en un asado, Tanta carne ¡y yo vegetariano!

9. Empecé a comer panchos.

¡Y no crean que hablo de comer Franciscos! Hablo de los hot dogs, que no vienen en platos, sino en un cartoncito… Y nunca, jamás vienen con ensalada. Mucho menos con chiles en escabeche o zanahorias. ¡Es muy triste!

10. Ir a la verdulería se ha convertido en todo un reto lingüístico.

Tengo que convertir el chile en ají, el aguacate en palta, la fresa en frutilla y el camote en batata.

11. Ya no digo ¿Bueno? cuando atiendo el teléfono.

Aunque a veces se me olvide y siga respondiendo a la usanza mexicana, la oposición es férrea y mis interlocutores insisten con el Hola como si el teléfono fuera un campo de batalla. Hasta que, finalmente, tengo que rendirme…

12. Tengo que explicar los mil usos de chingar.

Es que mis amigos, cuando recién nos conocimos, pensaban que el «Chinga tu madre» era un saludo amistoso…

13. Ya no me llaman por mi nombre.

Ahora, en cualquier grupo al que pertenezco soy, simplemente, la mexicana.