1. La queimada

Si vas a beber, tómatelo en serio. O, por lo menos, que parezca que tu objetivo es otro que la simple borrachera. Rodéalo todo de un ritual especial para que nadie se fije en que al final estás bebiendo aguardiente un poco a saco (sí, sí, algo especiada y tras el flambeado, pero aguardiente sola al fin y al cabo). Qué sé yo, sácate de la manga un conjuro que puedas recitar con solemnidad mientras revuelves la marmita sobre el fuego cual meiga en pleno aquelarre. Aunque también es cierto que tampoco tenemos mucho problema en beber aguardiente sin ninguno de estos extras, todo sea dicho.

2. Los percebes

Foto: Fotero

Vale, vale, puede que los percebes en sí no sean un invento gallego, sino de la madre naturaleza. Pero, como ocurre en varios puntos de la lista, nuestra gran innovación es decidir sin prejuicios que esas extrañas pezuñas marinas eran comestibles. Cogerlos de las rocas ya es lo bastante difícil, así que para cocinarlos no nos complicamos demasiado la vida: un poco de agua salada, una hojita de laurel y listo.

3. La lamprea

Foto: franja

Pertenece a la misma categoría que los percebes: cosas que alguien decidió probar porque ¿por qué no? ¿Íbamos a dejar de llevarnos algo a la boca solo porque parezca un bicho digno del Upside Down de Stranger Things [inciso reflexivo: ¿estarán ricos los demogorgon (¿demogórgones?)]? Claro que no. Y dicen los fans de la lamprea (yo soy una pequeña repunante que no es capaz de mirar más allá de las apariencias) que es una delicatessen. Nada como comerse al monstruo para que desaparezca de tus pesadillas.

4. Las filloas de sangre

Una publicación compartida de Arianne (@ariannecristiel) el

Aquí en Galicia las historias de vampiros no impresionan mucho, como comprenderéis. En algún momento alguien decidió que las filloas estarían más sabrosas si a la mezcla se le añadía una tacita de sangre y la idea cuajó (¿o debería decir que coaguló?). Pero es sangre de cerdo, maldita sea, no pongas esa cara de horror. Y que sepas que si en algún momento de pequeño te presentaron algo como una filloa de chocolate que devoraste salivando, es posible que se tratase en realidad de una filloa de sangre. Es ahí cuando te crecieron los colmillos, ¿recuerdas?

5. Los furanchos

¿Sabes el clásico momento entre amigos en el que se concluye que «deberíamos montar un bar»? Se queda siempre en nada. A menos que estés en Galicia, claro. Y no necesitas ni local ni amigos que se hagan socios ni perder el tiempo en menudencias como conseguir una licencia. ¿Tienes un bajo-bodega en tu casa? ¿Te ha sobrado viño da casa tras la última vendimia? ¡Monta un furancho! (Para serial entrepreneurs que acaben de ver la luz: ahora sí necesitas conseguir un permiso y hay una serie de requisitos que los furanchos deben cumplir. No montes uno sin más y me señales como culpable cuando te multen).

6. Las orejas

Las de Carnaval son más invento, sí, pero las de cerdo van más con esa filosofía propia de no desaprovechar nada y no juzgar por las apariencias. Tener un plato del que podemos decir que fue escupido por una reportera de Lonely Planet (y es gente que ha probado cosas muy raras y poco atractivas por todo el mundo) nos llena siempre de un orgullo algo extraño.

7. Las cuncas

Beber el vino en copas será una costumbre muy extendida, pero todos sabemos que es poco práctica (especialmente a partir de la cuarta copa o así). ¿A qué viene tanta delicadeza? Mucho más seguro beber el vino en una cunca de barro, más resistente y además multifuncional: sirve también para el caldo, la sopa y lo que te apetezca.

8. Los cachelos

Una publicación compartida de merce (@awuelayaya) el

Como siempre, con la sencillez por bandera, los gallegos hemos hecho de algo a priori tan poco atractivo o tan aburrido como la patata cocida arte. Hay varios factores clave que no se pueden olvidar: en primer lugar, la materia prima, la patata, tiene que ser buena (de Ourense, por ejemplo); el segundo truco es el corte, un poco con cuchillo y un poco roto (escachado). Cuece con sal y laurel, añade pimentón y aceite (si quieres) y ya tienes el acompañamiento estrella de todo plato típico.

9. El (yogur de) licor café

Parece ser que técnicamente el licor café es un invento jamaicano, pero ya sabemos cómo va esto. Se inventaría en Jamaica, pero seguro que quien dio con la fórmula fue un emigrante gallego que quería darle un toque extra a su bar en la isla. Luego retornó a Ourense y el resto es historia y muchas resacas. Desde hace no mucho tenemos también yogur de licor café, algo que necesitábamos en la vida.