Los nombres de las colonias de la Ciudad de México dan para muchas historias. Muchas tienen nombres en náhuatl y hacen referencia a un pasado distante en el que la geografía y el terreno de la ciudad eran muy diferentes; otras hacen referencia a antiguos ranchos y haciendas olvidados y de límites apenas reconocibles; otras tantas han sido nombradas por la gente después de que algún acontecimiento, personaje o construcción las marcara para la posteridad. Independientemente de su origen, aquí te dejamos un conjunto de historias relacionadas con el nombre de algunas de las colonias más emblemáticas de la ciudad.

¿Conoces la historia del nombre de tu colonia?

 

La Roma

La colonia Roma es uno de los lugares con más historia de toda la Ciudad de México. La zona ya era distinguida antes de la conquista, solo que en aquel entonces era un islote y se le conocía con el nombre de Aztacalco, que en náhuatl quiere decir la casa de las garzas. Aztacalco fue uno de los poblados en los que la población indígena se refugió luego de la caída de Tenochtitlán en 1521, pero la influencia española no tardó en hacerse presente y nueve años después se fundó el Templo de Santa María de la Natividad, el mismo que permanece hasta el día de hoy en la Romita.

Para mediados del siglo XVIII, este pequeño poblado se encontraba comunicado con la Ciudad de México y con Chapultepec por una carretera arbolada —la precursora de la actual avenida Chapultepec—y fue entonces cuando la zona empezó a ser conocida popularmente como Potreros de la Romita. Dicen los que saben que la carretera se parecía mucho a uno de los caminos que entraban a la ciudad de Roma y el apelativo a la capital italiana se mantuvo como un distintivo de la zona —en diminutivo, para guardar la proporción—, incluso apareciendo en planos y documentos oficiales.

En 1903 las tierras de la Romita y sus alrededores fueron comprados por la Compañía de Terrenos de la Calzada de Chapultepec, S.A., dando paso al desarrollo de una de las primeras colonias de la Ciudad de México. La Roma heredó el nombre de los potreros, quitándole el diminutivo como señal de crecimiento y desarrollo. También se mantuvo el nombre de Romita, que hasta hoy identifica a las cuadras más antiguas del rumbo, las herederas del barrio de Aztacalco.

 

Guadalupe Inn

Esta colonia entra a la lista por la curiosidad que causa esa especie de sufijo que inmediatamente nos hace pensar en una posada —claro, una posada de algún país angloparlante. La primera parte del nombre obedece a la norma de muchas otras colonias de la capital, aludiendo a las haciendas, ranchos o potreros que se localizaban en los rumbos correspondientes antes de que la urbanización hiciera de las suyas. En este caso, la colonia hereda el nombre de la antigua Hacienda de Guadalupe, propiedad de un cuñado de don Porfirio y que también le dio nombre a la vecina Ex-Hacienda de Guadalupe Chimalistac.

El inn, como bien veníamos adivinando, hace alusión a una posada. Los planes para establecer una lujosa hostería de renombre internacional en esta zona comenzaron en 1906 con la adquisición de varios terrenos de la antigua Hacienda Goicoechea por la San Ángel Land Company. El casco de esta histórica hacienda —que fuera lugar de descanso de la nobleza virreinal y una famosa productora de pulque— se convirtió en el restaurante San Ángel Inn, un clásico del sur de la Ciudad de México y responsable de regar el enigmático inn por los alrededores.

 

La Condesa

Doña María Magdalena Catarina de Dávalos de Bracamonte y Orozco. Ese es el nombre completo de la poseedora del título nobiliario que ha quedado como denominativo de una de las zonas más famosas de la Ciudad de México, la tercia de colonias que conocemos popularmente como la Condesa.

Doña María era condesa de Miravalle, título nobiliario que fue otorgado a los descendientes de Alonso Dávalos y Bracamontes, quien a su vez era descendiente de Moctezuma Xocoyotzin. Los condes de Miravalle contaban con propiedades por todo el país; en la Ciudad de México, tenían un espectacular palacio que se mantiene hasta el día de hoy en la calle de Isabel la Católica, pero también llegaron a hacerse de varios terrenos en los alrededores de la capital.

Los condes de Miravalle compraron la hacienda de Santa María del Arenal en 1704, apenas unos años después del nacimiento de Doña María. Con el paso de los años, esta zona comenzó a ser conocida como la hacienda de la Condesa, título que mantuvo hasta que inició el fraccionamiento de la colonia a principios del siglo XX. El casco de la hacienda aún permanece en pie y es la actual sede de la embajada rusa. Dicho casco fue adquirido a principios de siglo por la familia Escandón Barrón, por si se preguntaban por el origen del nombre de la colonia de junto.

 

Doctores

La Doctores surge a finales del siglo XIX en los terrenos conocidos como La Indianilla. Esta zona era famosa por ser la central del transporte tranviario desde la época en que los carros eran tirados por mulas y hasta la llegada de los tranvías eléctricos. También era un sitio de reunión propiciado por uno de los manjares más socorridos de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, los famosos caldos de gallina de Indianilla.

Entre tranvías y caldos de gallina comienzan los planes para fraccionar y urbanizar la zona. En 1889, la Mexican City Propiety Sindicate Limited (sic) recibe la autorización del gobierno local para iniciar el desarrollo de la colonia Hidalgo, cuyas calles principales llevarín el nombre de médicos ilustres —en su mayoría mexicanos— contemporáneos. Aunque el registro de la colonia hacía clara alusión al padre de la patria, los nombres de las calles y la fama que adquirió con el establecimiento del Hospital General y lo que posteriormente sería el Centro Médico Nacional, hizo que la gente empezara a referirse a esta zona con el nombre no oficial de la colonia de los doctores.

 

La Lagunilla

Aunque no es oficialmente una colonia, La Lagunilla es uno de los barrios históricos más reconocidos de la Ciudad de México. Su historia se remonta a la época prehispánica, pero no precisamente por ser un asentamiento de importancia económica o cultural del imperio mexica. La Lagunilla era un pequeño brazo del lago de Texcoco que delimitaba las fronteras de la antigua Tenochtitlán y la vecina ciudad de Tlatelolco.

Fueron los conquistadores españoles los que bautizaron —por obvias razones— a esta zona de la ciudad como La Lagunilla. Parte del cuerpo de agua original penetraba, a través de acequias y pequeñas bahías, en la ciudad de Tlatelolco, lo que convirtió a la laguna en una importante zona comercial —recordemos que Tlatelolco era sede del mercado más importante del imperio mexica— incluso antes de ser desecada a finales del siglo XVI.