1. Gula

Bueno, bueno, tampoco hay que exagerar. Vale que nuestro verano gira en torno a las fiestas gastronómicas, que los domingos en la aldea o las comidas familiares son sinónimo de empacho y que la gente de fuera que viene a una boda en Galicia al ver el menú cree que todos esos platos son distintas opciones entre las que se puede elegir (ay, coitadiños). Pero ¿de verdad hay que hablar de gula? ¡Si fuésemos tan comilones nunca sobraría comida! Y tan seguro como el empacho es que siempre, siempre sobra. No cocinar para el doble de los comensales esperados es arriesgarse a que alguien se quede con hambre y eso sí que sería un pecado capital.

2. Pereza

Suele seguir al ejercicio de la gula, acompañado de un movimiento hacia atrás en la silla, la liberación de nuestro exhausto pero feliz estómago abriendo un botón del pantalón y un eructo disfrazado de suspiro largo. Nos ataca también cuando hace buen tiempo y nos tiramos en la playa, los días de lluvia y las tardes de verano que duran hasta las 11 de la noche con luz y lo único que queremos es estar en una terracita tomando unas cañas y respirando hondo.

3. Lujuria

El cancionero popular gallego hace que no podamos negar esto. Vecinas que murmuran que te vieron con el cura en las viñas, metáforas poco sutiles con palos de paraguas que se mojan, poliamor sin complejos de marineros a ambos lados de la ría de Arousa, noches en el molino y, por supuesto, nuestra vieja preferida a la que no juzgamos porque hizo bien y la única que manda en su cuerpo es ella.

4. Ira

Lo que sentimos hacia los pirómanos que queman nuestros montes, lo que esconde nuestra sonrisa congelada cuando alguien hace una burda imitación del acento gallego, lo que provocan los vecinos que tienen su finca a monte y cuyas silvas empiezan a pasar a nuestro terreno, lo que hay detrás de toda reyerta iniciada por un marco desplazado misteriosamente. Cierto, nuestra ira se cocina a fuego lento y en silencio, pero está ahí y estalla cuando pasan cosas como que se hable de hilillos de plastilina cuando las playas están negras.

5. Envidia

Nos corroe, principalmente, cuando estamos fuera y nos envían fotos de:
a) comida y/o bebida que no podemos encontrar en otro sitio
b) tiempo galiforniano cuando estamos en un sitio en el que hace mal tiempo
c) playas gallegas mientras nos torramos en lugares tipo Madrid
d) paisajes verdes mientras atravesamos llanuras à la Castilla

También nos encanta provocarla enviando esas fotos a los amigos que están fuera por elección, esos que han decidido irse a las playas levantinas y están bajo un chaparrón o los que viven en Madrid y hablan ya en tiempos compuestos y dicen que no aguantarían volver a vivir en Galicia (a estos se les puede comentar también cuánto pagamos por comer fuera o de alquiler).

6. Avaricia

Foto: Ana Bulnes

¿Deberíamos repartir? ¿Deberíamos escoger entre playa o montaña y dar algo a regiones más necesitadas? ¿Sería necesario que nuestras ciudades dejaran de tener el tamaño perfecto, los precios perfectos y el nivel adecuado de coolidade? ¿Tendríamos que tener menos pueblos bonitos? ¿Deberíamos regalar alguno de nuestros tres aeropuertos (cuatro, si contamos a Oporto)? ¿Está mal que nos quedemos para nosotros la comida más rica, los paisajes más bonitos, seamos destino internacional de peregrinación y encima tengamos una esperanza de vida por encima de la media? ¿Que no regalemos lluvia y agua al resto? Lo mejor de todo esto es que lo hacemos de forma disimulada y los que tienen fama de avaros son otros.

7. Soberbia

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Claro que no, claro que no. Los gallegos somos gente humilde y sencilla. ¿Que pensamos que Galicia es el lugar más bonito del mundo? No es culpa nuestra que lo sea.