Te contamos quiénes fueron las valerosas esposas de los protagonistas de la Revolución Mexicana

México
by Ana Elba Alfani Cazarin 20 Nov 2019

Aquí te contamos la vida de cuatro mujeres “esposas de la Revolución Mexicana”. Sus maridos fueron protagonistas del conflicto armado, y ellas los amaron y acompañaron hasta el final.

 

Josefa Espejo Sánchez, la Generala

Nació en Anenecuilco, Morelos el 19 de marzo de 1879; de familia de ricos hacendados, su infancia y adolescencia transcurrieron sin preocupaciones durante el periodo conocido como la paz porfiriana. Todo marchó bien hasta que Josefita se enamoró de Emiliano Zapata.

 

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Un noviazgo así fue un verdadero dolor de cabeza para sus padres y su círculo social, perteneciente a la élite porfirista. Solo al fallecer su padre pudieron celebrar la boda, en agosto de 1911, en el poblado de Villa de Ayala. Sus padrinos fueron Francisco Indalecio Madero y Sara Pérez de Madero. Se dice que Zapata le pidió a Josefa que vistiera con las prendas que los campesinos utilizaban, porque el vestido que ella había mandado a confeccionar resultaba demasiado lujoso para las costumbres del pueblo. Esta boda se realizó durante el movimiento armado conocido como “los alzados”, con Pablo Torres Burgos y Emiliano Zapata como líderes.

Josefa fue la única esposa legal de Emiliano Zapata, aunque este llegó a tener unas nueve mujeres y más de diez hijos. Los Zapata tuvieron dos hijos: Felipe, quien murió a los cinco años mordido por una víbora de cascabel y Josefita, quien corrió la misma suerte, ya que fue picada por un alacrán. La vida para Josefa, ya por demás difícil por ser la esposa del Caudillo del Sur y viviendo “a salto de mata”, se ensombreció aún más.

Los federales apresaron a su madre doña Guadalupe y a sus hermanas. Su esposo fue asesinado en 1919 y Josefa fue reconocida como “La Generala” por ser su viuda. Dirigió la construcción de la escuela secundaria “Tierra y Libertad” en la Villa de Ayala; en 1930 perteneció al Bloque de Mujeres Revolucionarias, al Frente Único Pro Derechos de la Mujer y a la Confederación de Precursores y Veteranos del Ejército Libertador del Sur. Al término de la Revolución, ella regresó a su casa, a cuidar de sus hermanos y de los pocos bienes que heredaron de sus padres. Falleció en agosto de 1968.

 

Sara Pérez de Madero, la “primera dama de la revolución”

Fue esposa del presidente de México Francisco I. Madero, así que no puede faltar su participación en nuestro artículo sobre las “esposas de la Revolución Mexicana”, ¿verdad?

Esta queretana nació en 1870, y junto a sus hermanas fueron hijas de un matrimonio de hacendados acaudalados de la región. Al quedar huérfana de madre, el padre las envió a estudiar primero a la Ciudad de México y, en 1893, al distinguido Colegio Notre Dame en San Francisco, California, donde conoció a Mercedes y Magdalena Madero, sus futuras cuñadas.

 

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Se casó con Francisco I. Madero en 1903. Apoyó incondicionalmente a su Pancho, al grado que, en 1909, cuando él estuvo encarcelado en Monterrey, vivió con él en prisión. Cuando fue trasladado a San Luis Potosí, rentó una casa cerca de la penitenciaría, pues ya no le permitieron estar junto a su esposo. Se movilizó para conseguir la fianza de 10 mil pesos que le fue impuesta para que saliera libre.

Ya durante la gira presidencial lo acompañó a todas partes; le daba lo mismo que fueran campamentos de soldados o mítines políticos. Ella formó parte del grupo que apoyó el movimiento anti reeleccionista en los días previos al estallido de la Revolución Mexicana. Al ser Primera Dama, hablaba a su favor ante las tropas y ante los simpatizantes; organizaba actos proselitistas y festivales a favor de las víctimas del movimiento armado; asistía a las reuniones de obreros y recibía a las organizadoras de los clubes políticos. Presidió el Club Caridad y Progreso y fundó la Cruz Blanca Neutral por la Humanidad. La pareja no tuvo hijos.

 

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En febrero de 1913 se llevó a cabo el golpe de Estado contra el gobierno maderista, conocido como la Decena Trágica, que culminó con la aprehensión y el asesinato de su marido y del vicepresidente José María Pino Suárez. Sarita se exilió en Cuba y, luego, vivió en los Estados Unidos. En 1921 regresó a la Ciudad de México, asentándose en la Colonia Roma, donde viviría hasta su muerte el 1 de agosto de 1952, recibiendo una pensión del gobierno. Nunca volvió a casarse. El resto de su vida formó parte del Club de Lealtad a Madero.

 

Luz Corral de Villa, la mera mera

Eusebio Vázquez Navarro, corresponsal de Prensa Indígena, realizó en 1969 una histórica entrevista con la que fue la única esposa legal de Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa, General de la Revolución Mexicana. Ella murió sabiendo que fue el gran amor de su Pancho, aunque se ha dicho que tuvo amores con más de 75 mujeres. Tuvieron una sola hija, Luz Elena, que murió antes de los dos años, pero ella ejerció la maternidad al cuidar de varios hijos que él tuvo con otras mujeres.

Oriunda de Riva Palacio, Chihuahua, Luz nació en 1892 en una familia de origen español que tenía tierras y algunas tiendas de abarrotes. A los 17 años conoció a Villa, cuando él compró víveres para sus tropas en el negocio de su familia. Enamorada por el varonil porte de Villa, se tuvo que conformar con una relación a distancia, ya que él viajó para sumarse a la causa maderista. La promesa era que al terminar la guerra se casarían. Sin embargo, la boda tuvo lugar el 28 de mayo de 1911 y fue todo un acontecimiento social que se realizó en la Parroquia del pueblo de la novia.

Tras la muerte de su hija, presuntamente envenenada, en 1913 la lucha se reinició con la Decena Trágica; Villa le declaró la guerra al régimen traidor y recibió el cargo de Gobernador del Estado, por lo que Doña Luz se dedicó con ahínco a las labores propias de una primera dama, bajo la presión de un estado de guerra. Esto la llevó a estar exiliada por un tiempo en la Habana, en 1915. En varias oportunidades padeció la zozobra de enterarse de noticias falsas sobre la muerte del General y finalmente lo alcanzó en San Antonio, Texas.

Ella recordaba como el día más doloroso de su vida el 20 de julio de 1923, cuando el General fue emboscado y asesinado camino a un festejo familiar en Hidalgo del Parral, Chihuahua. Se convirtió en viuda con apenas 30 años. Durante muchos años, en la casa que le compró su esposo, mantuvo un orfanato para niñas, que luego convirtió en museo. En 1948 escribió sus memorias “Pancho Villa en la intimidad”. A su muerte, en 1981, heredó la propiedad a la Secretaría de la Defensa Nacional, que continúa con esta Casa Museo en honor al General Villa.

 

Carmen Romero Rubio de Díaz

Nació el 20 de enero de 1864, en Tula, Tamaulipas. El matrimonio de Porfirio Díaz con Carmelita, hija de una familia acaudalada, fue un matrimonio estratégico. Era una joven culta, refinada y católica, el ideal femenino de la clase alta del siglo XIX. Su padre, Don Manuel Romero Rubio, fue un destacado abogado juarista y compadre de Sebastián Lerdo de Tejada.

 

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Don Manuel no congeniaba con las ideas políticas de su futuro yerno, pero aceptó el enlace porque sabía que sería el puente entre Díaz y la élite económica y religiosa de la época. A Porfirio no le importó que su futuro suegro fuera su enemigo político, pues entendió que podría generarle un sinfín de relaciones útiles para su plan de pacificación del país.

La pareja se conoció en una recepción en la embajada estadounidense. Él tenía 50 años y ella 16. Se acordó que sería su maestra de inglés, pero el General utilizó las clases para cortejarla. En noviembre de 1881 contrajeron matrimonio, teniendo como testigo al presidente de México, Manuel González.

 

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A pesar de su juventud, la señora Díaz cumplió con dedicación su trabajo como Primera Dama, asistiendo a actos religiosos, cívicos y culturales. Formó y presidió juntas de socorro y emprendió obras de beneficencia. Además, se hizo cargo de los hijos que Don Porfirio tenía, ya que ella nunca fue madre.

Por tres décadas influyó en la conducta de su marido: se encargó de enseñarle buenos modales de acuerdo al “Manual de Carreño” (un compendio sobre urbanidad y buenas maneras, editado en España en 1853) para que, como mandatario, supiera cómo comportarse en lugares públicos. Se cuenta que incluso ella misma le escogía la ropa, acorde a la moda francesa, y lo maquillaba con polvo de arroz.

 

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Si bien Carmen tuvo una vida llena de privilegios, se sabe que influyó en su marido para hacer crecer las artes y la cultura en el México porfirista. Durante los festejos del Centenario de la Independencia, fue la anfitriona perfecta. El músico mexicano Juventino Rosas le compuso el vals “Carmen”.

Acompañó a su esposo en su destierro a Francia en 1911. Vivieron en París y no fue sino hasta unos años después de la muerte de Don Porfirio que volvió a México. En 1934 se estableció en una residencia en la colonia Roma. Falleció en 1944 a los ochenta años. Nunca volvió a casarse. 

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