1. Pagar el pato

Nadie quiere nunca pagar el pato y es normal. Al fin y al cabo, según la RAE, significa «padecer o llevar pena o castigo no merecido, o que ha merecido otro». Pero ¿de dónde viene la expresión? ¿de verdad un pobre pato simboliza los castigos injustos? En realidad, no. El origen está en los siglos XVI y XVII y es algo que los cristianos usaban para reírse de y amenazar a los judíos. Porque no se referían a un pato, sino a un pacto: el que el pueblo judío aseguraba tener con dios. La ce se fue perdiendo con el paso de los años, igual que se perdió el significado inicial.

2. Estar como una cabra

Estar como una cabra es estar loco y en realidad no hace falta mucha explicación para entender el origen de la expresión: si has visto algún vídeo de una cabra pegando saltos, lo entenderás. Menos transparente es lo de estar como una regadera para referirse a lo mismo, aunque la explicación es sencilla: las personas algo chifladas o extravagantes son, en cierto modo, personas que hacen agua, como si su cabeza fuese el extremo agujereado de una regadera. Hay también quien lo relaciona con la obra El vals de la regadera, que se estrenó en 1907 y en el que había una escena con una regadera en la que la protagonista actuaba de forma extravagante.

3. Tener memoria de pez/elefante

¿Tienen los peces tan mala memoria? ¿Son los elefantes tan buenos recordándolo todo? Veamos qué dice la ciencia. En el caso de los peces, hace unos años un estudio de la Universidad MacEwan, en Canadá, rompió el mito de la memoria de segundos probando que en realidad esta alcanza los 12 días. Al menos en la especie estudiada, los cíclidos silvestres. En cuanto a los elefantes, todo lo que se dice es bastante cierto. Se cree que es su extraordinaria memoria la que les permite sobrevivir: recuerdan caras y recuerdan eventos como sequías. De hecho, si hay una gran sequía, son los elefantes mayores los que ya han vivido y sobrevivido alguna otra los que tienen más posibilidades de sobrevivir de nuevo, ya que recuerdan cómo lo consiguieron la primera vez.

4. Tener vista de lince

Lo decimos así, convencidos, y damos por hecho que los linces son el animal con mejor vista. La única prueba empírica a la que podemos acceder, nuestros gatos, que no dejan de ser linces en miniatura, parece confirmarlo. Pero la realidad es otra: ven muy bien, sí (un conejo a 300 metros, por ejemplo), pero hay animales que lo superan. En lo alto del podio quien está es la mantis marina.

¿De dónde viene, entonces, la expresión? De la mitología griega. Es ahí donde encontramos a Linceo, cuya vista era tan magnífica que atravesaba paredes y objetos.

5. No ser moco de pavo

Decimos que algo no es moco de pavo cuando queremos decir que es importante, por lo que la pregunta aquí es por qué el moco de pavo ha pasado a ser sinónimo de cosa sin importancia. Y no hay que imaginar a pavos resfriados: el moco de pavo es ese apéndice que les sale por encima del pico y queda colgando (también es una planta). Pero allá por el siglo XVI era también la cadena que llevaban los relojes de bolsillo y que quedaba colgando cuando alguien robaba el reloj. La víctima, en jerga de los ladrones, era el pavo. Y no era el moco lo que te querías llevar, sino la esfera.

6. Dar gato por liebre

Aunque yo personalmente preferiría que me diesen un gato a una liebre, la idea es que si te dan gato por liebre te han engañado. Claro que si estás en una hospedería allá por los siglos XVI y XVII y has pedido liebre para comer, quizá sí quieras liebre y no gato. Ese es el origen de la expresión: las hospederías no tenían muy buena fama y uno no siempre tenía claro que la carne que le habían dado de comer fuese en realidad lo que había pedido… o un pobre gatito.

7. Oler a tigre

Decimos que algo huele a tigre cuando huele mal, pero no lo usamos con cualquier olor desagradable: es algo específico para un olor que sabemos que proviene del cuerpo humano. Es, por ejemplo, a lo que puede oler un aula llena de adolescentes en junio con las ventanas cerradas. La pregunta es evidente: ¿huelen mal los tigres? Una pequeña investigación no me ha dejado nada claro, solo que sí tienen un olor fuerte que a alguna gente le parece desagradable. También he descubierto que su orina huele a palomitas de maíz.

8. Aburrirse como una ostra

Pobres ostras, ¿de verdad se aburren? ¿quién nos dice que no tienen en realidad una riquísima vida interior? No lo sabemos y tampoco importa mucho: la expresión no tiene nada que ver con el molusco. Ostra es aquí un apócope de ostracismo, el destierro al que se sometía a los atenienses a los que se consideraba peligrosos para la comunidad (muchas veces por razones políticas). Y se ve que fuera de Atenas la vida era aburrida. Ostracismo, por cierto, viene de óstrakon, ‘concha’, por la pieza de cerámica en forma de concha en la que se escribía el nombre de los condenados.