El Diablo sabe más por ecuatoriano que por Diablo. Y es que en Ecuador hemos tatuado su cara en la roca, bajado hasta su caldera y hasta lo hemos engañado. Si eres un extranjero viajando por Ecuador, seguro escucharás mencionar a estos diablillos y te sentirás tentado de visitar sus moradas. Y si eres ecuatoriano, dime: ¿cuál me faltó en la lista?

 

1. El Diablo de Tandapi

Todos los que hemos tenido que viajar en bus interprovincial sabemos lo que es sentir esa mezcla de terror y orgullo que nos provocan las pericias de un chofer ecuatoriano. “Prefiero perder la vida antes que la viada”, es la máxima con la que el piloto se enfrenta al punto culmine del trayecto: la curva del “Diablo de Tandapi”.

El Diablo de Tandapi es una escultura realizada por Cristóbal Buenaño y desde entonces, esta peligrosa curva ha sacado más de un ave maría y miles de persignaciones a los crédulos viajantes que transitan la vía Quito-Santo Domingo. Buenaño fue encargado de derrumbar parte de la montaña de esta vía temeraria. En su trabajo se encontró con una roca gigantesca, y sus dotes artísticos le llevaron a tallar a escondidas un rostro fantástico que él mismo nombró: “El poder brutal”. La gente vio en esa piedra la cara y la obra del diablo. Desde entonces, la peligrosidad de esa curva ha tomado una fama que no deja de ser merecida.

 

2. El Pailón del Diablo

Crédito: simonmatzinger

Si todavía no te imaginas por qué se llama el “Pailón del Diablo”, ¡es que tienes que visitarlo! El recorrido dantesco debe ser hecho a pie por un chaquiñán (sendero de tierra) que baja por las laderas de una descomunal quebrada. Después de una media hora de camino, el trayecto termina en una caída de agua de 80 metros.

El Pailón del Diablo es una cascada en la zona de Río Verde cerca de la ciudad de Baños. Las escaleras inclinadas te acercan tanto… que incluso puedes tocar la cascada. Allí, en el Pailón del Diablo, tienes la sensación de que se cocina un infierno acuático. El paisaje es inspirador, y después de cargarte de energía con la colosal fuerza de la naturaleza, lo verdaderamente endemoniado es la cuesta que te espera al regreso.

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3. La Nariz del Diablo, la ruta en tren más peligrosa del mundo.

Crédito: dnevill

Ecuador cuenta con una de las rutas en tren más peligrosas del mundo. Conocida como “La Nariz del Diablo”, este trayecto en Alausí es paso obligado para que la vía férrea atraviese los Andes hacia la costa. Su fama se debe a que los vagones se debaten entre la rocosa montaña y el abismo. Su pendiente es de tal magnitud que el tren tiene que hacer doble zigzag, en un movimiento de marcha y retroceso mientras sube como si de una araña se tratara.

Crédito: Carine06

La obra de construcción del ferrocarril la impulsó Eloy Alfaro en 1873. Dizque la leyenda de un tratado de Alfaro con el Diablo para poder llevar a buen término la obra. ¿Será casualidad que la vida de este personaje patrio terminara en medio de las llamas? Más allá del realismo mágico de la historia, lo cierto es que el tren conectó la sierra y la costa, a pesar de que la cordillera de los Andes se interpusiera.

La vía férrea estuvo en desuso varios años desde 1980 hasta su reactivación en 2007. En la actualidad la ruta vuelve a recibir a los asombrados pasajeros que pueden disfrutar de un trayecto inolvidable en tren.

 

4. El Diablo que construyó la San Francisco (y el obrero que lo engañó).

Crédito: putneymark

En Ecuador (y en otros países) uno tiene la sensación de que es casi imposible que un obrero entregue la obra a tiempo. Muchos hemos tenido que ir a reclamar al “maistro”, que desaparece del planeta con plata en el bolsillo. Quizás la explicación y origen de esta práctica esté en la historia del “Indio” Cantuña.

Crédito: bandui

Cuenta la leyenda que en la época de la colonia, los padrecitos Capuchinos le encargaron a Cantuña que construyera el atrio de la iglesia de los franciscanos. Cantuña, a cambio de un buen dinero, prometió a los religiosos terminar la obra en un tiempo récord.

Ya casi llegado el plazo, Cantuña se dio cuenta de que no podía finalizar su obra (quizás se había gastado el dinero en chicha, quizás meditó demasiado y no trabajó lo suficiente). La cosa es que faltaba un día para cumplir el plazo y la obra no iba para atrás ni para adelante. El ingenio de Cantuña se puso en marcha y transó un contrato con el Diablo para que pequeños diablillos terminaran la iglesia por la noche. El trato con el maligno fue que una vez terminada la obra, éste se llevaría a cambio el Alma del obrero.

Como buen antihéroe ecuatoriano, Cantuña le encontró una vuelta al asunto. Logró sacar a escondidas del Diablo una piedra de la obra, y pudo dejarla inconclusa para poder quedarse con su alma. Desde entonces, todo obrero y burócrata deja siempre una parte de la obra o trámite por hacer, por temor a perder su alma.

Francisco Cantuña fue un personaje que de hecho realmente existió, y la Iglesia de San Francisco es una de las más bellas de Quito. Su arquitectura colonial y las leyendas que la habitan hacen que este lugar sea parte de la identidad de todo ecuatoriano.

 

5. El Diablo Huma

Si quieres ver un Diablo Huma, tienes que ir a la celebración del Inti Raymi, una fiesta con comparsas que celebra al Sol justo en el momento del solsticio de invierno (en el mes de junio). Las comunidades que lo celebran se encuentran principalmente en la provincia de Imbabura.

En las comparsas, un hombre con cabeza de Diablo golpea un fuete estruendosamente contra el suelo mientras baila. Este personaje gusta de acercarse de repente y asustar a los desprevenidos. Se cree que el Diablo Huma exorciza a los (otros) demonios al ritmo de la música.

La careta de diablo tiene dos caras para no ser sorprendido de espaldas por los espíritus y de su cabeza sobresalen varios cuernos. Está confeccionada por tejidos de colores vivos, cubriendo al danzante hasta el pecho y dejando sólo unos agujeros para los ojos y la boca. Consejo: ¡¡es un excelente souvenir que llevar de regreso a casa!!

 

6. La caja ronca y sus tambores mortuorios.

Crédito: martinaphotography

Cuando era pequeño me quedaba en silencio para escuchar la caja ronca. Por suerte nunca sonó… ya que -según cuenta la leyenda- si uno se asoma y echa una mirada, corre riesgo de caer muerto en el acto, o algo peor. Esta es una de las historias que nos cuentan las abuelitas ecuatorianas. La caja ronca es una procesión en que los muertos vagan por las calles con velas y sonando sus tambores, mientras el Diablo se pasea con su carroza.

Siempre hay quien cuenta que al otro día, si uno se fija, puede ver la cera regada en el empedrado de las calles. En toda familia está el que asegura que la escuchó o incluso que la vio. En mi casa eran mis tíos, quienes con naturalidad relataban la confusión que les provocaba el sonido de tambores desvaneciéndose en la noche, o la multitud que desaparecía en el horizonte. ¡Uno estaba muy tentado de creerles! Nuestra vida se fue moldeando con estas historias, lugares y personajes, haciendo de nuestro querido país un lugar único por su realismo mágico.

 

Y tú, ¿qué diablos conoces? 😉