Photo: fizke/Shutterstock

En defensa de los hotelitos cutres

by Ana Bulnes 10 Jun 2019

Cuando a principios de mayo fui a Colonia, Alemania, a un concierto, me quedé en un hotel que tiene un 6,9 en Booking, un 2,5 en Tripadvisor y un 2,8 en Google (estos últimos sobre 5, no estoy tan loca). Lo elegí por su precio y ubicación. Estaba muy céntrico y era mucho más barato que un Airbnb o cualquier otra habitación individual en otra parte de la ciudad. Los comentarios alertaban de una limpieza dudosa, de colchones incómodos, ruido, personal antipático y poco espacio.

Como la recepción cerraba a las 10 y yo llegaba un rato después, me dejaron las llaves en una caja en la entrada. Subí las escaleras, localicé la habitación y nada más entrar me dio un poco la risa y me invadió una sensación de ternura muy extraña. La habitación era diminuta (la puerta del baño no se podía abrir del todo porque chocaba con la de la entrada), el suelo de moqueta gris posiblemente fuese más gris que cuando se instaló —en los años 70, calculé— y la pintura estaba descascarillada en varios sitios de la pared. Pero no encontré pelos en el baño y las sábanas tenían pinta de limpias, así que me di por satisfecha y me pregunté por qué hacía tanto que no pisaba un hotel cutre de los de toda la vida.

De camping a Airbnb, pasando por hostels y Couchsurfing

Yo (¡ya escribiendo!) en un camping portugués en 1991. La de detrás era nuestra tienda de campaña.

Mi historia viajera empezó en camping con mis padres. Cuando comencé mis viajes independientes, me gradué a los hostels, siempre poniendo el precio por encima de todo. He dormido en habitaciones con 18 camas y tengo todavía grabada en el cerebro la imagen de un finlandés que dormía con un tanga rojo y cuyo trasero era lo único que se había destapado por la mañana. Pero era joven y estas cosas no me importaban. Las salas comunes de los hostels son lugares en los que he mantenido conversaciones muy interesantes y de alguna cocina incluso salí con un amigo nuevo.

Años más tarde descubrí Couchsurfing. Lo utilicé primero para conocer gente durante un verano en Viena y poco después me alojé por primera vez en una casa en Glasgow. Es gratis y conoces a gente local con la que compartes intereses y cierta afinidad (si lo haces bien, si solo te interesa tener un lugar en el que dormir sin pagar nada es menos interesante), pero para mí, que como freelance muchas veces viajaba con ordenador y necesitaba trabajar, no era siempre lo más cómodo.

Pasé por alguna pensión, pero poco después apareció Airbnb. Lo usamos por primera vez, creo recordar, en un viaje a Oporto en 2012, y fue una revelación. ¡Era como tener tu propia casita en el lugar al que viajabas! ¡Salía más barato que un hotel! ¡Podías cocinar y hacer tu vida! Se convirtió en mi opción preferente de alojamiento, especialmente cuando tenía que trabajar, hasta que las noticias empezaron a hablar de turistificaciones y barrios deshabitados, de vecinos expulsados y grandes inmobiliarias comprando calles, de cómo los contras eran globales frente a unos pros solo individuales. El cargo de conciencia hizo su aparición.

Estamos hartos de oír los beneficios de Airbnb, pero hay ya estudios que prueban que esos beneficios (para los viajeros, más oferta de alojamiento y en general precios más bajos por todo eso de la competencia y la oferta y la demanda) no salen gratis. Lo que empezó en teoría como algo entre particulares, está cada vez más en manos de grandes inmobiliarias. El mínimo ahorro que conseguimos como viajeros llega a costa de una subida en los precios de la vivienda, tanto de compra como de alquiler, para los vecinos del lugar en cuestión. Si queremos viajar de forma responsable y sostenible, cerrar los ojos ante esta situación no es una opción. El impacto económico positivo del turismo, además, no es tan alto como para que compense que te echen de tu barrio. Este artículo lo explica muy bien.

El lujo de una cama y una ducha

Mi habitación en Colonia. Hice la foto con la espalda pegada a la puerta de entrada.

En mi hotelito alemán, mientras estiraba los brazos y veía si era capaz de tocar dos paredes (solo lo conseguí en la entrada y en el baño, donde había que hacer algo de contorsionismo), me puse a pensar en la primera vez que dormí en una habitación individual (sin baño propio, eso era un extra innecesario). Fue en mi primer viaje sola, por los Países Bálticos, cuando tenía 20 años. En el hostel en el que me quedaba creo que en Tallín solo tenían para dos noches en habitación compartida y tuve que cambiarme a una individual en un hotel para la última noche. Una cama grande, ¡un sofá! y una televisión. Estaba tan emocionada que hasta me hice una foto.

Es una foto muy mala porque es lo que tenían las cámaras analógicas compactas en una habitación oscura.

No recuerdo mucho de esa habitación, pero por lo que se ve en la imagen es la de un hotel estándar y modesto (mucho más grande que mi habitación de Colonia, eso sí, pero con la misma moqueta). En el momento me pareció un lujo y ahora, pensándolo bien, creo que lo era.

Nos cegamos con la decoración nórdica (es decir, de IKEA), con apartamentos antiguos que han sido renovados y ahora son todo estilo con un toque vintage de autenticidad, pero ¿qué hay más real y más local que un hotelito que pertenece a una familia y no a una cadena, que ha pasado de generación en generación, en el que te dan un buen desayuno y sabes que con lo que pagas es posible que nunca vuelvan a pintar la pared o actualizar los enchufes? Además, ese apartamento antiguo ¿no debería haber sido renovado para que viviera alguien allí?

No todos los Airbnb son lugares sin personalidad. Este estaba en Óbidos (Portugal).

El hotelito, tan cutre y de aspecto polvoriento, tenía en cambio ventajas que no cambiaría por una habitación más grande con muebles nuevos y decoración moderna. En mi habitación, por lo menos, no había ruido. Tenía persiana, eso que todos los españoles echamos de menos cuando salimos al mundo. La ducha echaba agua abundante y con mucha presión (la alcachofa estaba algo rota y algún chorrito salía disparado hacia otro lado también, sí, pero oh, esa presión). ¿Para qué necesitaba más espacio, más modernidad, más estética si yo solo iba allí a dormir y ducharme? ¿Para presumir en redes sociales?

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Mi avión de vuelta a casa llegaba a las 11 de la noche a Oporto y no tenía tren a Vigo hasta la mañana siguiente, así que busqué el alojamiento más cercano a la estación que encontré. En este caso la recepción era 24h. Llegué a eso de las 2 de la mañana y subí un primer piso de escaleras de madera antiguas hasta llegar a un rellano en el que estaba la recepción con un señor de unos 60 años muy amable. Me subió la maleta un piso más hasta mi habitación. La cama era grande, el baño viejo y diminuto. El suelo de corcho totalmente ondulado.

Dormí como un bebé y, cuando a las 7 de la mañana bajé para desayunar ya en la estación, el señor seguía detrás del mostrador. Todo sonrisas, me bajó la maleta y me deseó buen viaje. En el tren de vuelta puse buena nota a ambos hoteles para intentar subir sus medias. La burbuja Airbnb ya ha explotado, al menos en mi cabeza.

Esto es lo que veía desde la ventana del hotel de Oporto: la estación de tren de Campanha. Ubicación perfecta para un tren a las 8 de la mañana.

* Una cosa que empecé a hacer el verano pasado para usar Airbnb con menos remordimientos fue quedarme en habitaciones privadas en casas en vez de en apartamentos enteros. En Glasgow la experiencia fue muy buena, en casa de una pareja que me contaron muchas cosas; en Edimburgo me encontré con una señora que había montado un hostal en el bajo de su casa y la experiencia me gustó algo menos.

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