Crédito: Michell Zappa

1. En el desayuno, cambié las arepas por un café.

En Venezuela no existe mejor desayuno que una arepa y lo más rico es lo que preparamos para rellenarlas, que puede ir desde jamón y queso hasta un trozo de carne asada. Somos capaces de comernos esto apenas nos levantamos, no importa qué tan temprano sea. Sin embargo en este refinado lado del charco, donde llueven croissants y pains au chocolat* por las mañanas, ese tipo de desayuno es lo más parecido a una aberración. Ahora mis desayunos son a base de café y, cuando el hambre lo permite, una tostada. No sé cómo pasó, pero ya me acostumbré.

 

2. Dejé de usar la misma ropa todo el año.

Cuando vienes de una ciudad tropical como Caracas, tu menor preocupación es la ropa. Sabes que todo el año te puedes vestir igual. No tienes que cambiar de closet cada tres meses. Una vez en Europa, la realidad es que para poder hacerle frente al crudo invierno tienes que adaptar el armario: guantes, gorros, bufandas, parkas, anoraks, abrigos y pantalones térmicos… son los esenciales que vienen a completar tu vestimenta y tu recién adquirido vocabulario invernal.

 

3. Salir de tiendas dejó de ser un “plan de domingo”.

El domingo es el día del señor y aunque Francia sea un país abiertamente laico, aquí los domingos son sagrados y casi nada está abierto. Lo único que podemos ir a comprar es alguna cosa al supermercado y no es todo el día, sino en determinados horarios. Al principio me costó adaptarme, pero con el tiempo comienzo a apreciar esta visión en la que el tiempo libre hace parte de un modo de vida sano y equilibrado.

 

4. Ya no le temo al baño de agua en carnaval.

En Venezuela, una posible lluvia de bombitas de agua amenazaba con caer de cualquier lugar, en cambio ahora que vivo en Francia ya ni siquiera sé en qué fecha cae el asueto. Anclados en los recuerdos quedaron los concursos de disfraces y los días de playa.

 

5. Dejé de decirle al chofer “en la parada, por favor”.

El sistema de transporte público eficiente es un concepto que aún no se conoce muy bien en mi hermoso país tropical: cuando uno utiliza el autobús está en el deber de indicar al conductor dónde se quiere bajar. “En la parada, por favor” -aunque en realidad no exista la parada-, “déjeme por aquí, señor” o “donde pueda”, son las frases que más utilizamos. En Francia, en cambio, no corres el riesgo de que el chofer no te escuche: con sólo apretar el botón de parada él sabe dónde te tiene que dejar.

 

6. Aprendí a ser puntual.

Una característica de los venezolanos (y de muchos otros hermanos latinoamericanos) es que somos bien impuntuales… Damos cita a una hora y llegamos 3 días después. Cuando vives en un país como Francia, tienes que acostumbrarte a ser bastante puntual. Lo ideal es llegar a la hora dada y si estás retrasado así sea cinco minutos, es bueno que se lo comuniques a la persona con la que te vas a ver. Ahora soy tan puntual que prefiero llegar antes y esperar.

 

7. Ahora miro el precio de la gasolina.

Como vengo de un país productor de petróleo, el precio de la gasolina no era parte de los temas de discusión de mis días. Sin embargo, en Francia la fluctuación de precios hace que llenar el carro hoy salga más económico que mañana y viceversa. Ahora cada vez que viajo por carretera no puedo dejar de leer los anuncios de las gasolineras y hasta saber en qué tipo de estación podré conseguir la gasolina más barata.

 

8. Dejé de “correr” al ver a un policía.

Para mi la figura del policía siempre ha sido la de una autoridad y no en el mejor de los sentidos. Tengo que admitir que siempre les he tenido miedo y que cuando veía alguno huía de la escena, como si hubiese hecho algo malo. En Francia, he tenido poco contacto con ellos por no decir que ninguno. Casi no se les ve, pero una vez tuve que pedirles ayuda -con todo el miedo que eso implicaba para esta venezolana- y fueron tan amables que hasta me llevaron donde tenía que ir. Ahora los miro con un poco más de respeto.

 

9. Ya no miro a ambos lados antes de cruzar la calle.

Desde pequeña siempre me enseñaron a mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar, aunque la vía fuera en un solo sentido. Con el tiempo me fui dando cuenta que era necesario, porque no podías adivinar de dónde iba a salir un carro. Aquí se me ha quitado la costumbre, pero a veces se me sale. Es más fuerte que yo.

 

10. Aprendí a respetar los semáforos en la noche.

En Venezuela, después de cierta hora de la noche cuando la circulación de vehículos baja, los conductores tendemos a no frenar en los semáforos así estén en rojo. Cuando llegué a Francia lo primero que hice fue tomar un taxi. Eran más de las once de la noche, pero me di cuenta de que el taxista se paraba en cada semáforo en rojo. No entendía por qué y por lo básico de mi francés no pude decirle nada. Creí que lo hacía para cobrarme más. Luego me enteré de que pasarse el semáforo en rojo, a cualquier hora, está penado por la ley (y multas).

 

11. Re-aprendí a usar el correo postal.

Enviar correos se ha convertido en una actividad casi cotidiana desde que vivo en el país del Iluminismo. En Venezuela, si hay algo que ya casi no se usa, es el correo postal. No recuerdo nunca haber tenido que hacer un trámite por esa vía. Es más, creo que ni sabía mi código postal. En cambio aquí desde el momento en que llegué tuve que comenzar a utilizarlo. Todas las buenas y malas noticias llegan por esa vía.

 

12. Cambié el béisbol por el rugby.

Si hay algo que disfrutamos los venezolanos es ir a ver un partido de béisbol y todo lo que implica estar en el estadio. Podríamos decir que es nuestro deporte nacional. Pero como dice el dicho “al pueblo que fueres haz lo que vieres”, así que en este proceso de inmersión cultural me tocó cambiar el bate por un balón ovalado. Aquí uno de los deportes con más seguidores es el rugby y a pesar de que el ambiente en el estadio no es comparable al de un partido de béisbol, hasta he empezado a agarrarle cariño.