1. No volví a abrir la puerta de acceso a mi edificio

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En Colombia, tener la llave para la puerta de acceso al edificio es un privilegio de pocos. En prácticamente todos los conjuntos hay un vigilante (o “guarda” como le dicen acá) encargado de abrir las puertas y permitir el acceso. Cuando estás recién mudado, puede que pregunte a dónde vas. Luego, sorprende no sólo cómo reconocen donde vives sino lo rápido que logran ubicar tu buzón de correspondencia.

 

2. Encuentro “vecinos” en todos lados

“¿En qué le ayudo veci?” o “Dígame, veci” es una expresión común en Bogotá. No importa si es la primera vez que te cruzas con esa persona o si te encuentras a kilómetros de tu casa, quien te atiende en un comercio no dudará en decirte “veci” y, una vez que le agarres la costumbre, te encontrarás tú saludando a vecinos por doquier.

 

3. Ya no viajo bajo tierra

En Caracas, el sistema de transporte masivo por excelencia es el metro, un subterráneo que además de ser más económico solía ser más rápido que el transporte terrestre. En Bogotá, en cambio, todo el transporte público es superficial y el Transmilenio es la versión terrestre del metro de Caracas, con varias líneas, estaciones terminales y hasta con las mismas malas miradas y empujones de la hora pico.

 

4. Ni respondo a “señora”: ahora soy “doña”

En Venezuela cuando no puedes tutear a alguien le dices “señora” o “señor” pero en Colombia lo común es usar “don” o “doña”. No sabes cómo ocurre, pero de pronto te encuentras saludando al vecino don Rafael o deseándole buena tarde a doña Mariela, y lo haces de forma absolutamente natural.

 

5. Comencé a tomar sopa para el desayuno

En Venezuela se desayuna comúnmente con una arepa y las sopas suelen ser la entrada para un almuerzo. Sin embargo, en Colombia es típico iniciar el desayuno con un caldo de costillas y papas. Luego, se toma almojábana, rebanadas de queso y chocolate caliente. Y, la verdad, ¡es delicioso!

 

6. Utilizo panela para endulzar

El café, no importa si tinto o con leche, en Colombia suele endulzarse con panela. Por supuesto que quien quiere azúcar refinada y edulcorante puede usarlos, pero la panela es una opción disponible en prácticamente todos los restaurantes… ¿Quieres un dato más? Si le colocas panela y canela al tinto (un guayoyo a lo venezolano) tendrás un café campesino, de mucho aroma y gran sabor, típico colombiano.

 

7. Las velitas marcan la llegada de mi Navidad

Si en Venezuela cada 21 de diciembre conmemoraba la llegada del Espíritu de la Navidad, en Colombia la llegada del Niño Dios la anticipa la celebración de la noche de las velitas. Cada 7 de diciembre, la gente se congrega en el espacio público para festejar a la Inmaculada Concepción de la Virgen María encendiendo velitas, pidiendo deseos y compartiendo aromáticas, natilla y buñuelos… ¡Maravilloso!

 

8. Ahora reciclo todo

Una bolsa blanca o verde para los plásticos y una negra o roja para los residuos orgánicos. Separar la basura correctamente en Venezuela es una decisión personal; en Bogotá no hacerlo implica ganarse una sanción municipal e incluso una amonestación de tu junta de vecinos.

 

9. Adoro el A domicilio, ¡por favor!

La verdad es que en Venezuela el servicio a domicilio suele ser excepcional, como un plus de ciertos establecimientos. Sin embargo, en Colombia se puede comprar desde un bombillo hasta una malteada de Starbucks a domicilio. Bien sea por una aplicación móvil o simplemente llamando al número de teléfono que te dieron en el abasto de la esquina, prácticamente cualquier establecimiento presta el servicio con costo cero o a precios muy bajos.

 

10. Dije adiós a las sandalias

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Si vives en Bogotá, no sólo dejarás de usar sandalias sino que te asegurarás que el cielo tenga un sol radiante antes de ponerte zapatillas. La lluvia puede no solo arruinarte el día sino causar un resfriado insoportable por el simple hecho de haber usado los zapatos incorrectos. ¡Esas botas que nunca usaste en Venezuela de pronto son tus grandes aliadas!

 

11. Las bebidas con hielo ahora son una excepción

En Venezuela todas las bebidas se sirven con hielo, y a veces muuuucho hielo, pero en Bogotá eso de colocarse hielo a los jugos o a las gaseosas es poco común. Algunas cosas suelen servirse a temperatura ambiente, otras recién salidas de la nevera, pero que te sirvan un vaso repleto de cubitos de hielo es un fenómeno difícil de hallar… Confieso que aún no me acostumbro y, pese a las miradas de confusión que recibo, a veces pido “Un vaso extra con hielo, ¡por favor!”.

 

12. Puedo escuchar una moto sin sentir ese corrientazo de susto en el cuerpo

El venezolano, y sobre todo el caraqueño, sabe que escuchar a una moto acercarse y bajar la velocidad es señal suficiente para salir corriendo o encomendarse a los santos y rogar que no se trate de un robo. En Bogotá, el número de motos no sólo es menor sino que rara vez las motocicletas están asociadas a delitos. Aunque cuesta al principio, te acostumbras a escuchar a una moto acercándose sin morir de un infarto.

 

13. De a poco, me acostumbro a un mundo sin canillas

Quizá consigas buenos panes de queso o maíz, pero eso de desayunar o cenar con una canilla es un lujo que el venezolano no se dará en Colombia. Pese a que pueden conseguirse panes sabrosos, no habrá un lugar donde entiendan que cuando pides una canilla buscas un baguette que no es baguette, con costra dura pero no tanto, suave por dentro, sin nada de dulce, que combina perfecto con la mantequilla, que sabe increíble con queso… En fin, hay que resignarse y aceptar al pan de sándwich como la mejor opción.