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Sentir felicidad a través de otra persona. ¿Existe una definición más lograda del amor? ¿Y si a esa otra persona no se la conoce? O, mejor dicho, sí se la conoce, aunque uno nunca la haya tratado. No la haya tocado. No haya cruzado palabra. ¿Cómo se define un sentimiento así? ¿Es posible? Sí. Es posible. El martes 5 de agosto de 2014, esa sensación de felicidad compartida atravesó toda la República Argentina. El país entero se detuvo en un abrazo firme, apretado, de lágrimas rotas, de esperanzas renovadas: Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, anunciaba que, después de 36 años de búsqueda, había recuperado a su nieto: Guido.

 

Es muy difícil retratar la emoción con palabras. Las palabras sobran cuando los ojos de una abuela traducen 36 años de lucha. Una noticia cristalizada en la mirada de una madre que no se dejó ganar por el dolor de una pérdida. Que invirtió su energía, su amor y su tiempo en encontrar respuestas. En generar encuentros. El espíritu de una mujer que jamás habló de venganza, pero sí de justicia. Que no permitió que la muerte le ganara la pulseada a la esperanza. Todo eso estaba ahí, en la cara de Estela Barnes de Carlotto, segundos antes de iniciar la conferencia de prensa.

 

Y entonces Estela empezó a hablar. Y entonces era verdad. Y entonces todo cobró otro sentido. Y entonces sí. Entonces claro. Lucha. Lucha sin descanso. Lucha. Todo llega. Todo llega, ¿ven? Vale la pena. Siempre vale la pena. Eso. Sí: vale la pena.

 

 

Guido buscó a Estela, ¿existe un premio mayor? La poesía que encierra ese hecho es inmensa. Guido buscó a su abuela. Esa abuela que nunca perdió la esperanza de encontrarlo. Él la encontró. El círculo se cerró con un final que es un principio. “No me quería morir sin abrazarlo”, confesó Estela. Y todos corrimos a abrazar a quien tuviéramos más cerca, mandamos mensajes, llamamos a los seres queridos por teléfono. Asistimos y compartimos ese momento que, de alguna manera –y gracias a la inmensa generosidad de Estela-, nos pertenecía a todos.

 

Pero, ¿por qué resulta tan movilizante este caso en particular? ¿Por qué Estela? Cada uno de los 113 reencuentros de nietos recuperados con sus familias biológicas fue marcando un camino. Aquello que parecía imposible se repitió 113 veces. Cada una de esas ocasiones significó un paso más hacia la memoria, la verdad y la justicia, valores que, durante muchos años, habían sido erradicados de nuestra realidad. Estela, poco a poco, se transformó en un símbolo de esa reparación. La identificamos con la pelea, la tenacidad, el esfuerzo y el trabajo que tantas mujeres llevaron –y llevan- adelante. Todos conocemos la historia de Laura, su hija, secuestrada con tres meses de embarazo, asesinada por la dictadura poco después de dar a luz a un varón. Todos conocemos la historia de Estela que, desde 1978, busca incansablemente a ese bebé nacido en cautiverio, en un campo de concentración clandestino, arrebatado, robado, arrancado, no sólo de los brazos de su madre, sino también de su familia. Todos nos sentimos interpelados cada vez que apareció un nieto apropiado. Fue ella la encargada de dar la noticia en cada una de las 113 oportunidades. Es ella la cara, el emblema, la bandera siempre alta. Por eso Estela.

 

Durante todos estos años, no pudimos más que asistir perplejos a este ejemplo de perseverancia, de paciencia, de amor, de fuerza. La miramos desde un lugar de admiración y asombro, preguntándonos ¿cómo lo hace? ¿De dónde saca la energía? ¿Qué la mantiene? ¿Cómo no se cansa? La respuesta vivía en Olavarría. Tardaría en llegar pero, finalmente, llegaría. Y nos dejaría a todos atónitos, adelante de la pantalla de la televisión. Estela Encontró a Guido. Guido encontró a Estela.

 

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Y, entonces, una vez que logramos sacudirnos la sorpresa, una vez que, como en cámara lenta, logramos reaccionar, comenzamos a caer, a tratar de medir, de parangonar lo que esto significa. La amplitud y profundidad que este hecho implica. Porque la lucha de Estela y de las Abuelas nos incumbe a todos. Porque quedan alrededor de 400 Guidos o Victorias, o Carlos, o Tatianas, o Juanes que todavía no conocen su verdadera identidad. Porque la identidad de esas 400 personas nos fue arrebatada a todos. Y cada nieto restituido nos devuelve a todos un pedazo de historia. Porque esta incansable pelea que siguen dando las Abuelas nos recuerda que es imposible construir un futuro si no tenemos resuelto el pasado.

 

Hoy, pasado, presente y futuro de la Argentina se funden en el abrazo de Estela y Guido. Después de 36 años, el abrazo está completo.