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1. Tuve que invertir eso de “desayuna como rey, almuerza como príncipe y cena como mendigo”.

En Argentina, el famoso dicho venezolano se pone patas para arriba. Un típico desayuno aquí consta de galletitas con mate o café y en su defecto una media luna (croissant), nada más. En el almuerzo, alcanza con un sándwich o una ensalada ligera. Pero cuando llega la cena, se pueden meter hasta un churrasco de medio kilo de carne con papas fritas, o un chorizo con su buena porción de pan para acompañar y finalizar con un flan con dulce de leche como “postrecito”. Ah, eso sí, luego se horrorizan cuando les contamos que en Venezuela podemos comernos una arepa con pollo y caraotas refritas acabados de levantar.

 

2. Ya no hablo con chicos extraños en la calle.

No es que haya alguna prohibición ni que las chicas argentinas sean un montón de moralistas puritanas. En Argentina pareciera que confunden simpatía con coqueteo, como si el mero hecho de entablar una conversación significara que una quiera llegar a algo más. Una vez, después de conversar 15 minutos con un chico en una plaza, intentó besarme al despedirse. Amigas argentinas me advirtieron que a los hombres de acá les das un dedo y se agarran el brazo completo.

 

3. Ahora el “Hola, mucho gusto” viene con beso incluido. Y lo peor es que… ¡me gusta!

En Venezuela se acostumbra que cuando dos personas recién se conocen se dan un apretón de manos, nada más. En Argentina, en cambio, te dejan con el brazo extendido y de una te mandan un beso en la mejilla para presentarse. Al principio sientes un poco invadido tu espacio personal… pero luego de un tiempo te acostumbras a este hábito cariñoso.

 

4. Aprendí a hacer la vista gorda a los gérmenes bucales.

Como muchos saben, la bebida tradicional de Argentina es el mate. Las primeras veces no es muy agradable a nuestro novato paladar, pero luego le vas agarrando el gustico. Sin embargo, a lo que más cuesta acostumbrarse es a compartir la misma “bombilla” con un ejército de personas. Aunque en Venezuela, cuando jóvenes, compartamos un vaso de ron, no es lo mismo que succionar del mismo pitillo como ocurre con el mate. De todos modos, para no quedar como el mala onda en las reuniones con argentinos, no te queda otra más que hacer de tripas corazón, succionar, pasarlo y sonreír al aceptar la siguiente ronda.

 

5. Para hacer mis compras, ahora siempre cuento con el “chino” de la cuadra.

En Venezuela si se te pega un antojo un domingo por la tarde, lo más probable es que tengas aguatartelas porqué la tiendita cerca de casa seguro ya cerró al medio día. En Argentina cualquier día de la semana o incluso un feriado, siempre estará la tienda china de la esquina para comprar lo que quieras. Casi cada cuadra tiene sus chinos (aunque no todos son de China), dispuestos a venderte lo que necesites sin importar si son las 10 de la noche. Lo mejor, es que sólo deberás caminar unos pocos metros para llegar allí. Y lo más sorprendente, son amables y hablan español, o al menos lo intentan.

 

6. Descarto que mis amigos me llevarán en su auto a donde sea que tenga que ir…

Es sabido que el precio de la gasolina en el resto del mundo nos sorprende a los Venezolanos cuando salimos del país por primera vez. Para nosotros, es simplemente un gasto que no tiene gran peso en nuestro presupuesto y simplemente basta con juntar las moneditas tiradas en el auto para pagar. En Argentina, uno se tiene que olvidar de llamar a tu amigo con carro y decirle “¿me puedes hacer el favor de llevarme pa’…? Si necesitas que te lleven, mínimo debes ofrecerles pagar la nafta.

 

7. Ya no espero que el conductor del transporte público se detenga donde yo deseo.

Ya no es “señor déjeme por aquí” o “la parada por favor”. Primero, no existen las famosas camioneticas, sólo hay colectivos (autobuses) y únicamente puedes pedir bajar si tocas el timbre antes de tu parada, porque si te pasaste tendrás que esperar sí o sí a la próxima. Además, olvídate de ir caminando y sacar la mano cuando ves que viene tu autobús. Aquí aprendes a correr para llegar a la parada marcada o de lo contrario pasarán de largo sin contemplación.

También aprendes que la única manera de pagar el pasaje, al menos en Buenos Aires, es mediante una tarjeta llamada Sube, o con monedas, aunque estas últimas no son fáciles de conseguir. Si tu Sube se quedó sin saldo, no te queda otra que encomendarte a la buena voluntad del chofer o pedir a alguien que pague por ti. Pero tranquilo, siempre habrá un buen samaritano dispuesto a prestarte de su saldo.

 

8. Me acostumbré a escuchar gritos en cualquier momento

No es porque los argentinos sean escandalosos: son gritos de goooolll a diestra y siniestra, o de lamentación por haber errado uno. Hay partidos de fútbol a diario, y siempre tendrás un vecino fanático de alguno de los equipos.

 

9. Si quiero usar el mismo vestido en febrero y en julio, tengo que agregarle medias, botas, chaqueta y bufanda, como mínimo.

En Argentina, así como en otros países con cuatro estaciones, te acostumbras a que tu guardarropa se renueva cada 3 o 4 meses. Así que tienes que aprovechar de usar esas sandalias que te hacen ver divina mientras dure el calorcito, porque luego quedarán enterradas en tu clóset unos cuantos meses.

 

10. Me acostumbré a que “morocha” es casi un piropo.

Aquí hay morochos y morochas por doquier, aunque esto nada tiene que ver con la genética, se trata más que nada sobre la “tonalidad” de la piel. Es decir, a las chicas como yo, morenas, se nos llama morochas en Argentina. Al principio me parecía muy raro, ya que en Venezuela un morocho es alguien que tiene un hermano gemelo.

 

11. Cambié mis horarios de llegada a los antros.

Si vas a ir a una discoteca en Argentina, aprenderás que debes llegar después de la 1 am, que es cuando se prende la rumba. En Venezuela, ya sea por la inseguridad o que sé yo, un momento decente para llegar al antro es a las 10 pm. La realidad es que aquí, a esa hora recién comienza el pre despacho en otro lugar.

 

12. Aprendí que el tango no es el dueño de las calles Argentinas.

El típico souvenir que tus amigos te llevan luego de sus vacaciones en Argentina incluye siempre la foto de alguna pareja en pose tanguera. Así que vienes aquí esperando reemplazar la salsa por el tango, pero la realidad es que muy pocos aún lo bailan o lo cantan. Este estilo musical ha pasado a ser más un espectáculo turístico y una práctica reservada para peñas y milongas. Lo que verdaderamente manda en las calles de Buenos Aires… es la cumbia.