La autora experimenta con hongos psilocibios (“hongos alucinógenos”) por primera vez.

[Este artículo se limita a dar información. Por favor, usa tu juicio para decidir cómo la usas. Ten en cuenta que la tenencia de hongos alucinógenos es ilegal en muchos países]

Una rodaja de naranja estaba sobre la mesada de la cocina, escondida detrás de la luz. Mi cabeza latía sin piedad. Los hongos comenzaban a hacerme efecto.

Un cuarto de naranja venosa, gordita, jugosa. Empece a reirme. De hecho, no pude dejar de reirme histéricamente durante los siguientes tres minutos.

No había nada que pudiera hacer: las rodajas de naranja me recordaban una vagina.

En la mejor experiencia, los hongos te convierten en un desparramo de risitas y de carcajadas hasta provocarte retortijones. Y en el peor de los casos, te hacen sentir que acabaste de bajar de una horrorosa montaña rusa y estás mareado, bilioso y con náuseas.

Antes de mi reciente incursión en el mundo de los alucinógenos, yo era lo que se consideraba un fenómeno: una escritora de veinte y pico que vivía en Nueva York y que nunca había probado drogas.

Supongo que mi mayor vacilación sobre la idea de experimentar con hongos alucinógenos -o con cualquier droga-, tenía que ver con el miedo a perder el control y con la posibilidad de cuestionar las ideas que tenía sobre mí misma. Pero de nuevo, tal vez ese sea el punto: descubrir una parte desconocida, ese alter ego que acecha bajo la superficie.

Un día tenía mucho tiempo disponible, pocas obligaciones que cumplir y acceso directo a una reserva de hongos alucinógenos. Ahí fue cuando comencé a descubrir la complejidad que se escondía detrás de lo que yo creía que sabía y, lo más importante, detrás de quién creía que era.

Parte 1 – Preparando los hongos

Los hongos psilocibios son alucinógenos suaves. Afectan a cada persona de manera distinta y, excepto que se tomen en grandes cantidades, la mayoría de la gente no alucina, en el sentido de tener “visiones” o “flashbacks.”

Son orgánicos, accesibles, y aunque su ingesta no está totalmente libre de riesgos, siempre está la idea reconfortante de que, si no te gusta, tu cuerpo va a metabolizar la droga y vas a poder volver a la normalidad.

“Se trata más que nada de colores brillantes, de imágenes distorsionadas, de detalles que sobresalen…buenas vibraciones”, me aseguraron. “Te va a gustar, vas a ver”. Y siguieron los consejos prácticos:

  • “Su sabor es horrible”, acuerdan todos los experimentados. “Tomalos con M & M”, fue una de las sugerencias. “Va a ser más facil tragarlos”.
  • “Quédate en un ambiente cómodo y seguro”. El lugar en el que te encuentres es crucial para determinar si tendrás una experiencia de disfrute o un viaje atroz. Un amigo recomienda tomarlos en la playa, donde el mar se ve como un brillo azul palpitante.
  • “Asegúrate de estar con alguien que los haya tomado antes”, me dijeron una y otra ve. Dave, mi novio, tiene mucha experiencia y sugirió que limpiáramos el departamento antes. “Todo lo que está limpio va a parecerte sucio y lo que está sucio va a parecerte un asco”, me dijo.

“Buena suerte,” me escribió un amigo antes del experimento. “Vas a aprender tanto sobre ti misma, sobre los otros, sobre el mundo…”

Parte 2 – ¿Soy yo o el mundo entero está palpitando?

Veinte minutos después de nuestra primera ingesta de hongos, me estaba quejando de que no hacían efecto. “Me siento completamente normal. Tal vez no funcionen conmigo”, declaré. “Vamos a tomar el resto, entonces”, sugirió Dave.

En unos minutos, Dave estaba saltando por el cuarto, riéndose de cualquier cosa y maravillándose ante los colores. Yo, por el otro lado, estaba bajando en espiral hacia una cueva oscura.

Mis piernas y brazos no podían decidir si querían moverse sin descanso, como empezaban a hacerlo, o si querían quedarse inertes en la cama. Parecía que alguien estaba amasando mi cabeza y mi estómago amenazaba con comenzar una revolución. Los hongos no le estaban haciendo bien a mi cuerpo.

Pasar ese momento inicial y los efectos debilitantes de los hongos, fue la parte más difícil de mi experiencia. Pero una vez que estuve afuera, en la calle, caminando entre los personajes de Nueva York, se me hizo más fácil olvidar lo mal que mi cuerpo se sentía y lo liviana que estaba mi mente.

Mi mente no estaba nublada (de esa manera en que se nubla cuando estamos borrachos) y, con el estímulo de la ciudad, pasaban volando miles de conexiones. Yo me daba cuenta de todo. De pronto me reía a carcajadas, ¿de qué? No sé ni me acuerdo, pero me reía y resoplaba y jadeaba hasta que ya no podía respirar.

Parte 3 – ¿Acabo de decir eso?

En nuestro estado exacerbado, Dave y yo decidimos caminar a un parque cercano. Todavía recordaba cómo poner una pierna delante de la otra, pero no mucho más. La náusea me seguía invadiendo esporádicamente y, aunque me escondía detrás de mis enormes gafas de sol, estaba segura de que todo el mundo podía darse cuenta de que estaba drogada.

Nos sentamos sobre la hierba, fijando la vista en el cielo y los árboles. Me habían dicho que los colores parecen más brillantes cuando una toma hongos, pero no veía que los verdes y azules del parque fuera más vibrantes que de costumbre. David notaba cada detalle: “¿Te diste cuenta de que todos los árboles de nuestra cuadra son de la misma especie?”.

Después de estudiar algunos elementos desconcertantes en el parque -un oso de peluche patinando, turistas que pedían direcciones pero que no se movían, gente corriendo desde y hacia un árbol con globos de colores brillantes— , Dave llegó a la conclusión de que todos estos personajes extraños y disparatados habían sido plantados para un juego de Bingo, cuyo sponsor era Disney. “Ahora todo tiene sentido,” se dijo.

Yo me había establecido en una agudeza mental que no me era familiar. Había una marcada separación entre lo que estaba diciendo y lo que estaba haciendo y quien era la persona detrás de todo eso. Era como si me estuviera observando al mismo tiempo que estaba siendo. Y aunque hacía ya dos años que vivía en Nueva York, parecía que estaba viendo todo por primera vez.

Parte 4 – Una perspectiva alterada

Mi mente estaba descubriendo conexiones que normalmente no hubiera hecho. Camino a casa, paramos en una deli y Dave propuso “Llevemos una botella de agua”. Le respondí instantáneamente “¡Pero primero tenemos que pagarla!”. Me miró extrañado.

Me dí cuenta de que estaba paranoica acerca de no hacer nada incorrecto. Mi inconsciente, supongo, es más tenso que mi yo consciente.

Pronto, en la comodidad de nuestro dormitorio con aire acondicionado, empecé a escuchar música famosa por sonar mejor cuando una está bajo los efectos de alucinógenos. Las letras se convirtieron en epifanías.

Por momentos me preguntaba si realmente vivía con esa persona (yo) y si me gustaba. Fue un extraño ida y vuelta de reflexiones, que a veces podía verbalizar y otras, no. Me deleitaba en este extraño pero satisfactorio estado de conciencia. Y cuando, tres horas más tarde, pasó el efecto de las drogas, me quedó una persistente curiosidad sobre el mundo y sobre mí misma.

¿Si volvería a ingerir hongos? Sí, seguro, pero lo haría fuera de Nueva York. Aún cuando estoy sobria y completamente consciente, esta ciudad es demasiado intensa.

¿Qué piensas de los hongos alucinógenos y su capacidad para abrir la mente? Cuéntanos en los comentarios.