Imagen: Barnacles Budget Accommodation

Desmitificas el viajar.

Las noches previas al comienzo del viaje, pasas un buen rato antes de dormir diciéndote a ti mismo que cualquier lugar lejano será mejor que seguir ahí, en la ciudad constante, de nombre Sosa y apellido Insulsa. Con una sonrisa de oreja a oreja, imaginas cómo será trabajar en un hostel de viajeros.

Pasas horas leyendo libros de viajes, viendo vídeos en Internet acerca de viajeros recorriendo el mundo y planeando la “aventura de tu vida”. Casi babeaste delante del ordenador cuando hiciste las reservas de aéreo, sintiéndote completamente Marco Polo 2.0.

Cincuenta días más tarde, y tras escuchar centenares de conversaciones de vagabundos internacionales, sabes perfectamente que viajar no es para tanto.

 

Te vuelves un conversador profesional.

Llegan tantos viajeros solitarios al hostel, desesperados por hacer amigos y salir a dar un paseo por la nueva ciudad. Con un “¿qué tal? ¿de dónde eres? ¡ah, sí, me encanta ese lugar!” (una mentira muy gorda), será más que suficiente para que te cuenten toda su vida. Te hablarán emocionados acerca del itinerario tan “asombroso” que han seguido hasta llegar a ese hostel tan “fantástico” donde tú trabajas.

Haces un par de preguntas de esas que tienes preparadas y ellos se conmueven con tu interés. Aunque te sientes un poco malvado, posteriormente el hostel obtendrá buenas reviews, que significan más viajeros, que a su vez significan más dinero y alegría para tu jefe.

Los viajeros te adorarán. Tu jefe te adorará también. Todo es terriblemente maravilloso, ¿verdad?

 

Llegas a la conclusión de que “cuanto más buenas estén, más sucia dejarán la habitación”.

Las cinco chicas inglesas despampanantes de cabellos rubios, cuerpos delicados y acentos refinados que llegan al hostel para un par de noches dejarán la habitación hecha una pocilga. Totalmente asegurado.

Parece increíble, pero nunca subestimes el poder infectante de una rubia con acento de reina y curvas atractivas. Baila con ellas en el club si tienes la noche libre, pero procura estar realmente ocupado haciendo alguna otra cosa en el hostel cuando toque hacer el check-out y la limpieza de su habitación.

O pasarás más miedo que viendo esa película de terror que tanto odiabas de pequeño.

 

Rompes con el mandamiento de “no robarás”.

Llegaste al hostel donde vivirías y trabajarías durante una temporada, y fuiste especialmente considerado con las pertenencias ajenas. Tras unos días, empezaste a notar que tu paquete de 2 kilos de macarrones multicolores tornillos se iba reduciendo como arte de magia. También descubriste que el gel de ducha solo duró unos 48 horas. Entonces, decides que, desde ese momento, serás tu el nuevo ladronzuelo inocente. “Ahora vais a ver”.

Y esa fue toda la historia de tu inocencia viajera. Luego viviste el resto de tus días en el hostel duchándote con todo tipo de geles de ducha, y cocinando macarrones y espaguetis provenientes de todos los supermercados de la zona.

 

Te asqueas de las conversaciones de porno viajero.

Los primeros días en el hostel te asombrabas fácilmente cuando conocías a alguien del oeste australiano o de las frías tierras nórdicas. Todo sonaba tan exótico, tan paradisíaco… Hasta que tras escuchar el mismo tipo de conversación de porno viajero una y otra vez, acabaste totalmente asqueado de mochileros y aventureros sin rumbo.

Y terminaste incluso jurando por todos los santos que si volvías a escuchar a un ricachón europeo del norte hablando de lo barato que era todo delante de tus nuevos amigos balcánicos le darías el puñetazo de su vida. Y también de la tuya, porque todo ricachón europeo del norte te sacaría al menos una cabeza de altura.

 

Te relajas y sonríes siempre que puedes.

En tus primeros turnos trabajando durante la noche, eras demasiado serio y estricto. Aún recuerdas tu primer día cuando a las tres de la mañana unos alemanes llegaron borrachos de absenta y se sentaron como Pedro por su casa entre eructos y risas descontroladas. Entonces te levantaste de tu silla de oficina, fuiste hacia ellos, les miraste con tus ojos encogidos con aspecto de no haber dormido en cinco siglos y les dijiste con voz insegura “schhhhhh”. No dejaron de reír hasta el día siguiente.

“Malditos alemanes,” pensaste tú durante el resto de la noche. Pero te enseñaron una valiosa lección.

Así que en tu último turno de noche, cuando llega el grupo de californianos cuarentones con aspecto tipo The White Buffalo, tu reacción es distinta. Se ponen a fumar hierba en el balcón y a beber cervezas Corona, y tu caminas directo hacia ellos, alargas el brazo y sonríes.

“Una para mí,” dices.

Con acento gringo y campechano, responden: “¡Claro que sí, amigo!”.