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1. ¿Llevo paraguas o protector solar?

Tomado de Siéntase Quiteño, la página del autor del texto.

Este dilema parece de fácil solución, pero nunca se sabe. Si afuera hay sol y colibríes volando por los arbustos de la veredas, seguro que al mediodía la radiación ecuatorial trata de cocinarnos cual llapingacho sobre la sartén. Todo apunta a un soleado día quiteño. Pero… Nunca falta el familiar o amigo que planta la semilla de la duda en nuestra alma: “Es un sol de aguas”, dice el comedido. ¡¿Qué?! ¿me estás diciendo que va a llover? Pero, mira, mira hacia arriba. Seguro que si me pongo el protector solar cae el aguacero del año y termino con esa crema corrida por toda la ropa, empapado y enojado, como buen quiteño que actúa como si le sorprendiera una lluvia nivel bíblico. Porque aquí, en Quito, esas lluvias son lo más normal, pero también lo más impredecible.

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Por otro lado, si llevas el paraguas, no puedes dejar de pensar “¿cómo demonios logro entrar en el trolebús con semejante bastón de mando?”. Además, con los charcos que quedan el paraguas mantendrá más o menos seco sólo tu cabello. El resto de la ropa será bañada por el agüita lodosa que los carros salpican cuando deciden que es mejor pasar por donde más agua y peatones hay.

 

2. ¿Le digo «¡asomarás!» si no quiero volver a verle?

Nunca falta ese antiguo conocido que aparece en la esquina más inesperada e insiste en pensar que todavía somos amigos (aunque capaz nunca fuimos amigos). Este o esta man aparece de repente para contarnos todo lo que le pasó durante la última década. Lo primerito que uno piensa es: “¿cómo me abro sin parecer grosero o grosera?”. Mal o bien, uno puede poner el pretexto del tráfico, o que se tiene una reunión importante ahorita (ejem, mote con fritada de la esquina) para comenzar a abrirse de esa situación. Pero siempre queda la duda de qué palabras finales debemos soltar al terminar ese incómodo coloquio. ¿Soltamos un hipócrita “¡Asomarás!”? Pero… ¿en verdad quiero volver a vivir esto? Ojalá nunca más se asome.

 

3. ¿Por la Oriental o por La Marín?

Chuta madre, el eterno dilema de escoger la ruta adecuada para atravesar el descaradamente angosto punto central de Quito. Afortunadamente disponemos de dos magníficas opciones, ya sea que tomemos el transporte público, un taxi o nuestro propio carrito:
1. Pasar una agradable media hora haciendo fila en el furioso y congestionado tráfico de la vieja Oriental contemplando a esos majestuosos gallinazos que patrullan el río Machángara desde las alturas.
2. Disfrutar de una vívida experiencia antropológica al percibir toda clase de sonidos, olores, y cosas de “a dólar” al hacer una eterna fila en el tránsito por la colorida, pluricultural, multiétnica y megadiversa Marín.

 

4. El “ahorita” que ese extranjero dijo… ¿significa lo mismo que cuando un quiteño lo dice?

Cuando un colombiano, mexicano o cualquier otro amigo hispanohablante pide algo con urgencia, es algo demasiado misterioso para un quiteño, ¡principalmente si la expresión temporal “ahorita” es utilizada! Para nosotros, los quiteños, el “ahorita” significa A-H-O-R-I-T-A, en este momento, “right now”, ni un minuto más que ahora… Para otros hispanohablantes, en cambio, si se les pide algo para “ahorita” es posible que lo hagan un par de horas después con mucha tranquilidad… Por eso, los quiteños que trabajan con extranjeros siempre quedan con el dilema acerca de si el concepto de “ahorita” se comprendió.

 

5. ¿Explico a los gringos cómo es el trole o que lo descubran por sí mismos?

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La visita de un gringo a un país latinoamericano está siempre llena de sorpresas y emociones. Aquí en Quito, la presencia de la gente tan pequeñita, el sol fuerte y el soroche son los primeros choques que se materializan. Pero para una experiencia urbana-quiteña completa, ¡es necesario conocer el trole con su dosis de aventura e informalidad! Y ahí la pregunta: “¡¿Le digo o no a mi amigo gringo lo que le espera?!”

 

6. En feriado: ¿playa llena de quiteños o Quito sin quiteños?

Cualquier miserable feriado que se nos ofrezca es una buena excusa para salir corriendo a la playa. Pero, ¿y si mejor me quedo? Después de todo es cosa segura que voy a encontrarme con el vecino de la tienda comiendo ceviche en el mismo kiosco playero que escogí. Ser de los pocos que se quedan tiene una ventaja: Quito queda botado pero tranquilo. De pronto es mejor “turistear” aquí mismo… pero ojalá uno no termine “vitrineando” en un vulgar centro comercial por que todo lo demás está cerrado.

 

7. ¿Aclaro a otros latinos por qué uso la ‘f’ al final de algunas palabras?

¡Cómo asífff!
Por más normal que suene en nuestra cabeza, nos volvemos escalofriantemente conscientes de lo folclórico y raro que suena esa ‘f’ extra cuando un extranjero nos hace la repentina observación. El tema es que uno se demora más en explicarle lo que significa que esa persona en descubrirlo por sí misma. Después de todo, alguien que nos visite y se quede por algún tiempo ¡tiene que adaptarsefff!… ¿o no?

 

8. ¿Qué comida callejera comer?

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¡Ah la rica comida callejera, esa maravilla de las calles quiteñas! Cualquier duda que uno puede tener de su procedencia… es abiertamente ignorada por los divinos aromas y sabores, principalmente después de un intenso día de trabajo. Pero, ¿qué comer? ¡Son tantas opciones! Los crocantes chifles, el delicioso cevichocho, el clásico maíz tostado, las empanadas de morocho. ¿Será mejor confiar en el buen gusto del mundialmente conocido viajero culinario, el gringote ese del Anthony Bourdain, y visitar La Vicentina para pegarnos un tradicional plato de tripa mishqui? Si a tu pareja o compañero no le gusta ni la tripa ni Anthony Bourdain, se abre otro dilema: ¿Y si abandono la comida regional y como sushi? ¿Estoy con o sin plata?

 

9. ¿Cuelgo la ropa ahora o espero un día más?

Nada como un buen aguacero con granizada incluida totalmente inesperada para recordarnos que somos quiteños y que vivimos en un lugar del planeta donde tener secadora de ropa debería ser una obligación. Pero claro, ni son baratas ni todos estamos dispuestos a pagar tanto en la cuenta de “la luz”. Por eso, al ser nosotros una sociedad avanzada y consciente de nuestra obligación con el planeta, apostamos (con riesgo de echar a perder un día de ropa lavada) por soluciones sostenibles: colgar la ropa en el balcón, techo, terraza o ventana, contribuyendo así al “ornato de la ciudad”.

Así que este es el monólogo interior: ¿Será que cuelgo ahorita? ¿y si llueve? ¡Obviamente si decido colgar va a llover! Y claro, si decido dejar la ropa mojada en “stand by”, terminará apestando, y el sol saldrá en todo su esplendor para preguntarme: “¿qué fuef? ¿por qué no colgaste la ropa?”.

 

10. ¿Explico a los costeños qué lleva el cevichocho?

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Es un placer culposo esto del cevichocho. Sí, hermanos guayacos, manabas y esmeraldeños, sabemos que no hay mariscos, y a veces ni siquiera ponemos un producto animal en nuestro cevichocho. Pero tenemos miedo de ser juzgados por quienes son expertos en comida del mar. ¿Será conveniente explicarles que el cevichocho tiene chochos (obviamente), tostado, y a veces tiene cueritos de chancho? “¡Qué te pasa, serrano bobo!”, los imaginamos pensando. Sí, por eso es que no sabemos si debemos contarles que ponemos cueritos en el cevichocho. Porque podrían rechazar la idea de semejante vanguardia culinaria y no sabrían la delicia de la que se pierden.