1. Salir un churro

Empecemos la lista con una defensa convencida de los churros: recién salidos de la sartén, descansando sobre una servilleta que se llevará un poquito de la grasa del aceite, antes de ser sumergidos en un espeso chocolate caliente, son perfectos. Empecemos a usar esta expresión al revés. ¿En qué momento decidimos que que nos salga algo un churro es malo? Los churros nunca lo son.

2. Me importa un pimiento

Los pimientos merecen también que revisemos nuestro respeto por ellos. ¿No es esta expresión ofensiva para nuestros amigos que dan sabor a las comidas y, sí, a veces repiten, pero que en el fondo solo buscan nuestro placer y salud? Igual que Teruel existe, los pimientos importan. Por un mundo que respeta a los pimientos. Por un mundo mejor. No sigamos con este mundo que no vale un pimiento.

3. Ser pan comido

¿Hay algo más fácil que comer pan? Pocas cosas, como indica esta expresión que usamos para referirnos a algo tan, tan sencillo que es ya casi como si estuviese hecho. Una expresión, por otra parte, que es mejor no imaginarse de forma gráfica.

4. Darle la vuelta a la tortilla

Uno de los momentos cumbre en el proceso de maduración de todo español: podría decirse que uno no es realmente adulto hasta que consigue, él solito, hacer una tortilla y superar con éxito la prueba final: darle la vuelta. Y aunque en el mundo real la tortilla ideal tienda a ser muy parecida por ambos lados —si hay mucha diferencia es que hace falta más práctica—, no lo es así en el mundo de la lengua: cuando le damos la vuelta a la tortilla de forma figurada hacemos que todo cambie. Casi tanto como el antes y después que el hito de hacer el plato estrella de nuestra gastronomía sin acabar con él en el suelo marca en nuestra vida.

5. Vete a freír espárragos

Así de curiosos somos cuando estamos enfadados. ¿Mandamos a nuestros enemigos a freír espárragos con la esperanza de que les salpique el aceite? ¿es una venganza a largo plazo que busca que nuestro adversario muera de un infarto por tanto espárrago frito? ¿están tan malos los espárragos tras pasar por la sartén?

6. Ponerse como un tomate

Lo típico que te pasa cuando te dicen que te has puesto rojo como un tomate.

7. Ir pisando huevos

El único escenario en el que me imagino a alguien intentar pisar huevos y, con su experiencia, inventarse esta expresión es acompañado de Ramontxu y Anita en Qué apostamos. Pero sí, es fácil imaginarse que ir pisando huevos es algo complicado que quieres hacer con el mayor de los cuidados. Y también imaginarse un único resultado posible nada agradable.

8. Yo me lo guiso, yo me lo como

Así era Juan Palomo, un maldito egoísta. ¿Quién era? Además de un señor andaluz que protagonizó acertado un titular en el ABC (Juan Palomo, el auténtico: «Yo no guiso»), el dicho se encuentra por primera vez en Los refranes o proverbios en romance de Hernán Núñez (1578) y en él el guisador era el Rey Palomo. Quevedo repitió los versos unos años después y la expresión ya quedó para siempre.

9. No hay pan para tanto chorizo

Este bonito dicho que se ha hecho popular en los últimos años y es cantado en manifestaciones se basa en una curiosidad del idioma: en España, los ladrones son chorizos. La razón es menos emocionante que las historias que nuestro cerebro ya estaba inventando: en caló (una mezcla de léxico romaní y gramática castellana), robar se dice chorar y ladrón, chorí. De ahí se pasó con el tiempo en el habla coloquial a esa derivación hacia choricear y chorizo. No es que los ladrones tengan que ver con los cerdos. (Vaya).

10. Le falta un hervor

Es una expresión muy reciente (se documenta por primera vez en 1995), pero muy clara: las personas poco hervidas, las personas algo crudas, son personas un poco tontas e ingenuas. El hervor necesario, al final, nos lo da la vida.

11. Con las manos en la masa

¿Y por qué es malo que nos pillen con las manos en la masa? ¿Los panaderos no quieren que se sepa que detrás de su profesión hay trabajo duro en el que se saca músculo? Quién sabe. Lo único claro es que si nos pillan con las manos en la masa, en sentido figurado, no podremos más que esbozar un débil «no es lo que parece…» que ni nosotros mismos nos creemos.

12. Tener mala leche

Se puede tener mala leche, así en general, o estar de mala leche en un momento particular. También puede ser alguien el que nos ponga de mala leche. ¿De dónde viene la expresión? De cuando se creía que las mamás transmitían a sus hijos su personalidad al darles de mamar… pero como no siempre eran las madres las que daban pecho, sino que se contrataban nodrizas, se buscaba que fueran personas cuasi perfectas (y no solían serlo) para alimentar a los niños leche de esa de buenos modales, buen carácter y seriedad moral. Cuando las cosas fallaban, claro, la culpa la tenía la mala leche absorbida por el pequeño.

13. Dársela a alguien con queso

Si eres de esas personas a las que les pierde el queso (soy de los vuestros), entenderás perfectamente la explicación más extendida de esta expresión: es sinónimo de engaño porque antiguamente los bodegueros manchegos, cuando querían vender un barril de vino picado (a precio de vino en perfecto estado) ofrecían a sus clientes un plato de queso bien fuerte. Ese paladar, y si alguna vez has comido queso manchego lo entenderás, ya no distinguía entre vinos durante un buen rato. Covarrubias dice (decía) que era por el queso usado como cebo para cazar ratones. Sea lo que sea, si te ofrecen queso, desconfía. Y prueba el vino antes.

14. Poner toda la carne en el asador

¿Es un riesgo? Sí: podría quemársenos y fastidiar toda la comida al no haber dejado nada fuera por si acaso. Pero ¿y si sale bien? ¡Banquete! Así es un poco la vida, una gestión continua de la carne con la que contamos y los pros y contras de ponerla toda en el asador o dejar algo de reserva. Eso sí, cuando la ponemos toda hacemos una especie de órdago. Y no nadie podrá acusarnos de no haber hecho todo lo posible.

15. Cortar el bacalao

¿Quién decide si poner o no toda la carne en el asador? Claramente, el que corta el bacalao. En cuanto al origen de la expresión, como siempre, hay varias teorías. Que si era el alimento que se enviaba a las colonias españolas para los trabajadores (en realidad esclavos) y que el capataz era quien lo cortaba y distribuía; que si era un alimento básico y fácil de conseguir en los periodos de más pobreza en España y que el patriarca era quien lo cortaba en casa; que si en los ultramarinos donde se vendía solo el encargado (y no un aprendiz) podía cortarlo para venderlo… ¡Escoge la que más te guste!

16. Tener la sartén por el mango

No a la vez, porque complicaría mucho las cosas, pero el que corta el bacalao suele tener también la sartén por el mango. Una posición mucho más aventajada que la del pobre que está al otro lado intentando agarrarla por el otro extremo sin quemarse.

17. No está el horno para bollos

Déjalo estar. Haz los bollos otro día, por mucho que a nadie le amargue un dulce. El horno no está preparado.

18. Comerse algo con patatas

¿Que ese supernegocio que teníamos pensado no salió tan bien y ahora tenemos la casa llena de pulseritas que nadie quiere comprar? Quizá nos las tengamos que comer con patatas. Podría ser peor, podría ser a secas. Y, ya se sabe, lo que no mata engorda.

19. Hasta en la sopa

La sopa es ese lugar en el que solo querríamos encontrar lo que nosotros —o un chef de confianza— hemos puesto. Una mosca o un pelo son suficientes para amargarnos la comida. Y luego están esas personas que aparecen hasta en la sopa y que hacen que deseemos mudarnos temporalmente a un mundo en el que no existan (o no se crucen en nuestra vida).

20. Como churros

Empezamos con churros y acabamos también con churros. Porque sí, porque se lo merecen aunque la lengua los trate tan mal. Aquí un poquito menos, ya que nos referimos simplemente al hecho de que para elaborarlos usamos una máquina que transforma la masa y les da su característica forma… y los hace como churros, ¡con facilidad y en cantidad!

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