Dentro del Parque Nacional Izta-Popo-Zoquiapan reposa el volcán Iztaccíhuatl, del náhuatl “iztac”-blanco, y “cíhuatl”-mujer, que se traduce como “mujer blanca”. Con 5.286 metros de altura sobre el nivel del mar se levanta como la tercera cumbre de México. Pero el Iztaccíhuatl no es sólo un volcán, son en realidad cinco volcanes siameses que dibujan a la majestuosa mujer dormida.

Aproximarse al volcán y adentrarse en los densos bosques de coníferas que cubren sus faldas, respirar el aire fresco y húmedo que anuncia la llegada a la zona alpina, es desde ya un gozo para los sentidos. Tímidamente entre los árboles se dejan ver los volcanes, pero no es sino hasta llegar al albergue de Paso de Cortés que se logran apreciar en todo su esplendor. En el albergue se cubre la cuota de acceso hacia La Joya, destino final de la jornada en automóvil e inicio de la ruta a pie hasta la cumbre.

A lo largo de la ruta de Los Pies hay ciertos puntos clave llamados “Portillos”. Son merecidas escalas en el trayecto hacia los albergues, que ofrecen cambiantes y magníficos paisajes.

En el Segundo Portillo se alza frente a nosotros, imponente, el macizo llamado Amacuilécatl o “Los Pies de la Mujer Dormida”, dándonos un sutil contraste entre la fuerza del volcán y nuestra pequeñez en el universo. La vista es limitada en horizonte, pero el escenario de rocas envolventes vale la pena.

Continuamos por un sendero inclinado, de fina grava suelta, que lleva hasta el Tercer Portillo o “Mirapuebla”, donde la vista del valle de Puebla, La Malinche y el Pico de Orizaba es espectacular. En el “Tercer Portillo” hay una bifurcación de caminos: el primero conduce a la cumbre del Amacuilécatl; el segundo desciende al valle de “Los Adoratorios”, en el que los escurrimientos subterráneos brotan a la superficie formando riachuelos cristalinos que vuelven a poblar la zona con vegetación típica de las altas cumbres; y el tercer camino continúa el ascenso hacia la zona de albergues.

A las cinco de la mañana, antes de los primeros rayos del sol, partimos hacia la cumbre. La luna nos marca el camino a través de otra pronunciada y arenosa pendiente, iluminándola como un paisaje extraterrestre, tal vez lunar. Una hora más tarde estamos en “Las Rodillas”. La vista acompañada del amanecer es bellísima. Quien ha llegado hasta ahí ya ha alcanzado una especie de cumbre, pues la vista es grandiosa y la altura ya supera los 5.000 metros.

Después de un breve descanso continuamos hacia “La Panza”, el glaciar. Cruzar el glaciar con el sonido del agua subterránea y el crujir del hielo hace despertar los sentidos, llena el cuerpo de una emoción indescriptible y es, para aquellos sensibles y conscientes, a la vez bienvenida y antesala de cumbre.

Completando el glaciar sólo restan dos colinas, que bien se equiparan al esternón de la mujer dormida y nos separan del pecho. Cuarenta y cinco minutos más de entrega nos conducen a un nuevo glaciar que parece extenderse y flotar hasta el horizonte, pues prácticamente ningún referente terrestre puede ser percibido.

Una alfombra blanca conduce a la parte más alta del pecho: la cumbre del Iztaccíhuatl. Desde ahí se aprecia la cabeza de la mujer dormida, Puebla, México, el cielo infinito.

Pertenecemos a la tierra, somos montañas y podemos, en una actitud de respeto y humildad, alcanzar cualquier cumbre pues, sin importar dónde estemos, la cima está en cada uno de nosotros.