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ME LLEVÓ a una cervecería, a un lugar al que nunca regresaré. El recuerdo de su mano acariciando mi rodilla está conectado a una parte de mí que siente dolor físico al extrañar estar acostada a su lado, sin poder dormir, escuchando su respiración. Cuando dejó de llamarme, di miles de vueltas en mi departamento, salí a correr, tomé media botella de vino. Una mañana vacié los cajones, empecé a armar mi equipaje y casi reservo un vuelo, pero luego me di cuenta de que no podía simplemente tomar el siguiente avión a Tel Aviv.

Intenté hacer mis actividades favoritas, como distracción. Pero el cappuccino se enfrió antes de que pudiera concentrarme en las primeras líneas de una lectura cualquiera. Un hombre entró al café y me sonrió. Le devolví la sonrisa, pero mis ojos permanecieron tristes.

Hice la misma caminata dos veces y luego llamé a mi papá. Desde mi ventana puedo ver las montañas. La nieve se amontona en mi balcón, en los muebles del patio, en los árboles y en el bajo-ventana. El calentador se hace sentir en las salidas de aire, pero el silencio de la nieve aún se impone en mi departamento. Todo parece suceder en cámara lenta y colores apagados. Tengo una casa y un trabajo. No puedo simplemente salir corriendo.

El calentador se detiene. El lugar está tan quieto… Me doy vuelta, termino boca arriba mirando el techo. Cuando cierro mis ojos, visualizo a mi corazón como una fruta magullada, un lugar en el que él dejó su marca y se marchó. Intento deshacerme de esos pensamientos y luego tan sólo trato de dejarlos fluir. Pero tengo una sensación de opresión sobre mi pecho y lo cierto es que preferiría subirme al siguiente vuelo a México.

Con las primeras punzadas de ansiedad, mi respuesta por default es siempre una maleta y un pasaje a cualquier lado. Me he acostumbrado a la idea de que un tren italiano y campos de amapolas rojas son la cura para cualquier tipo de problema, pero sucede que eso ya no es verdad. Porque incluso al viajar, cuando haces una pausa todo lo que dejabas de lado reaparece. Parada como estás en la cima de Masada, aunque el Mar Muerto luce como una recreación del cielo en la tierra desértica y es increíblemente hermoso y no podrías tener más suerte que esto, sólo piensas en él y en esa sonrisa y en el email que te encantaría tener las agallas de enviar. Llega un punto en el que las vistas imponentes se convierten en el telón de fondo para tu corazón roto.

Tengo miedo de que nunca pueda encontrar una forma de equilibrar mi amor por la aventura con mi necesidad de reflexionar calladamente.

Hay valentía en viajar, pero también hay valentía en quedarse en casa. Hay valentía en quedarse quieto lo suficiente como para que todo se ponga al día contigo; en confiar en que sea lo que sea que pase, no te hundirá. Porque duele como mil demonios cuando no hay donde correr, cuando el único lugar en el que dar vueltas es en los confines de tu cerebro confundido. Despierta en la noche, trato de encontrar la manera de escapar a los pensamientos que como alambres de púa se cercan sobre mí. Cada recuerdo cala más hondo en mi piel.

No tengo ganas de escuchar nada más que Beethoven. No quiero que el sol se ponga. No puedo dejar de leer libros de viajes y de planificarlos.

Tengo una casa y un lugar y responsabilidades. Las elegí yo misma; elegí no ser capaz de escaparme. Finalmente he decidido sentarme, quieta, y dejar que el dolor se cuele por debajo de las puertas y a través de las ventanas. Rumi dice que debes seguir rompiendo tu corazón hasta que se abra. Y yo lo he roto debajo de cada cielo imaginable, haciéndolo rodar a través del Sinaí, arrastrándolo por los Alpes, forzándolo en las grietas del Muro de los Lamentos. Pero jamás he aprendido a quedarme quieta, a dejar de amontonar los fragmentos en una maleta.

En la cámara lenta de mi vida sin empacar, descubro que me gusta hornear tortas, encontrar ese equilibrio entre desesperadamente buscarle sentido a mi vida e inesperadamente encontrarlo mientras aguardo que la masa leve. Tengo miedo de que mis expectativas del amor sean poco realistas, miedo a que nunca voy a encontrar un balance entre mi amor por la aventura y la auto-reflexión. He descubierto que mi estado natural es aquel de deleite, pero incluso cuando me maravillo por el tono perfecto de un mango, enseguida me apoyo sobre la tabla de cortar, presionando mi frente sobre su dura superficie, y hago un gran esfuerzo por tragarme las lágrimas.

A veces el coraje es reservar un pasaje a Mongolia. A veces, es cancelar el vuelo. A veces es sumergirte en una nueva cultura, un nuevo idioma, un nuevo lugar. Y otras veces es quedarte varias horas mirando al techo auto-convenciéndote de que no te darás por vencida, que te quedarás en tu lugar de siempre y aprenderás a transformarlo en algo nuevo. Hay momentos en que tus demonios internos te empujan a quedarte, mientras que en otras ocasiones te hacen partir. Sucede que a veces necesitas quedarte quieto el tiempo suficiente como para que comprendas las maneras en que tu corazón se rompe. Y otras veces, tienes que lanzarte al camino para recordar cómo rearmarlo a partir de piezas sueltas.
En la quietud de la tormenta de nieve de Colorado, llego a la conclusión de que hay mucho coraje en ambas cosas.