Hace ya algunos años que vi por primera vez una foto de la Playa Escondida. Estaba en un post de Facebook que aseguraba tener fotos de treinta lugares cuya existencia me costaría aceptar. No recuerdo el resto de los lugares, ni si eran tan increíbles como aseguraba la publicación, pero me acuerdo claramente de la foto de una playa resguardada por paredes de roca que sólo se podía ver desde el aire y que… ¡¿estaba en México?!

Con el tiempo me enteré de que la playa estaba en el archipiélago de las Marietas, frente a las costas de Bahía de Banderas. Ahora sabía que eran una área natural protegida, santuario de varias especies de aves, de entre las que destaca el bobo de patas azules. Curiosamente, todas las fotos que observaba del lugar, seguían siendo las mismas que aparecieron en aquella primera publicación. ¿Cómo se llega a esa playa? ¿Por qué hay tan pocas fotos de un lugar tan bonito? Y la curiosidad echó a andar la empresa.

La Playa Escondida como muchos la conocemos. Crédito: Amstar

Hace unas semanas visité Puerto Vallarta con el objetivo principal de develar el misterio de la Playa Escondida. Toda mi travesía fue facilitada por Amstar, que ofrece tours diarios a las Islas Marietas partiendo de la Marina Vallarta.

Los barcos a Las Marietas salen temprano… muy temprano. Con los primeros rayos del sol y un café con el que intento estar lo más despierto posible, abordo un catamarán que en menos de dos horas cruza los cuarenta kilómetros que nos separan del archipiélago. Juan Carlos, el capitán, me comenta sobre el aumento en el turismo de las islas en los últimos dos años. “La SEMARNAT tuvo que poner regulaciones. Viene muchísima gente y eso que a veces no se puede pasar a la playa. Las corrientes pueden ponerse muy feas”. La primera parte no fue noticia, yo ya traigo una pulserita que garantiza mi acceso al área natural protegida, pero ¡cómo que a veces no se puede pasar! ¡Y si hoy es una de esas veces! Mi pequeña crisis se calma gracias a un grupo de fragatas que empiezan a volar junto al barco, luego delfines, luego la bruma del amanecer levantándose y Las Marietas aparecen en todo su esplendor. Pinta para ser un buen día.

El Capi Juan Carlos fue el encargado de la travesía a la Playa Escondida.

Emilio, el guía encargado del tour, comienza a explicarme la logística para entrar a la playa. “Casi siempre se puede acceder, pero a veces la marea sube mucho y tapa la entrada a la playa. Hay que entrar nadando y tienes la corriente en contra.” Se entra nadando… eso explica la falta de fotos antes de la era GoPro. “A los que no saben nadar, les prestamos un kayak para que se entretengan mientras los demás entran la playa”. Y es la pura verdad, si no saben nadar, sólo verán la Playa Escondida a través de fotos.

Las Marietas y su fauna en primer plano.

Al fin llegamos a Las Marietas. Dos islas y dos islotes pequeños con una nube de pájaros que las sobrevuelan permanentemente. La erosión del agua y el viento se nota en las formas singulares de las rocas que conforman la isla principal. Una lancha pequeña se acerca para llevarnos hasta la entrada a la Playa y Emilio insiste en que sólo aborden aquellos que sepan nadar bien. Yo tomo mi bolsa seca, la inflo y meto mi cámara. Boya y protección para la cámara, la solución perfecta a todos mis problemas (obviamente llevábamos chalecos salvavidas… no le hubiera confiado tanta responsabilidad a una boya que había improvisado en cinco minutos).  

Al llegar a la playa, entiendo el por qué del nombre de Playa Escondida. La entrada es una pequeña caverna que la erosión ha labrado en una de las paredes de roca de la isla. Bien se podría pasar enfrente de la isla y no notar la entrada. Me lanzo al agua con mi “boya” y cruzo la caverna. Sí, me cuesta un poco de trabajo, pero tampoco soy Michael Phelps. Es un pequeño esfuerzo que se ve inmediatamente recompensado con ese paisaje surrealista que tanto me impresionó la primera vez que lo vi. ¡Por fin había llegado a la playa del internet! No hay mucho que explorar, el lugar es sumamente pequeño, rodeado en su totalidad por paredes de roca y sólo se puede permanecer ahí por un lapso de veinte minutos.

Sí, esa es la majestuosa entrada a la playa. ¿No la ven?

Muchas limitantes, pero nadie se queja de nada. En la playa hay unas treinta personas y se nota que nadie sabe muy bien qué hacer para sacarle el mayor provecho a la experiencia. Yo acabo con las fotos rápidamente y me dedico a contemplar uno de los lugares más extraños en los que he estado. ¿Valió la pena toda la travesía? ¡Por supuesto!

Es igualita que en las fotos… confirmo que no hubo Photoshop.

De regreso a la lancha, noto que mi cámara se mojó a pesar de mis mejores esfuerzos. No me importa, sólo espero poder rescatar las fotos. Damos otras cuantas vueltas a las islas espiando las patas azules de los bobos. La nube de pájaros sigue sobre nosotros. De regreso al catamarán nos espera un buen buffet y la obligada barra libre. Claro que lo disfruto, pero mi cabeza no puede alejarse de esa playa que, en algún momento, creí producto de Photoshop y cuya existencia me costó aceptar… hasta que hoy me arruinó una cámara.  

 

Este artículo fue producido gracias al patrocinio de Amstar, Secrets Vallarta Bay y Volaris.

Las fotos son propiedad del autor y de Amstar donde así se indica.