Crédito: Africa is a country

“O le das un like a mi página de Facebook o los niños se mueren de hambre”.

Quizás tuvieron buenas intenciones. Quizás no. De cualquier manera, todas las siguientes campañas son candidatas firmes a ganarse el premio de “peor intento de ayudar al prójimo desde el colonialismo”.

 

1. Un millón de camisetas para África

En los círculos de ayuda humanitaria se utiliza, con cinismo, el acrónimo SWEDOW (Stuff We Don’t Want, inglés para “cosas que no queremos”) para todas aquellas iniciativas al estilo de “1 Million T-Shirts project” (un millón de camisetas para África) de Jason Sadler. Sadler ha admitido que jamás había estado en África y que jamás había trabajado en proyectos de ayuda humanitaria o desarrollo antes de empezar con su campaña. Pero sentía que le importaba ese continente y entonces se le ocurrió la idea de mandar un millón de camisetas gratis a África para ayudar a la gente que vive allí.

Jason fue ridiculizado en la web en cuestión de semanas; su caso fue como una especie de imán para todo el veneno combinado del mundo de las organizaciones humanitarias. Todo el mundo, desde activistas bloggers hasta algunos economistas de alto nivel, se lanzó contra su “sueño” hasta que finalmente se decidió a ponerle fin. En julio de 2010 Jason tiró la toalla y abandonó su plan. Y en algún lugar de África, una economía suspiró aliviada.

¿Por qué es tan mala esta idea?

Imagen: PDX Reader

En primer lugar, uno tendría que considerar si realmente hay una necesidad de camisetas en África. Prácticamente no existe un lugar en el mundo en que la gente que necesita una camiseta no pueda pagarla. Querer donarlas es un ejemplo clásico de cuando se tiene algo que se quiere donar y por ese sólo hecho, se asume que hay alguien que lo necesita. Sólo porque tienes un martillo enorme no significa que todo lo demás en el mundo es un clavo.

En segundo lugar, trasladar un millón de camisetas gratis es ineficiente. Lo que costaría embalarlas, mandarlas por barco y transportarlas hasta donde en teoría son necesarias es similar a lo que costaría producirlas desde cero. Eso es un desperdicio increíble. Si quieres entregar camisetas a las personas, sería mucho más eficiente en términos de costos simplemente mandar a hacerlas con un proveedor local, creando además un estímulo a la industria textil local en el proceso.

Esto nos lleva a la tercera crítica, la de las cosas “gratis”. Cuando la comunidad en cuestión ya tiene una parte de su microeconomía funcionando en base a la venta y remiendo de lo que se quiere donar (camisetas en este caso), entonces si se inunda el mercado con un millón de esos productos gratuitos se obtiene el equivalente económico a la bomba atómica. ¿Por qué comprar una camiseta si puedes obtenerla gratis, hoy y durante los próximos cinco años? ¿Por qué molestarse en remendar la que uno tiene si se puede tirar esa a la basura y conseguir una nueva? Y en el medio, todo comerciante que alguna vez ganó su sustento al vender camisetas o quién vivía de confeccionarlas se encuentra a sí mismo desempleado y sin capacidad de generar un ingreso para la propia familia, lo cual se traduce en que ya no tiene poder económico para comprar nada.

Excepto camisetas. Porque ahora son gratuitas.

Pero antes de que juzguemos la pobre lógica de Jason  y creamos que inundar mercados de camisetas gratis es el pecado de un rebelde ignorante, tengamos en cuenta que esa misma lógica fue repetida por World Vision, que aceptó 100.000 camisetas de la NFL para llevarlas a una pobre aldea descamisada en algún lugar de África.

 

2. TOMS: Compra Un par, Dona Un par

Sin olvidarnos de todas las críticas descriptas anteriormente, la marca de calzados TOMS (un tipo de calzado que en Argentina se conoce como “alpargata”) ha construido su marca sobre la premisa que comprar un par de TOMS automáticamente equivale a proveerle un par similar a un niño desfavorecido en algún país en vías de desarrollo. Tres meses después de que Jason abandonara su idea de mandar un millón de camisetas a África, TOMS celebraba haber enviado un millón de pares de alpargatas a los menos favorecidos. Y aún sigue con el mismo esquema.

Aunque probablemente haya más personas en el mundo que necesitan calzado a las que necesitan una camiseta (aunque esto es discutible), TOMS puede ser (y ha sido) ampliamente criticado por los mismos tipos de consecuencias no deseadas: inundar mercados de zapatos que de otra manera serían hechos localmente, empleando a lugareños.

Si bien donar un par de zapatos ayuda a los descalzos, no remedia la pobreza.

Es más, la campaña de TOMS –al igual que la del millón de camisetas- deja de lado un punto fundamental: que no tener un par de zapatos (o una camiseta, o un juguete de Navidad, etc.) no consiste en un problema en sí mismo. El problema es la pobreza. No tener calzado es un síntoma de un problema mucho más grande y complejo. Como dijimos, donar un par de zapatos ayuda a los descalzos, no remedia la pobreza.

La creación de empleos ayuda a erradicar la pobreza. Empleos como ser zapatero, por ejemplo. Pero no, TOMS no hace sus zapatos en África, los hace en China donde probablemente es más barato hacer dos pares de zapatos y regalar uno que lo que costaría producir un único par en una comunidad con necesidades básicas insatisfechas.

El resultado de este tipo de campañas, tal como lo explica Zizek sucintamente, es que en un plano macro TOMS (y otras empresas del tipo compra-mi-producto-y-realiza-una-donación) está ocupada construyendo la estructura global de explotación productora de inequidad, mientras que al mismo tiempo pretende que sus clientes, al comprar, hacen algo para remediar dicha inequidad.

No lo hacen. Sólo le dan zapatos a algunas personas.

 

3. El Sr. Predicador de Ametralladoras

Las críticas a TOMS, a Jason y a otros proveedores de SWEDOW tienden a ser preocupaciones económicas-intelectuales. Los problemas de alguien como Sam Childers, el predicador de ametralladoras, son mucho más concretos.

Es peligroso y demencial.

Después de una adolescencia problemática en los Estados Unidos y de un par de años tras las rejas, Childres se embarcó hacia Sudán como misionero con el objetivo de ayudar a reconstruir casas destruidas en la guerra. Allí Dios mismo lo guío a construir un orfanato para niños lugareños y, eventualmente, a tomar las armas en contra del Ejército de la Resistencia del lord local, que estaba aterrorizando a la región. Con una AK-47 y la Biblia en mano, Sam pasó los siguientes años extendiendo la ira del Señor y rescatando a niños secuestrados.

Imagínate a Rambo con la barba de un motoquero cazando rebeldes en la sabana y con eso te das una idea de cómo era.

No importa cuánto te preocupe ayudar a las mujeres / niños / aldeas/ gorilas en una zona de guerra, tratar de solucionar lo que de hecho es un problema de inseguridad armada a partir del establecimiento de otra milicia armada nunca es una buena idea. No importa cuán entretenida haya sido la película de acción con la misma premisa… esa solución de “seguridad” es el equivalente a echarle gasolina a un incendio forestal. La Paz –y la posibilidad de pensar en el largo plazo para todos aquellos afectados por la violencia en Sudán del Sur- sólo puede ser garantizada a partir de acuerdos diplomáticos entre los líderes de los miles de hombres armados. Jugar a Rambo en la selva no sería tolerado en los Estados Unidos, y tampoco debería ser tolerado en África.

Childers no es el primer loco que quiere solucionar una situación violenta con más armas. Hussein Mohammed Farah Aidid es un ex Marine y el hijo del General Mohammed Farah Aidid (famoso gracias a la película La caída del halcón negro), quien regresó a Somalia en el año 1996 para dirigir al clan Habr Gedir durante la guerra civil en ese país. Eso tampoco tuvo un final feliz.

 

4. La extorsión del rapero 50 cent

Recientemente, 50 Cent visitó Dolow, en Somalia, a pedido del Programa Mundial de Alimentos. Se suponía que la intención de su viaje era la de crear conciencia sobre distintos temas que afectan al lugar, de la misma manera que Angelina Jolie y George Clooney lo hicieron en su momento por Sudán, y Oprah por Sudáfrica. Hay de hecho varios ejemplos de celebridades que se han conectado con causas en África. Hasta existe un mapa de quién hizo qué en qué región.

Si el viaje sólo se hubiera limitado a que 50 Cent hiciera un tour de las áreas más afectadas, de manera que la prensa –perezosa- lo siguiera, entonces habría sido útil en el mejor de los casos, o por lo menos benigno. Pero hay más.

El trato era así: si hacías clic en “Me Gusta” en la página de Facebook de su marca de bebidas energizantes, él prometía donar una vianda para un niño necesitado. Si la página sobrepasaba el millón de “Me Gusta” antes de una cierta fecha, él se comprometía a donar un millón de viandas extra.

Analicemos eso por un minuto.
Si le das Me Gusta al Facebook de 50 Cent, sin siquiera comprar la bebida, un niño es alimentado en Somalia… en teoría.
Podemos inferir que en algún lugar hay una suerte de olla gigante (de dólares) destinada a la alimentación de niños necesitados. Una olla capaz de producir dos millones de viandas, si tienes en cuenta el millón extra prometido.
Esas viandas, que podrían ser donadas, y que seguramente han sido presupuestadas, no serán entregadas a nadie a menos que le des tu like a esa página de Facebook.

Eso, señoras y señores, se llama extorsión. Fotografiada de manera dramática, maquillada como activismo humanitario, pero extorsión al fin. “Puedo darle x viandas a niños hambrientos, pero no lo haré a menos que me des algo a cambio”.

La ventaja de que las celebridades se involucren con proyectos solidarios en el extranjero es que por lo menos sirve para que la atención –aunque breve- de los fans y de la máquina mediática se centre en entender un poco más lo que está sucediendo en otras partes del mundo. De eso puede nacer el tipo de empatía y activismo que vuelve posible a una campaña como Save Darfur.

Sin embargo, la contribución de las celebridades depende de que sean capaces de transformar la atención centrada en su propia persona en atención hacia el problema en cuestión. Cuando una causa humanitaria se convierte en una plataforma para promocionar una bebida energizante, sin importar el sufrimiento de las personas, entonces debería darnos vergüenza.

 

5. Las restricciones en la letra chica de los donantes

No se trata tanto de una organización o de un evento específico. Este punto es un tipo de restricción en las políticas que NO es de público conocimiento como debería. Cuando muchos gobiernos donan dinero a países que han sido destruidos por desastres socio-naturales o que requieren asistencia a largo plazo, suele suceder que dicha donación viene con una condición en letra pequeña:

Una porción significativa del dinero en efectivo provisto para asistencia humanitaria deberá ser gastado en bienes y servicios comprados a proveedores del país donante.

No se trata únicamente de un problema de ineficiencia: este tipo de políticas restrictivas pueden llevar a resultados francamente ridículos. En el caso de las inundaciones ocurridas en Mozambique en el año 2000, conocí a un médico voluntario que me contó que las únicas motocicletas de origen norteamericano disponibles que pudieron conseguir eran Harley Davidsons. Así que tres de ellos andan por ahí, yendo de una estación médica a otra, como si fueran pandilleros del Hell’s Angels Motorcycle Club. Fascinante para la vista, pero un derroche absoluto.

Mucho más problemáticas son las dinámicas económicas generadas por esta acción de “te dono pero me compras a mí”. Cuando el dinero de los donantes está ligado al gasto en productos y servicios del país donante, poco de lo que se gasta en realidad termina beneficiando al país receptor. Casi ningún lugareños es empleado y pocas organizaciones locales encuentran nuevas oportunidades para vender sus productos y prestar sus servicios con el fin de ayudar a los damnificados.

Esto tiene una consecuencia doble. En primer lugar, lo que podría haber sido un gran impulso financiero, que llegaba de la mano de la ayuda humanitaria a la actividad local, queda neutralizado y se desvía. En segundo lugar, al no aprovechar los precios competitivos de los productos regionales, el dinero se gasta en la compra de productos importados comparativamente más caros. Harley Davidsons en lugar de sencillas motocicletas todo terreno que cuestan diez veces menos.

 

6. Viandas del mismo color que las bombas de racimo

Probablemente esta sea la idea más retorcida y devastadora en la historia de la ayuda humanitaria: hacer que las viandas con raciones de comida tengan el mismo amarillo canario que las bombas de racimo.

Lo que está a la izquierda es delicioso. Lo de la derecha, te matará. Ahora trata de distinguir la diferencia si no sabes leer en inglés y vives en el medio de una estepa.

Cada bomba BLU-07 tiene el tamaño de una lata de gaseosa y es capaz de matar a todo lo que esté en un radio de 50 metros, y de herir gravemente a quienes se encuentren a 100 metros del lugar de la detonación. Una Ración Diaria Humanitaria es un paquete que contiene una comida equivalente a 2000 calorías.

Era inevitable que algunos afganos confundieran los paquetes amarillos tirados en los campos. En particular los niños, que no sabían qué daño causaban las BLU-97 ni tampoco entendían lo escrito en inglés, eran los más proclives a investigar qué eran esos contenedores amarillos tirados en los campos, con consecuencias devastadoras que un general de las Fuerzas Áreas meramente describió como “desafortunadas”.

 

7. El uso de USAID como herramienta de política exterior

En una reunión en el consejo de seguridad ocurrida en 1990, cuando la Guerra del Golfo estaba por comenzar, el embajador yemenita Abdullah Saleh al-Ashtal votó en contra de que se usaran fuerzas militares contra Iraq. Entonces, el embajador estadounidense Thomas Pickering se levantó y caminó hacia donde estaba el Embajador yemenita y le respondió: “ese voto negativo ha sido el más costoso de su carrera”. Inmediatamente, USAID (la agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) dejó de mandar fondos y de sostener sus acciones en Yemén.

USAID, a pesar de su benigna apariencia como una organización bienintencionada de la comunidad internacional, está profundamente atada a los caprichos de la política exterior de los Estados Unidos. A diferencia de otras organizaciones que son muy cuidadosas de mantenerse neutrales, como Médicos Sin Fronteras, las posibilidades de USAID de entregar asistencia y comida están sujetas a la agenda política de grupos como el Congreso y las Fuerzas Armadas estadounidenses.

En el caso del ejército, éste ha cooperado en reiteradas oportunidades con USAID en Afganistán  participando en la entrega de ayuda humanitaria, de manera que miembros del ejército se involucraron en acciones para manipular “hearts and minds” y ganar voluntades de la población civil local.  El efecto desafortunado que tuvo esta relación de cooperación estratégica fue que ahora las acciones de USAID son vistas por fuerzas enemigas como “cómplices” y por lo tanto se han vuelto objetivos legítimos a ser eliminados. Y aún más desafortunado es el hecho de que los grupos armados crean que otros grupos humanitarios con agendas mucho más benevolentes son también un engaño político, por lo que los secuestran y atacan.

Hay veces que las malas campañas de ayuda humanitaria en el extranjero se deben a que alguien se preocupa mucho, pero sabe muy poco. Otras veces, hay gente a cargo que debería haber sabido mejor lo que hacía, pero que no consideró inteligentemente las consecuencias de sus decisiones. Y a veces, se trata de políticos y hombres de negocios sin escrúpulos que simplemente manipulan el sufrimiento de otras personas para sus propios fines. Cuando los intentos son benignos o frustrados, uno puede recordarlos y hasta reírse de ellos. Pero cuando una mala idea de hecho se lleva a cabo, los resultados pueden ser diabólicos.