Quetzalcoatl fue una figura divinizada por los nativos que los españoles utilizaron para concretar su propósito de imponer la fe católica en la tierra conquistada. Así fue que comenzaron a decir que Quetzalcoatl era blanco, barbado y de ojos azules, cuando realmente sí existe un registro de nacimiento y vida del profeta de Anáhuac, tal como vimos en el artículo sobre el paso de Quetzalcoatl por la tierra.

Los frailes del siglo XVI trataron de explicar la presencia de los indígenas en estas tierras, y encontraron la respuesta en la Biblia, concluyendo que eran parte de las tribus dispersas de Israel.

Lo anterior fue reforzado por el hallazgo de “cruces”, con lo cual la simiente de este pensamiento estaba dado: Dios había enviado a algún apóstol para que viniera a evangelizar antes de la llegada de los españoles.

Algunas crónicas del siglo XVI, como la de Bernal Díaz del Castillo, hacen referencia a que en Yucatán se encontraron “señales de cruces” (Díaz del Castillo, 1632), dato que repite el franciscano López de Cogolludo en su Historia de Yucatán (López, 1688).

Se trata, claro, de la cruz de Anáhuac, que representa a Quetzalcoatl y los cuatro rumbos del Universo. Los españoles luego alargaron uno de los lados de la cruz, para que se asemejara así a la cruz cristiana.

Con el tiempo, los descendientes de los nativos desconocieron el significado de la cruz de Anáhuac y se quedaron simplemente con la explicación cristiana de la cruz.

Por otra parte, la imagen de Quetzalcóatl, un personaje que no aceptaba sacrificios humanos y que era casto, vino al dedillo para que los frailes empezaran a considerar que se trataba de algún apóstol. Fray Diego Durán dice: “Aquel hombre venerable, al que llaman Topiltzin […] fue según las tradiciones indígenas un casto y penitente sacerdote, del que se recuerdan episodios al parecer milagrosos […] este santo varón fue algún apóstol que Dios aportó a esta tierra” (Durán, 1581).


López de Gómara agrega sobre Quetzalcóatl que “era hombre virgen, penitente, honesto, templado, religioso y santo”. Para fray Bartolomé de las Casas era blanco, alto, con gran barba, en tanto que fray Juan de Torquemada coincide en que era blanco, rubio y barbado. Además, se le atribuyó el haber traído el conocimiento de la agricultura.

De esta manera se sentaban las bases para ir idealizando la imagen de un ser que existía en el relato de algunos indígenas, aderezado significativamente con la necesidad de los frailes de justificar, conforme a la Biblia, la presencia de miles y miles de indígenas.

Pero estas ideas no quedaron allí, sino que trajeron serias repercusiones. Don Carlos de Sigüenza y Góngora escribió en la segunda mitad del siglo XVII (Sigüenza y Góngora, 1562) que Quetzalcóatl era el apóstol Santo Tomás, quien había venido a predicar el Evangelio, lo que avala Eguiara y Eguren en su Biblioteca Mexicana al decir sobre la obra de Sigüenza: “…que Santo Tomás, uno de los Doce Apóstoles, había emigrado a esta tierra, al cual llamaron Quetzalcóatl, hallando la coincidencia de entrambos nombres por la vestimenta, la doctrina y los vaticinios del Apóstol…” (Eguiara, 1755).

Pero el acontecimiento más grave sucedió en 1794, cuando fray Servando Teresa de Mier fue invitado a dar el sermón en honor de la Virgen de Guadalupe. Basado en datos de José Ignacio Borunda, quien había escrito su “Clave general de interpretación de los jeroglíficos mexicanos”que  la Guadalupana no era otra cosa que la vestimenta de Santo Tomás/Quetzalcóatl, arremetió en contra de los españoles, negando que ellos habían  sido los primeros en evangelizar en la Nueva España, pues el proceso lo había comenzado siglos atrás el apóstol en la figura de Quetzalcóatl.

Es así que, a través de cada similitud que los europeos encontraron entre la religión nativa y la católica, se fueron sincretizando ambas creencias, al punto de haber logrado convencer a los nativos de que Quetzalcoatl era blanco y barbado y que se trataba del mismísimo Jesucristo.