Una vez que cayó Tenochtitlán, el recién conformado gobierno de la Nueva España se dio a la tarea de expandir sus dominios, así quienes se habían unido a Cortés ahora eran sus aliados, y aquellos que habían combatido al lado de los mexica debían ser anexados al creciente nuevo imperio. Por la paz o por la guerra.

La Nueva España se encontraba ante una difícil decisión, pues si entrenaba en las armas de metal y fuego a sus aliados tal vez pronto estos buscarían expulsar a los españoles, pero si no contaban con ellos no podrían incrementar el poder de sus ejércitos. De este modo, algunos ejércitos nativos al servicio de la corona española fueron incorporados con la promesa de un mejor futuro en el imperio. Los españoles acudieron principalmente a los chichimecas, quienes se hicieron de enormes privilegios a cambio de prestar sus servicios.

Desde el primer momento en que los españoles rindieron a Tenochtitlan se promovió una legislación tendiente al desarme de los nativos, como una forma de protección ante posibles levantamientos.

Ya en 1501, en la isla de Cuba -20 años antes de la caída de Tenochtitlan-, los reyes católicos habían prohibido la venta de armas a los nativos bajo penas corporales y multas a quienes contravinieren la ley. Durante el reinado de Carlos I de España no solo se dio una ratificación de dichas leyes, sino que incluso se prohibió en 1534 que los fabricantes de armas enseñaran su oficio a los nativos.

Pero, como en todo gobierno, las leyes no siempre eran cumplidas al pie de la letra, y en algunos casos hubo excepciones en razón de los recursos locales. En el caso de México, por ejemplo, Cortés, Nuño de Guzmán, Jorge y Pedro de Alvarado, así como Pedro de Alvarado y su hijo, tuvieron que contar con la colaboración de las tropas de los reinos nativos y gracias a ellos fue posible fundar nuevos asentamientos españoles.

Otro ejemplo del modo en que trabajaron los ejércitos nativos al servicio de la corona española fue la llamada “Guerra del Mixtón”, en la que los chichimecas caxcanes conformaron grandes ejércitos para expulsar a los españoles (alrededor de 1542), guerra que le dio a los otomíes y tarascos la oportunidad de mostrar su lealtad a la Corona española.

No obstante la ayuda brindada a los españoles, una vez derrotados los grandes reinos, los españoles buscaron desarmar a sus aliados que consideraban una potencial amenaza. El desarme comenzó de forma sistemática al surgir la guerra del Mixtón y se llevó a cabo en fases hacia el sur hasta las primeras décadas del siglo XVII.

Esto supondría, claro, que los españoles se harían cargo de defender las tierras que habían invadido. Sin embargo, hasta las primeras décadas del siglo XIX, los nativos siguieron prestando un servicio militar para someter a pueblos más débiles en regiones de Oaxaca, Saltillo, Coahuila, Jalisco, Sonora y Sinaloa, pues la corona española no financiaba ejércitos en la Nueva España y su defensa quedó bajo la responsabilidad de este nuevo gobierno.

La estructura militar en las diversas regiones de la Nueva España fue muy similar, y aunque el arco y la flecha eran las únicas armas que les permitían poseer a los nativos, en casos como Colotlán existieron algunos arcabuceros, mientras que en Saltillo se les otorgó arcabuces y espadas en el siglo XVII.

Claro que para poder confiar en los nativos, los españoles tuvieron que utilizar otras estrategias para poder ganarse su lealtad, como la promesa de tierras y riquezas, además de la imposición de la religión católica como medio de manipulación.

Con el tiempo, la importancia de las milicias nativas fue tal que incluso llegaron a enfrentarse con piratas holandeses e ingleses que trataban de desembarcar en las costas del Pacífico, siendo los casos más relevantes los de 1688 y 1714, en Nayarit. De igual forma participaron con mayor presencia en Sonora y Sinaloa, debido a la escasez de soldados españoles, llevando los ejércitos algunos contingentes de hasta 800 arqueros en Saltillo, Analco y Ocotlán, donde se destacaron por su labor defensiva al reprimir rebeliones.

Los privilegios recibidos por esta prestación de servicios militares fueron diversas exenciones de impuestos y un status social más alto frente al resto de la población nativa, así como la portación de armas y el no poder ser obligados a trabajar para españoles. Además, algunos de ellos gozaron de privilegios honoríficos como la cabalgadura y el obsequio de tierras.

Todo esto motivó la regulación legal de la Nueva España, pues los privilegios entre razas dieron paso a conflictos de interés que el gobierno tenía que solucionar para evitar levantamientos, tal como el documento de “Relaciones de méritos y servicios”, que tenía por objetivo solucionar las controversias en cuestión de concesiones y propiedad privada.

Aunque algunos han querido atribuir el reconocimiento de los soldados nativos a Hernán Cortés y los primeros virreyes, la verdad es que estos recursos legales fueron creados a partir de la segunda mitad del siglo XVII, es decir, hace apenas 300 años. Sin embargo, mediante estos recursos legales, la Corona solo confirmaba la lealtad de los nativos a cambio de mercedes y privilegios, más no les otorgaba una plena libertad o los privilegios que tenían los criollos o los españoles.

Lo anterior dio paso a lo que México conoce como el proceso de independencia, en la que se buscaba en sus últimas fases una igualdad de derechos y libertad para todas las personas. ¿Te parece que hemos logrado este objetivo?