Ayer los europeos llegaban a Katmandú, capital de Nepal, seducidos por la droga barata. Hoy los mueve otro tipo de consumo: trekking y shakes frutales con vista a los Himalayas.

 

BIENVENIDOS A KATMANDÚ

Antes de aterrizar en el aeropuerto internacional Tribhuvan tenía una imagen romántica de Katmandú, la tierra exótica donde los hippies venían a reventarse en los años 60 y 70. Fue en esta ciudad donde pasaron muchos inconformistas que buscaban un lugar donde poder ser yonquis en paz, sin la represión pacata que oprimía al resto del mundo. Viajaban alrededor del mundo para flashearla, como lo definió Charles Duchaussois en su autobiográfico Flash, el famoso libro que inspiró una crónica del Dr. George Bersington.

Apenas bajé del avión sentí por un segundo que estaba en los 70. El aeropuerto, remodelado por última vez en aquella época, es viejo, diminuto, sin siquiera un lugar para sentarse o aguantar, más parecido al aeropuerto de Villa Gesell que a uno internacional. Pude salir por un pasillito a la calle donde taxistas, vendedores, agentes de turismo y arribistas se abalanzaron sobre mí y sobre los demás pasajeros. Caminé unas cuadras, atravesé el aeropuerto, un par de puestos militares y me dispuse a esperar el colectivo en la parada. Los treinta minutos siguientes me los pasé en un colectivo destruido que viajaba repleto de gente y bultos, abriéndose paso a bocinazos limpios entre la multitud que copa las calles de Katmandú a toda hora.

En el bus, un chico de 10 años subía y bajaba según los caprichos de los pasajeros, cobrando a la salida el boleto de USD $0,20. Habría que agregar a la ciudad de Katmandú a esos rankings que comparan las tarifas de colectivo de todo el mundo, esos rankings que tanto aman los liberales y que buscan terminar con las políticas de transporte subsidiado. En el resto de los colectivos que circulan por Katmandú los cobradores también son menores de edad. El Informe Nacional de Trabajo Infantil estima que en todo Nepal 1,6 millones de chicos de entre 5 y 14 años que trabajan por un salario de miseria en jornadas larguísimas de hasta 16 horas. También se puede verlos fregando platos en restaurantes o vendiendo baratijas en la calle.

Katmandú es un lugar improvisado, como si en un mismo día se hubiesen mudado millones de personas de golpe. No hay veredas, ni pavimento, ni cloacas, ni semáforos: la improvisación urbana es total. Caminar por Katmandú es como caminar por una de las villas de Buenos Aires con cientos de pasillos laberínticos que tuercen una y otra vez siguiendo los caprichos de las precarias construcciones. Acá no existen zonas chetas ni city financiera y hasta el alumbrado público es también inexistente. Aunque, a decir verdad, si el gobierno pusiese lámparas para alumbrar las calles, no servirían de nada: la electricidad en todo Nepal se corta entre 12 y 14 horas por día. Todos los días.

Si bien en el inconsciente colectivo Katmandú sigue evocando la imagen de paraíso hippie, hoy la movida turística de Nepal pasa por hacer un circuito de trekking con un guía. Los viajeros cambiaron sus harapos hippies por botas y camperas marca The North Face, y en vez de chutarse heroína consumen shakes frutales en un restaurante de comida vegana.

Los extranjeros viajan a Nepal atraídos por los imponentes paisajes de los Himalayas y sus inigualables precios bajos. Hacer trekking es una actividad cara en casi todo el mundo aunque acá con un puñado de dólares se puede conseguir un guía sherpa para hacer un circuito, el permiso y el seguro obligatorio. Los viajeros siguen viniendo a este país porque la plata rinde. En un país donde el 70% de las personas sobrevive con menos de USD $1,25 por día, todos los extranjeros son ricos.

Cuando me bajé del colectivo estaba en el barrio Thamel, el ghetto turístico donde se concentran todos los hoteles y, probablemente, todos los vendedores de droga de la ciudad. En dos o tres cuadras me ofrecieron unas diez veces faso, hachis y “lo que necesites”, léase una noche de sexo a bajo costo. En los pasillos de Thamel los gringos se detonan a toda hora por poca plata. Todo es extremadamente barato. Se puede dormir en una habitación matrimonial por 5 dólares y comer por menos de 3 dólares al día.

Caía la noche. Me llamó poderosamente la atención la cantidad de viajeros españoles que hay de compras por las calles de Katmandú. Pareciera que una crisis europea es una cosa distinta a una crisis sudamericana, o ¿quién se puede imaginar argentinos en cantidad viajando por el mundo en pleno 2001? Tantos españoles copan Katmandú que un dealer nepalí al escucharme hablar se me acercó y con carpa me dijo en perfecto castellano: “¿Fuma hierba, amigo?”. Of course.

A pocos metros, sin los dólares necesarios para comprar drogas, los pibes de la calle jalaban poxy y corrían alocados entre motos, carros, autos, bicicletas y personas. Los policías del puesto de control vecino miraban para el otro lado. Me impresionó un poco que con ese caldo de cultivo no estallara un polvorín.

Un auto esquivó una vaca parada en el medio de la calle. Estaba como congelada. Después la esquivaron una moto y un triciclo. Apenas segundos más tarde, unos peatones pasan por al lado de la vaca y también esquivan a un pibe de la calle que mendiga. Acá en Nepal la vaca es sagrada, la vaca vale todo, pero el pibe no. El pibe no vale nada. Un par de españoles cargados de bolsas caminan riéndose, a los gritos. La vaca miraba la escena paciente. Como el resto de los nepaleses.


Este artículo fue publicado originalmente en RevistaDoctorGonzo.com.ar, y se reproduce aquí con permiso del autor.