Crédito: Laura Lazzarino

A veces, para buscar las influencias más fuertes no hace falta ir muy lejos. Este artículo va dedicado a mi abuela Imperio, que por estos días tiene que hacer lo que más le cuesta en la vida: reposo. Ella, quizá sin darse cuenta, influyó mucho en mi vida viajera.

Lo que siguen son lecciones que a mí me han servido para visitar 50 países (y contando), y que comparto en este escrito no sólo por sentimentalismo, sino porque creo que son clave para tener la mejor actitud viajera.

 

A decir que “sí”.

Cuando yo era chica, nuestras vacaciones en familia no eran precisamente lo que uno relacionaría con “comodidad”. Las salidas implicaban viajes fastidiosos, de muchas horas de ruta, todos amontonados en el auto, siempre con las ventanillas bajas para apalear el calor. A pesar de eso, mi abuela nos acompañaba. No le importaba mucho si el viaje era al mar o a la montaña, si íbamos por una semana o por apenas un par de días. Ella decía siempre que sí, con una actitud positiva que no cambiaba frente a ningún problema que pudiera presentarnos el camino.

 

A agradecer con los brazos abiertos (o haciendo el Cristo Redentor, como le decíamos nosotros).

Cuando llegábamos a destino, cualquiera fuera la hora, mi abuela se bajaba del auto, daba un respiro grande con los brazos extendidos, y agradecía a Dios en voz alta. Las fotos que tenemos de ella en viaje son siempre así, con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Mi papá siempre le decía que parecía un Cristo Redentor y mi abuela se reía y lo peleaba, que no me importa, que estoy feliz, que dejame que estoy disfrutando. Y será que lo que se hereda no se aprende, que hubo un momento de la vida en que yo también empecé a pedir fotos así, extendida, ensanchada, libre.

 

A comer con los ojos.

Cuando me fui de viaje por primera vez, mi abuela Imperio me agarró la cara con las dos manos y con seriedad de misión nuclear, me ordenó: «Laura, comé con los ojos». Esa fue su manera de decirme que aprovechara cada instante, que disfrutara de todo lo que el viaje ponía a disposición. Cada vez que lo que tengo en frente me emociona ─no importa si es un elefante en medio de Tanzania, un atardecer violáceo sobre el Lago Atitlán o una ronda de niños curiosos en la selva ecuatoriana─ , me acuerdo de las palabras de ella.

Abuela: qué suerte que el mundo no me engorda, porque tu consejo me acompaña a todas partes.

 

A hablar con extraños (y disfrutar de esas conversaciones).

Mi abuela fue siempre a contramano, y mientras el consejo por norma era “no hables con gente que no conoces”, ella deseducaba con el ejemplo. Ahí donde íbamos, entablaba charla con quien fuera: la señora que vendía empanadas en su puestito simple, la familia que ponía sombrilla junto a nosotros en la playa, el que vendía souvenirs. Si nos perdíamos, mi abuela bajaba la ventanilla y, sin vergüenza ni timidez, conseguía que alguien nos reorientara en nuestro camino. Si nos sorprendía alguna cosa que veíamos, allá iba a ella a conversar con quien fuere, a matar su curiosidad, a aprender.

 

A ser flexible (y mantener una actitud positiva).

Si era en carpa, en carpa. Si era en hotel, igual. Lo importante era el viaje, y mi abuela era la reina en resolver imprevistos y seguir hacia adelante. Cuando un verano, recién llegados a Camboriú, sin reservas y en pleno carnaval, no nos quedó otra que dormir en unas camas ortopédicas en un consultorio prestado, mi abuela largó la risa, y sin mosquearse dijo: “¡Qué bien, un poco de aventura! ¿Vamos a la playa mañana?”.

Laura y su abuela Imperio, de viaje. Crédito: Familia Lazzarino

 

A volver con recetas y costumbres nuevas más que con adornitos.

Ni imanes, ni artesanías, ni adornos para la casa. Lo que mi abuela siempre traía consigo eran recetas para incorporar a su repertorio. Y si podía conseguir especias nuevas, mejor. Hoy, que la que viaja soy yo, le hago honores recorriendo mercados y llevando a casa todo lo que puedo, para sorprenderla cuando inevitablemente me pregunte: “¿Y Lauri, no aprendiste ninguna receta?”.

 

A conectar con los pies, digo…con el lugar.

Si mi abuela hubiera nacido en tiempos de selfies, seguramente sería de esas que se pasan el viaje fotografiándose los pies a cada paso. Pero como llegó temprano a la tendencia, a mi abuela se le dio por otra manía: ahí donde íbamos, hicieran 27°C o -2°C, ella tenía que meter los pies en el agua. Mar, río, cascada o arroyito semi-seco, le daba lo mismo. “Necesito meter los pies para sentir que estoy en el lugar”. Si eso no es conectar con el viaje…

 

A creer en mí.

No importaba si le decíamos que subir ese cerro era una locura, que caminar la playa de punta a punta iba a llevarle todo el día o que la corriente era muy fuerte para que ella pudiera nadar. Si mi abuela creía que podía, podía. Y lo hacía.

Supongo que por eso fue ella la única que no se espantó cuando le dije que me iba a viajar por tiempo indefinido. Simplemente me miró a los ojos, y con la misma seriedad de la primera vez, me preguntó: “Laura ¿estás segura de que esto es lo que querés?”. Cuando le dije que sí, me pintó un beso rojo en la mejilla y me dio un abrazo fuerte. “Entonces, hija, está perfecto”. Por eso, gracias. Creo que no me equivoco en decir: detrás de toda viajera, hay una gran abuela.