Crédito: Dmitry Ryzhkov

“INTERNARON A MI ABUELA”

Es cruel, lo sabemos. Pero, a veces, debemos recurrir a esta excusa para evitar algún compromiso social con muy poca promesa de entretenimiento (ir al bautismo de la sobrina de la prima de tu pareja, por ejemplo). Claro que, inmediatamente después de que esgrimimos esa gran mentira, nos invade un enorme sentimiento de culpa, que nos obliga a llamar a nuestra Nona para preguntarle si podemos pasar a verla y a tomar unos mates.

“RINDO LA SEMANA QUE VIENE”.

Aunque lo parezca, esta excusa no es sólo válida para estudiantes regulares de alguna carrera formal. Siempre podemos duplicar la apuesta e inventar también que nos anotamos en algún seminario o curso de idioma “muy exigente”. Nadie podrá cuestionar nuestra voluntad de responsabilidad; después de todo, el estudio es siempre prioridad.

 

“NO ME SIENTO BIEN…”.

No crean que los argentinos somos fanáticos de inventar enfermedades (propias o ajenas), pero siempre puede pasar que la abuela ya no esté. Nos puede doler la cabeza, estar un poco cansados, o haber tenido un día agotador en el trabajo. Pero cuidado: nunca nos vamos a los extremos y nuestras excusas se quedan sólo en simpáticas picardías. Aunque a veces, claro, en algún rincón de nuestra mente, sospechamos que el destino nos castigará con una enfermedad real por haber mentido.

 

“TENGO QUE CUIDAR A MI SOBRINO”.

Y si no es un sobrino, puede ser el sobrino del hermano del vecino o un primito lejano. Nadie va a preguntar tanto detalle. Seguramente esta excusa hasta llegue a causar ternura, casi nunca falla. Es probable que, luego, debamos ensayar una respuesta rápida al comentario: “¿Y? ¿Cómo estaba tu sobrinito?”. “Eeeeh, enorme, me imagino…”.

 

“TENGO QUE HACER UN TRÁMITE”.

Los argentinos reconocemos la complejidad de nuestro sistema burocrático. La conocemos (y la padecemos) tanto, que naturalizamos sus fallas y, sobre todo, su lentitud. Hacer un trámite en nuestro país es una tarea titánica, un paseo laberíntico por oficinas y mostradores, un recorrido por esa maquinaria que se retroalimenta constantemente, en busca de algún papel o certificado específico. Decir que tenemos que hacer un trámite, cuando eso no es cierto, nos da la posibilidad de evitar compromisos durante muchas horas. O incluso semanas.