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1. Dejé de hablar todo el tiempo con desconocidos.

… O de ser yo quien comience la conversación. Si bien es cierto que los suizos son personas con buenos modales, eso de estar en la parada del bus hablando sobre la situación política del país o sobre lo costosas que están las cosas, no será bien visto. En Venezuela, en cambio, ni el señor del kiosco se salvaba para hablar de la familia y el trabajo.

 

2. Transformé el concepto de “basura”.

En Venezuela, honestamente, a excepción de algunos papeles que utilizaba tres veces, todo lo demás iba en una misma bolsa. En Suiza, por su parte, hay bolsas específicas para cada material, ya que TODO se recicla. La bolsa habitual se compra en supermercados y está relacionada con el municipio al que pertenezcas, y además existen otras para residuos orgánicos y plásticos, por ejemplo.

 

3. Ya no tengo que esperar a cantar cumpleaños para comer torta.

En mi tierra se entona primero un “hay que noche tan preciosa”, se piden varios deseos, se soplan las velas y luego todos te abrazan. Aquí en Suiza, sucede que llegas a la fiesta y la torta ya está picada, como el postre de la noche; o te avisan que picarán la torta para que comas, no más. Sin embargo, cuando es mi cumpleaños, obligo a todos a cantar: en alemán, en francés, en español o en el idioma que prefieran.

 

4. Dejé de ir a la playa al menos una vez al mes.

No hay un Catia La Mar, playa Pantaleta o Los Cocos que valgan, pero a falta de playas… ¡buenos son los lagos y los ríos! En cada cantón, ciudad o pueblito, alguna fuente de agua estará cerca. No te arrepentirás cuando sea verano y estés sudando por todas partes con esos 35 grados.

 

5. Me habitué a no bailar en cada fiesta.

Esa costumbre de ser poco más de 10 personas e igual bailar par de merengues ha ido desapareciendo. En Suiza muchas reuniones entre amigos o familiares suelen ser momentos en los que todos se sientan en el sofá, comen lo que se ofrezca y beben cervezas. A veces, ni música colocan de fondo para que el silencio no sea tan drástico. Incluso si tienen algo que escuchar, jamás se baila. A menos que… ya se haya repartido mucho alcohol durante la velada.

 

6. Ya no le temo a las bombitas de agua en carnaval y tuve que decir adiós a las garotas semi-desnudas que bailan samba.

Ya no debes correr a buscar la mejor acera o el árbol más grande para cubrirte de los ataques de agua. Las celebraciones de carnavales por estos lados se realizan en temporada invernal y comienzan un lunes a las 4:00 de la mañana. La festividad es realmente extravagante y hay miles de modelos de máscaras, además de tamborileros y flautistas.

 

7. Aprendí a desayunar pan con mermelada a diario.

Aunque los domingos son ideales para continuar haciendo brunch de arepa con todos los rellenos posibles, durante la semana es distinto. Como algún croissant con mermelada (o gipfeli, como le llaman en suizo-alemán) sin tener que madrugar —como lo hacen las madres venezolanas— y esperar a que las arepas estén listas.

 

8. Visitar de sorpresa a los amigos dejó de ser una buena idea.

En Suiza debes primero revisar el calendario, cuadrar una cita, confirmarla al 100% y luego esperar a que el día llegue. No te preocupes si la organizaron dos semanas antes, no te re-confirmarán la noche anterior que “la reunión va seguro”, sólo asistirán tal como pautaron. Olvídate de la idea de estar cerca de la urbanización y pasar a dar la sorpresa.

 

9. Dejé de decir que llego “5 minutitos tarde”…

Ya que la teoría de los relojes suizos y la puntualidad también es cierta. Es imperdonable llegar tarde, no importa la ocasión que sea. No habrá “mucha tranca en la autopista” que te salve o la típica excusa de que “había retraso en el metro”. En Suiza, como en muchos países de Europa, lo mejor será llegar algunos minutos más temprano para tu cita.

 

10. Ahora tengo mucho más cuidado sobre las medias que decido usar.

En Suiza es normal que en todas las casas a las que llegas de visita debas dejar los zapatos en la entrada. Por lo tanto, uno también debe ser previsto y ponerse medias que sean apropiadas para ser mostradas. A menos que el dueño de la casa te diga que puedes dejártelos puestos, lo que normalmente sucede es que te ofrecen zapatillas para que entres y estés más cómodo. En mi propia casa, adopté la costumbre y tampoco llevo los zapatos puestos por todos lados.

 

11. Las cervezas o snacks NO se compran a última hora.

Los antojos no son buenos un domingo por la noche en el país helvético porque todo, absolutamente todo, estará cerrado. Quizás, en alguna que otra estación de servicio podrás conseguir algo, pero difícil que sea alcohol. Olvídate del señor de la bodega como “mercado alternativo” que te venderá las cervezas a escondidas en una bolsa negra tras la reja.

 

12. Ya no me pagan el almuerzo de cumpleaños.

En Suiza, cuando eres el homenajeado, debes pagar… por ti o por todos. Esas reuniones que los venezolanos solemos hacer de “ir a almorzar con el cumpleañero” y que los amigos paguen, no es una tradición que acá se lleve a cabo. Tendrías tú, querido cumpleañero, que pagar por todos, o mejor invitarlos a tu casa para que quede más claro que tú comprarás los pasapalos.

 

13. Se acabaron las piñatas y las fiestas infantiles multitudinarias.

En Suiza no acostumbran a tener piñatas —a menos que las mamás latinas se destaquen y las hagan artesanalmente. Pero más que eso: probablemente tampoco estés invitado a la fiesta. Aquí, algunas madres tienen por tradición que si el niño cumple un año, se invita a un solo amiguito; si tiene dos, se invita a dos, y así sucesivamente. Los adultos en Venezuela estábamos acostumbrados a darle hasta a la piñata si podíamos, a llevar a todos los primitos que teníamos e incluso sabíamos que toda la familia estaría presente… En Suiza, sólo los abuelos y padrinos tienen la entrada garantizada siempre.

 

14. Dejé de auto-invitarme a las fiestas.

… o de llegar con un amigo extra a la reunión familiar. Por supuesto que en Venezuela todos mis amigos celebran y asisten al cumpleaños de mi mamá, pero en Suiza es diferente y las reuniones familiares deben respetarse. Aunque los amigos se conozcan desde la niñez, las reuniones serán sólo entre los miembros de la familia, no con personas de afuera. Dependerá también de la persona, la celebración y el lugar, pero si te invitan únicamente a ti, no tientes al festejado a no incluirte una próxima vez.