Pocos visitantes a las grutas de Cacahuamilpa se enteran que mientras admiran este fascinante mundo iluminado con luz artificial, bajo sus pies palpita otro mundo, no menos mágico y de oscuridad total, habitado por murciélagos y, ocasionalmente, por intrépidos exploradores: el río subterráneo San Jerónimo.

El “SanJe” como le dicen de cariño, es un río subterráneo amable pero un tanto técnico; es decir que, además de llevar más agua que sus hermanos vecinos, requiere de mejores habilidades de marcha y equilibrio, concentración y desempeño general en la penumbra. No obstante, con un buen guía resulta apto para todas las edades.


El interior de la gruta es tan impresionante que uno enmudece. Por ejemplo, la poza mágica, aquella que un día está y al otro ha desaparecido; o bien, la cascada, estalactitas, coladas, macarrones y columnas, todo intacto, de blanco resplandeciente, repartido en enormes cámaras, cada una con un paisaje más y más imponente. Arribamos hasta lo que Don Toño, nuestro guía, llama “el regalo”: un acceso por un túnel elevado; de pronto, estamos en el corazón de una catedral de calcio, ataviada de las formaciones más exquisitas y rebuscadas que se pueda imaginar.

La jornada para el SanJe empieza en las Grutas de Cacahuamilpa. Ahí, en el estacionamiento, se pacta el transporte hasta el árido cerro donde inicia el descenso hacia la cañada. Después de una caminata de una hora entre el susurro de grillos y chicharras topamos con el río. La entrada, resguardada por enormes paredes de roca, está aún muy lejos y apenas se percibe, lo que obliga a un acercamiento progresivo hasta la boca de la caverna.

La única vía de acceso es por el agua, flotando a favor de la corriente. Ajustamos nuestros chalecos y cascos, y nos dejamos llevar al interior de la tierra. Entrar al SanJe es imponente; macizos gigantes a modo de cañón conducen nuestro nado entre cuevas, isletas, puentes colgantes y emotivas filtraciones de luz. Después de un rato a flote llegamos a la boca del río y poco a poco nos despedimos de la luz solar para internarnos en el fascinante mundo subterráneo.


El trayecto discurre entre cascadas ocultas, pozas profundas, pasadizos petrificados, playas interiores y bastantes malabares. Cuando la geografía interior lo permite, se pueden observar enormes bóvedas y paredes, y cientos de bellas formaciones como las “fuentes monumentales”. Hay que estar siempre atento, pues muchos pasajes requieren equilibrio infalible e impecable precisión al pisar. Es de llamar la atención cómo se comportan el cuerpo y la mente en un entorno como éste; cuando se camina entre agua y piedras, mientras la mente confíe, tanto en uno mismo como en la naturaleza, el cuerpo siempre elegirá al mejor lugar para pisar y salir ileso, a pesar de la escasa visibilidad.

Después de cinco horas de oscuridad percibimos el tenue resplandor de los rayos del sol. Del
SanJe se sale andando directo a “dos bocas”, la confluencia con la salida del río subterráneo Chontacoatlán y nacimiento del Río Amacuzac, afluente del Balsas. 300 escalones nos separan del Centro de Visitantes de las Grutas y de unas merecidas quesadillas, final obligado de todas las visita a los ríos subterráneos de Cacahuamilpa.

Distancia y tiempo:

A 200 kilómetros de CDMX, 4:00 horas en automóvil.

Cómo llegar al río subterráneo San Jerónimo

Tomar la carretera 95 desde Cuernavaca con rumbo a Taxco y avanzar 56 kilómetros sobre la carretera 166 hasta llegar a la entrada de las Grutas de Cacahuamilpa.