Recientemente leí un artículo sobre una escuela noruega pensada para educar a aquellos que quieran aprender sobre el modo de vida de los vikingos. Esta institución cuenta con un barco que lleva a los estudiantes a recorrer los extintos dominios de aquellos guerreros y, durante la travesía, se trata de reproducir de la forma más exacta posible la realidad que vivían esas tribus en sus aventuras. Fue así que se me ocurrió imaginar cómo funcionaría una escuela similar en México, pero de un estilo mexica o tlaxcalteca.

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Imagina conmigo que eres el estudiante… Para empezar, tendrías que levantarte todos los días a las cuatro de la mañana para ir por agua al pozo más cercano, salir a recoger leña, hongos, quelites, acelgas y todo tipo de alimento del campo antes de que amanezca por completo.

Al regresar al templo donde te encuentras viviendo tendrías que barrer, pues aquellas culturas tenían como una de las virtudes sagradas la de la limpieza. También deberías a esa hora sahumar a los dioses y ofrendar tu propia sangre o algún presente que consideres digno para recibir el favor divino.

 

 

Luego tendrías que bañarte y con esto acabarían tus obligaciones matutinas, pues antes de acudir con el temachtiani (maestro) deberías procurar tu higiene. Una vez en el recinto de enseñanza, el primer día del curso el maestro te explicaría el sentido de dicha enseñanza y te haría entender que estás ahí para recibir “in ixtli in yolotl” (un rostro y un corazón), para volver sabio tu rostro, enderezar tu camino y ser un ejemplo de virtud.

Dentro del recinto habría varios maestros y cada uno guiaría a un grupo de cuatro jóvenes. El temachtiani te diría: “A partir de hoy este grupo se llama “macuilxochitl” (cinco flor), ustedes son los pétalos y yo soy el centro, soy quien le dará equilibrio a esta flor para que cada pétalo crezca al mismo ritmo que los demás”. Dicho esto, el maestro comenzaría a narrar, a través de cantos y poesía, el por qué de la existencia humana, la historia del mundo y de la humanidad. Contaría de las guerras, explicaría sobre la lectura de los astros y enseñaría las artes de la interpretación de los sueños, los estados de ánimo, la medicina con plantas y todo lo necesario para hacer de ti “una antorcha que ilumine a los demás”.

Por la tarde vendría el entrenamiento para las batallas, la música, la cacería, la siembra, y todo aquello que requiera un aprendizaje práctico.

 

 

Toda tu educación sería dada con la intención de regresarle al mundo cuatro pétalos que puedan servir a la comunidad de dónde vinieron y que sepan hablar, curar, leer el cielo, recibir una vida y quitar alguna otra de ser necesario.

Poco antes de oscurecer, volverías a barrer el recinto sagrado, a sahumar a los dioses y a encender los braseros que iluminan los pasillos y salones, para así poder recibir el don del segundo baño del día.

Eso sería la rutina diaria en una escuela en México que buscara lo mismo que aquella escuela noruega que trata de acercar a los jóvenes a sus raíces. No suena tan mal ¿verdad?  

 

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