¿Has usado couchsurfing alguna vez cuando viajas? Se trata de que otro viajero te permita dormir en su casa –sofá, pedacito de suelo, terraza, anexo, cocina o una cama en el mejor de los casos– sin costo alguno, y tendrás la oportunidad de conversar, aprender e intercambiar culturalmente con quien te hospeda. Así que no tan solo tiene que ser visto como “dormir gratis”, sino como una manera de crecer y vivir nuevas experiencias mientras viajas.

Bien. Para poder hacer couchsurfing tienes que revisar el perfil de tus posibles anfitriones, las referencias que les dejan otros que ya han pasado por ahí, ver fotos y husmear bien, porque uno no va a ir a quedarse con cualquiera. Además, probablemente quienes te alojan también revisarán tu perfil con lupa para asegurarse de que eres quien dices ser.

El tema es que, a veces, aunque revises muy bien y pareciera que estás eligiendo al host ideal, no todo es como se pinta, a pesar de los buenos comentarios. De ahí que me hayan sucedido algunas cosas locas como estas mientras viajaba por Europa:

Los hosts que se separaron justo cuando llegué a la casa (Escocia).

Había leído que era una pareja amable y tranquila y que me ofrecían el sofá-cama de la sala. Cuando llegué a la casa, después de que ella me buscara en la terminal de buses, noté algo raro: al subir, él estaba separando algunos yogurts en la nevera. “Los de arriba son míos, los de abajo son tuyos”, le dijo sin mirarnos. Ella lo ignoró y me llevó a una habitación amplia, con una cama matrimonial. Me había hecho un upgrade de sofá-cama a cuarto privado con baño, sin yo saberlo. De inmediato, él entró a la habitación para aclarar varias cosas: que las cervezas eran de él, y también dos kilos de pasta, que se estaba llevando la ropa y que luego volvería por todo lo demás. Bajó con dos maletas y no lo volví a ver en los tres días que estuve allí. Ella solo respiró profundo, tomó dos cervezas (las de él) y quiso brindar por la nueva vida.

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El host que quería que hiciera la mudanza por él (Francia).

Me dijo que podía recibirme toda la semana, sin problema, aunque no podría salir conmigo por ahí a recorrer porque a) tenía mucho trabajo, y b) estaba en preparativos de mudanza. Me aclaró que, aún así, yo podía quedarme. Así que compartíamos durante las cenas, charlando animadamente. Un día, ya cerca de irme, sugirió que podía ayudarle a empacar algunas cosas en cajas y nos pusimos a eso mientras seguíamos conversando de esto o aquello. Todo iba bien hasta que me dijo que faltaban estas cajas y las de otros dos cuartos y que en el piso de abajo todavía había mucho que ordenar; que allí tenía la cinta elástica, la tijera y que se iba a trabajar mientras yo continuaba. Terminé de cerrar la caja que tenía y no toqué nada más.

 

El host que quería que lo entrevistara (Francia).

Aunque había revisado su perfil y era muy bueno, no le hice ninguna solicitud porque tenía cientos de referencias positivas y era muy probable que no tuviera chance de hospedarme. Pero, ¡oh, sorpresa! Me escribió para decirme que tenía las dos noches disponibles y que podía ir. ¡Qué amable!, pensé. ¡Él mismo se ofreció! Así que llegué al lugar –algo cansada- y conversamos un rato. Comenzó a dejarme varias cosas claras: que estaba cumpliendo diez años recibiendo viajeros y debía de contar su historia en mi blog, que yo tenía que ir a su casa a tomarle fotos a él y a sus espacios, que tenía que firmar el libro de visitas y tomarle fotos (porque era el tercero que estaba llenando) y que podía elegir sobre qué viaje me hablaría -Belice, Rusia o el que quisiera- para escribir sobre eso y que, además, podía pasarme fotografías para ilustrar la nota. Se molestó porque no fuimos a cenar y porque le parecí poco conversadora.

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El host que quería pasear en bici a las 3 am (Francia).

Aunque parecía un poco despistado, siempre fue amable y casi de inmediato, me invitó a ir a casa de otros amigos. Y bueno, fui. Ahí escuché conversaciones muy variopintas mientras bebían, fumaban, bebían y fumaban un poco más. Ya casi a la medianoche, no tenía manera de zafarme y tenía que esperarlo a él quien, afortunadamente, se negó a ir a un sitio de música electrónica. Así que nos fuimos a la casa, dispuso un colchón en el cuarto donde estaría él y un amigo y me dijo que ahí podía dormir, mientras ellos cantaban, bebían y fumaban un poco más. Sin embargo, conversamos y él quería unirse a mis planes del día siguiente. Me hablaba de la ciudad, de lo que le gustaba y quiso que fuésemos a dar un paseo en bicicleta en plena madrugada, cuando él casi ni podía abrir los ojos. Le dije que no con amabilidad y me acosté a dormir.

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El host del que no me pude despedir… porque era una suerte de Bella Durmiente alcoholizada (Amsterdam).

Había llegado a la ciudad durante unos días festivos y estaba todo tan lleno, que tuve suerte de que accediera a hospedarme. Me dijo, eso sí, que era posible que no nos viéramos mucho durante los dos días que estaría, porque tenía algunas cosas que hacer durante los días libres. Cuando llegué a las ocho de la mañana a la casa, él también iba entrando y nos reímos de la casualidad. Aunque olía a alcohol puro y tenía cara de trasnocho, conversamos un rato, me dio las llaves de la casa y me dijo que podía entrar y salir cuando quisiera, que había cerveza en la nevera y ya. Él se fue a dormir y yo fui y vine varias veces para encontrarlo siempre igual: dormido. Volví a casa cerca de las once de la noche y él apenas se despertaba. Me preguntó qué tal mi día, me ofreció huevos fritos y dijo que iba a salir con unos amigos y que podía ir si quería. Yo había pasado todo el día afuera y preferí quedarme. A la mañana siguiente, él volvió cerca de las diez en las mismas condiciones y se acostó a dormir. No me pude despedir cuando me tocó irme. Dormía plácidamente.

Crédito: Pixabay

El host que me tomó fotos mientras dormía (Amsterdam).

Estaba tan entusiasmado por mi llegada, que me escribió varias veces antes de la hora que le dije para encontrarnos. Quería asegurarse que todo estaría bien. Me esperó en el terminal de buses, me abrazó y dijo para tomarnos un selfie porque ¡era la primera vez que recibía a alguien de Venezuela! Luego, otra foto mientras comíamos, conversábamos, desempacaba o me enseñaba el lugar. Era un host muy entusiasta (¿?). Esa noche me fui a dormir y dijo que estaría listo temprano para irnos por ahí. ¡Perfecto! Le di las buenas noches y me dormí casi de inmediato, pero me despertó el sonido de dos clicks muy cerca de mí. Abrí los ojos y ahí estaba él: se disculpó de inmediato por despertarme y ante mi cara de no entender nada, me dijo: “es para que tengas fotos durmiendo de manera espontánea mientras haces couchsurfing”. Luego de eso, no dormí casi y al día siguiente me quedé en otro lugar.

Crédito: Belinda Zeman

El host que guardaba comida debajo de la mesa (Italia).

Aunque yo estaba durmiendo en un hostal en Pisa, me atrapó la noche en Florencia y busqué couchsurfing de emergencia para no quedarme deambulando por ahí. Por fortuna, de las cuatro solicitudes que hice, una contestó de inmediato y me guió hasta la casa. Era una chica muy amable, que acomodó su sofá y puso ambientador con olor a vainilla. Mientras conversábamos de cualquier cosa, alguien tocó a la puerta y ella corrió a la cocina, sacó leche, jugo y algunas verduras de la nevera y las escondió bajo una mesa que tenía un mantel largo. Luego, conversó como si nada evitando que la persona se acercara a ese lugar. Al día siguiente, antes de irme, guardó también chocolate y otro jugo en su escondite favorito.

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