Crédito: nan palmero

1. Ya no le echo limón a todo lo que como.

Y casi que no es necesario, porque la comida danesa no necesita de ese toque especial que le da el limoncito a la también especialísima comida mexicana. Y no sigo porque voy a llorar…

2. Deje de comer tortillas en el desayuno, la comida y la cena.

¡Y en antojitos! Ahora como pan, y no es que no me guste, pero quién no añora un buen taquito…

3. Aprendí a decir No.

En México estamos acostumbrados a no decir no directamente, pero de una u otra manera los demás te entienden. Pues aquí no es México, y si no dices no claramente, nadie comprenderá que en realidad estás dando a entender un NO. Y terminás haciendo cosas que nunca quisiste hacer sólo por no saber decir un simple no.

4. Dejé de compartir asientos en el transporte público.

En México se hace, se puede, no pasa nada, nadie te ve mal y nadie se estresa con tu presencia. ¡Si somos más personas que transportes públicos, no queda otra que compartir! Aquí, en cambio, cuando la gente sube a un transporte público busca lugares donde puedan sentarse solos. Y si llegas a tener que compartir el asiento con alguien (algo muy muy extraño), te sientes como el peor invasor del espacio personal. Y ni se diga de hablarse uno a otro. ¡No pasa!.

5. Deje de ir a la tiendita de la esquina…

¡Porque no existe ninguna tiendita de la esquina! Ahora tengo que ir al supermercado. Y cuando voy al súper tengo que buscar la comida que para mí es normal en el pasillo de comida exótica o extranjera, con un precio elevadísimo, y que a veces ni siquiera es mexicana sino Tex-Mex. Y debo decirles que la comida más picante ahí, ¡no pica nada! Pero de algo a nada, pues algo…

6. Dejé de echarles la culpa de mis llegadas tarde al transporte público y al tráfico.

Mientras que en la Ciudad de México el caos del tráfico y el transporte nos sirven siempre como buenas excusas, en Dinamarca el transporte público está tan bien cronometrado y es tan puntual que se ha transformado en el peor enemigo de los impuntuales.

7. Las calles se han vuelto silenciosas…

Ya no escucho el bullicio del tráfico, las voces de los vendedores de frutas, las garnachas, los hits del momento, los policías silbando, el viene-viene, las aves volando, o niños llorando. Lo que sea, no hay bullicio, aquí todo es quietud.

8. Dejé de dar los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches y de decir buen provecho a quienes están comiendo y salud cada vez que alguien estornuda.

Al igual que sonreírle a extraños o hacer contacto visual. Lo cual también me ha lleavodo a no ser tan confiada y llevada con la gente que recién conozco.

9. Dejé de considerar que la gente toma alcohol por el sabor de las diferentes bebidas.

Aquí la gente en las fiestas no busca ingerir bebidas alcohólicas por como saben, sino por el porcentaje de alcohol que puedan ingerir en un solo trago.

10. Mi ropa casual ya no es tan colorida.

Ni tan descubierta, ni tan delgada…Todo lo contrario: es de colores neutros para poder combinar con el gris del cielo, no es tan descubierta por el clima nórdico y, sobretodo, no es ligera pues necesito mucho abrigo…

11. Y dejé de comprar comida en la calle.

Ni tacos, ni gorditas, ni tamales, ni elotes… Y no porque no quiera, sino porque aquí no existe.

12. Jamás me olvido de salir siempre con mi abrigo.

Puede que por la mañana haya sol, pero a los cinco minuto va a llover y a los cinco siguientes hará mil frío.

13. Perdí el hábito de terminar de comer y seguir con la sobremesa.

Aquí no existe. Cuando se come con alguien más, se termina de comer e inmediatamente dejan la mesa para ir a algún otro lugar.

14. Ya no salgo de paseo los domingos.

¡No hay nadie en la calle! No sé dónde se meten los daneses los domingos…

15. Y no me cubro del sol.

Antes hasta le escapaba al sol y siempre andaba por la sombra. Ahora todo lo que quiero es sentir el sol y el calor en mi piel.