Cuando la palabra selfie aún no formaba parte del vocabulario global, cuando los teléfonos móviles no hacían fotos o solo hacían fotos horribles, cuando la idea de compartir en el momento con todo el mundo una imagen que acabábamos de capturar aún era algo impensable, yo ya le daba la vuelta a la cámara, estiraba el brazo y pulsaba el botón de disparo.

Lo hacía con amigos cuando no había nadie más para hacernos una foto o nos daba vergüenza pedirlo, lo hacía cuando viajaba sola y no había nadie más para hacerme una foto o me daba vergüenza pedirlo. Si rebusco en cajas de zapatos, encuentro bastantes de esas fotos, pero diría que no suficientes.

De los dos carretes de 36 fotos que saqué cuando en 2005 estuve una semana sola por los países bálticos, aparezco en ocho imágenes, nueve si contamos una de mis pies (calzados) en una playa. Tres son selfies propiamente dichos, una está hecha con el temporizador, las otras me las hizo alguien. No hay ninguna foto en un espejo de un baño, que es otro clásico de mis fotos de viaje. El resto son todo edificios preciosos, un cielo azulísimo con unas nubes blanquísimas que me tuvo fascinada todo el viaje, gente vestida con el traje regional estonio, la playa y tres gatos.

Revisándolas, aunque me encanta verlas todas, me paro un poco más en las que estoy yo. Con el pelo que me había empezado a cortar a mí misma unos meses antes (estuve años sin pisar una peluquería), el flequillo cortísimo, las gafas con la cinta aislante roja que les puso mi primo para reparármelas tras un accidente nocturno y que se convirtieron en mi sello de identidad esa época, la chaqueta azul que había comprado un par de años antes en el festival de Benicàssim y que usé hasta que estaba llena de agujeros.

Le pasa lo mismo a la gente a la que enseño estas u otras fotos. Les interesan más aquellas en las que hay personas y quieren, sobre todo en las fotos de hace años, verme a mí (o, si están, verse a sí mismos). Yo busco lo mismo cuando alguien me enseña fotos de un viaje (situación un poco tediosa, todos lo sabemos): ver a la gente que conozco y a las personas que conoció. Reírme de cómo posa o deja de posar. Ver su piel quemada, su nariz roja por el frío, esa combinación extraña de ropa y complementos con la que todos acabamos cuando estamos de viaje.

Gante, octubre de 2012. Mi habitación en un ecohostel que era un barco en un canal.

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Pedir a la gente que salga más en sus fotos de viaje puede ser un poco contradictorio e innecesario en plena era selfie, pero esta saturación no es culpa de todos nuestros amigos. Piensa en tus contactos: tendrás algunos que sabes que siempre te van a enseñar su cara, pero otros muchos a los que en realidad hace mucho que no ves. Aunque tengamos esa sensación, no todo el mundo se hace y comparte selfies. A lo mejor tú lo haces, a lo mejor no. No eres ni mejor ni peor persona por hacerlo o no. Esto no va de eso.

La motivación

En esos tres selfies de ese viaje solo se ve mi cara. Un poco el fondo, pero nada más. Tengo más así de viajes posteriores y no son el resultado de un ego desmesurado (creo) ni de una foto mal hecha. ¿Qué me llevaba a hacer esas fotos? ¿Por qué todavía me fotografío en espejos de cuartos de baño por el mundo? Cuando lo hago con la cámara y no con el móvil (entonces ahí la tentación de compartir al momento crece) creo que tiene más que ver con el registro. Un «estoy aquí», aunque no se vea dónde, que se convertirá en un «estuve allí», que recordaré.

Nueva York, 2016. En el baño del MET.

Llevaba ese jersey que tanto me gustaba. Estaba cansadísima pero contenta. Me había empapado bajo la lluvia. Tenía hambre. Justo después de hacer la foto conocí a alguien que ahora sigue siendo mi amigo, pero aún no lo sabía. Qué guapa estaba en esa época, aunque creía que no era así. O, al revés, jo, pues parece que he mejorado.

No sé bien si es bueno o malo hacerse una foto solo para compartirla en redes. Supongo que depende un poco de cada persona y de su motivación, de cuánto nos importan los likes (nos lo admitamos o no) o que una persona en particular vea nuestro selfie en las stories. Dependerá también de cuántas fotos nos hayamos hecho hasta conseguir esa en la que nos gustamos, si nos podemos ver o no sin filtro. Son, esto sí diría que está claro, fotos más para el presente que pensadas para ver y rememorar.

Recordarnos y que nos recuerden

Bruselas, diciembre de 2009. Fui a una entrevista de trabajo (que no me dieron) y me nevó un poco encima.

A todos nos gusta ver fotos de nuestros padres cuando eran jóvenes y aún es pronto para saber si a los niños de hoy, que están creciendo con una cámara en la cara, les hará la misma ilusión ver todos los selfies de sus padres. Pero tampoco sabemos si les será fácil hacerlo: todas esas fotos que hacemos y no volvemos a ver, aunque las subamos a una red social, aunque las tengamos almacenadas en teléfonos y nubes, podrían desaparecer en algún tipo de apocalipsis tecnológico. Que se te rompa el móvil, que Facebook desaparezca, que Amazon apague sus servidores. Una foto física puede arder o estropearse, pero como todo lo tangible parece que tiene más futuro.

Es decir, hazte fotos y, de vez en cuando, imprímelas. Haz álbumes de años o de viajes y déjalos encima de la mesa del café. Verás cómo tus invitados las miran, podrás contar cosas, querrán que aparezcas en esas imágenes de vez en cuando. Dentro de 50 años, quien revise esas fotos tendrá aún más interés en tu cara.

Roma, noviembre de 2015. Era el final de un viaje desde Sicilia. Llovía y me estaba acatarrando. Acabé volviendo al hotel y pasando mi última tarde italiana leyendo.

A mucha gente no le gusta salir en fotos. Quizá tú seas una de esas personas. Si siempre estás detrás de la cámara y nunca delante, si eres quien siempre se ofrece para hacer una foto, si cuando viajas sola nunca te acuerdas de buscarte a ti en la imagen, seguro que en alguna ocasión alguien (tus padres) te ha dicho que qué fotos más bonitas, pero que estaría bien verte a ti también. Concédeles el capricho. No tienes que publicar la imagen en ninguna red social.

Y piensa en ti misma dentro de muchos años ojeando el álbum de ese viaje. Entre los paisajes, los amigos con los que fuiste y los amigos que hiciste, te gustará encontrar de vez en cuando tu propia cara también. Eres otra persona y sigues siendo tú. Tan lejos y tan cerca. Seguro que le (te) dedicas una sonrisa a ese otro yo de hace mucho tiempo. Todos los selfies habrán valido la pena.