Foto: pio3/Shutterstock

9 cosas que he aprendido con cada viaje que me lleva lejos de Colombia

Colombia
by Monica Corredor Sanchez 21 Jun 2017

Los extranjeros valoran mucho a Colombia y les causamos un inesperado efecto “wow”.

No deja de ponerme la piel de gallina escuchar a los extranjeros hablar de nuestros paisajes colombianos hermosos, de la impresionante diversidad cultural y gastronómica, de las lindas mujeres y de esa ‘vibra’ especial.
Lo mejor… es el inesperado ‘Efecto Wow’ que he escuchado en mis viajes a lugares lejos de Latinoamérica.
¿De dónde eres?, preguntan.
Colombiana.
¿En serio? ¡wow!, responden con cara de asombro, y nos sentimos como una especie exótica o en vías de extinción, al mismo tiempo que muy orgullosos.
Aún recuerdo esa misma pregunta en un restaurante en Nueva Zelanda. Un mesero con acento británico demostró tanto entusiasmo al escuchar que éramos de Colombia que por un momento pensé que nos iba a abrazar de emoción. Su expresión en el rostro cambió, al igual que el idioma en que nos hablaba. En su español con acento, mientras nos atendía, nos contó todo sobre los tres maravillosos meses que vivió en Antioquía.

Nuestras noticias llegan más lejos de lo que imaginamos.

Cuando creo que estoy en un lugar tan alejado que escasamente sabrán que existe un país llamado Colombia, terminan sorprendiéndome gratamente al demostrarme lo lejos que pueden llegar nuestras noticias y nuestras manifestaciones culturales. A más de 14 mil kilómetros de Colombia, mientras caminaba las amplias y curvas playas de Byron Bay en Australia, conocí a un hombre de Tasmania. Este ‘hippie’ tan particular me impresionó hablándome del proceso de paz en Colombia. Conocía detalles que ni yo misma había leído. Yo sólo lo escuchaba, mientras las ballenas saltaban en el fondo, acompañando sus palabras con un bello espectáculo. Después de un rato desapareció, así como suelen desaparecer esas almas viajeras que nos encontramos por el camino.
Claro que no todos son tan entendidos en las profundidades del ser colombiano. Caminando por el “Old Market” en Egipto, lo que nos gritaban en cada esquina era… “Shakira”.

Colombia hoy hace parte del checklist de lugares por visitar de muchos.

No es casualidad que siempre encuentre mochileros pidiéndome consejos sobre los mejores lugares para conocer u hospedarse, así como sobre comidas típicas, tradiciones culturales, fiestas y ferias nacionales de mi país. Su plan de viaje por Latinoamérica generalmente incluye una parada en Colombia. ¿Y por qué no? Actualmente es percibido como un lugar más seguro, innovador, cálido, alegre, con una gran hospitalidad y con paisajes y pueblos hermosos que bien vale visitar. Un cambio muy positivo para un país con una historia difícil que empieza a ver los frutos de lo bueno que tiene.

Colombia es sinónimo de hospitalidad.

Colombia se destaca por la alegría y la hospitalidad de sus habitantes: una y otra vez escucho con satisfacción cuando los extranjeros dicen que es un país de gente muy amable, con una gran calidad humana. No importa si es un compañero de tour, un turista desprevenido que conozco explorando las ciudades, un compañero de hostal, un amigo de los que he dejado en muchos lugares del mundo o un visitante que me encuentro en mi propia ciudad.
“De los países que visitamos, fue donde nos sentimos más acogidos”, fueron las palabras de un grupo de australianos en un hostal en Italia. Frases como esta, que vienen de muchas nacionalidades, pero que tienen una cosa en común: hacerme valorar algo que antes quizás daba por descontado.

Somos los fiesteros y bailarines del paseo.

Una y otra vez lo he comprobado, en especial viviendo lejos. Los colombianos llevamos la rumba en la sangre. Tenemos la capacidad de armar fiesta a partir de cualquier reunión de amigos, que pasada con aguardiente termina en baile hasta el amanecer. Sí, ese mismo guaro que no tomo nunca en Colombia, estando lejos… todo se vale. No se puede desperdiciar el trago que lo trajo el último colombiano que vino de visita con la maleta cargada de arequipe, café, chocoramos, harina para hacer arepas y otros “regalitos” que mandó la familia. Además, tenemos esa gran cualidad de “seguirla” en cualquier casa, si es que cerraron el bar y no fue suficiente parranda para nosotros. Para qué decirnos mentiras, nos encanta ser los últimos en irnos a dormir porque si de fiestas se trata, siempre habrá un colombiano sacando la cara por el país.

Junto con algo de dinero y pasaporte, lo que un colombiano si o si necesita para viajar es… la icónica camiseta amarilla de la selección.

Es que a los colombianos se nos despierta el patriotismo estando lejos del país. La camiseta de Colombia nos acompaña en diferentes escenarios, desde partidos de fútbol hasta festivales. En muchas ocasiones, la he lucido con orgullo mientras grito gol con mi combo de amigos colombianos, que usualmente son una mezcla entre amigos y coterráneos que acabo de conocer en el lugar. Esa misma camiseta es la que me acompañó a los festivales latinos y conciertos en ciudades como Londres, o a la conmemoración del día de la independencia, que por cierto, estando en Colombia, rara vez celebro. También es la misma prenda que vistió a toda mi familia mientras nos veían con asombro al caminar por las calles de Buenos Aires buscando un lugar dónde ver el partido (que a propósito, ¡nunca encontramos!). Es un hecho que fuera se nos despierta el amor por nuestra tierra, y comprendemos la profundidad de nuestras raíces.

Siempre conoces a alguien que se sale de todo estereotipo.

Hay latinos serios y que no saben bailar, y también alemanes cariñosos y bailarines, o incluso ingleses impuntuales. La lección más grande es tener siempre la mente abierta y ser receptivos a esas maravillosas sorpresas que nos regala explorar nuevos parajes y tradiciones. Viajar a otros lugares nos demuestra que las imágenes mentales que nos hacemos de otros, o incluso de nosotros mismos, no son una regla de oro.

Somos más valientes y auténticos estando lejos, sin tanta preocupación por el qué dirán.

Viajar lejos de nuestro país saca al más valiente ‘yo’ que tenemos dentro. Nos replanteamos miedos y viejos paradigmas, sorteando la situación sin dificultad, aunque antes no creíamos poder hacerlo. Y también, viajando estamos más presentes, pensando menos en un absurdo ‘qué dirán’, y conectando nuevamente con ese niño interior que ama explorar y disfruta la novedad sin miedo. Tomamos decisiones más auténticas, que salen del corazón, y que se alejan del miedo cultural de ser juzgados por nuestro conocido círculo social.

Los colombianos estamos en todas partes.

El colombiano posee la cualidad de la omnipresencia. No importa el lugar del mundo a donde vaya, siempre hay un colombiano por ahí. En algún punto del viaje, termino escuchando expresiones inconfundibles: “Quibo, ¿qué más?”, “Todo bien parcero”, “hágale pues”, “qué berraquera” , “es un berraco”, “Está muy bacano”. Si estoy en un almacén, probablemente alguien me diga “a la orden”, o seguro me encuentro a algún “bacán” por ahí. No falta tampoco el personaje quejándose del tremendo “guayabo” que tiene por haberse pasado de copas o gritando “¡¡pilas!!” para que alguien tenga cuidado. Son pequeñas frases que me ayudan cuando estoy con un poco de melancolía, la verdad.

Crédito imagen de portada: Joe Gardner.

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