O la historia de cómo viajando conocí a un perro y después volví a casa y conocí a otro perro que se convirtió en mi hermano y me cambió la vida.


Querido Wallace:

Antes de conocerte en la protectora de animales de El Ferral, mi vida no era más que una caja de miserias. Y puede que tú seas el perro que me cambió, Wallace, pero no fuiste el primero al que conocí. La verdad es que hubo otro perro antes que tú que me hizo perder el miedo a los de tu especie.

Estaba en Irlanda aprendiendo inglés y buscando un futuro halagüeño como ingeniero recién titulado. Sin embargo, lo más importante que Galway me dio fuiste tú, Wallace, aunque nunca hayas estado en las verdes tierras irlandesas llenas de duendecillos y bebedores de cerveza negra.

Esa tarde de octubre de 2012 el cielo de Galway estaba gris oscuro y repleto de nubes. Sudando y dando zancadas hacia ninguna parte en la sala de fitness, soñaba despierto sobre lo maravilloso que sería ir a vivir una temporada a Perth, en el salvaje oeste australiano. Corrí 10 kilómetros y me recompensé con un paquete de Oreos y un zumo de naranja, una rutina que llevaba cuando pensaba que la ciudad ya no tenía muchas más sorpresas que darme.

Camino a casa, un perro vagabundo marrón y negro empezó a perseguirme. Mi corazón comenzó a latir más rápido –algo que ocurría cada vez que un perro se me acercaba desde que era un chiquillo. En mis 22 años, nunca había tenido perro ni había sido amigo de alguno. No es que no me gustaran, sino que estaba convencido de que yo no les caía demasiado bien. Tenía razones para pensar eso –los furiosos ladridos del Fox Terrier del vecino durante la infancia; las carreras en bicicleta contra sobreexcitados perros callejeros; y también el episodio del malvado Pastor Alemán que destrozó mi balón de fútbol cuando jugaba en el parque (¡tan solo dos horas después de que los tres reyes magos lo dejaran para mí debajo del árbol!).

Empecé a caminar más rápido, con esperanzas de que el perro pesado se rindiera y me dejara en paz. Pero él seguía en sus trece, acercándose más y más cada vez. Finalmente me adelantó y se dio la vuelta, mirándome sin siquiera pestañear. Parecía tranquilo y seguro acerca de lo que estaba haciendo. Y yo pude ver tras la barrera de mis miedos caninos que aunque él no me estaba diciendo nada, me lo estaba diciendo todo.

Le di una galleta y le acaricié el lomo. No podía creer lo que estaba haciendo. Y aunque nunca supe su nombre, aquella sensación de ser amigo de un perro durante unos instantes fue algo maravilloso que nunca olvidé.

Allí perdí mi miedo a los perros, y eso hizo que nos conociéramos seis meses más tarde en la protectora de animales. La veterinaria me dijo que tú tenías aproximadamente unos seis meses, así que siempre me pareció justo creer que naciste durante aquel momento de amistad callejera con el perro desconocido de Galway.

* * *


8 de abril del 2013, León.

Querido Wallace:

Los cuatro meses antes de conocerte, estaba hecho polvo, como a punto de caer por un precipicio desangelado. Viviendo en mi ciudad de toda la vida, los días se hacían eternos, el máster que estaba estudiando se había transformado en una despiadada mentira, mi madre andaba en medio de una depresión terrible, y la vida en general era casi insoportable.

Fue una tarde floreada de primavera cuando decidí ir a buscarte. Estaba convencido en adoptar un perro, el primero de la familia. Había crecido en un pequeño piso en el centro de una ciudad diminuta repleta de honestos trabajadores. Entre ellos, mis padres, quienes se esforzaron duramente para dejarme a mí, su único hijo, un futuro esperanzador como legado. No hubo nunca lugar ni tiempo para tener a un mejor amigo del hombre (o del niño).

Cuando llegué a la protectora de El Ferral, María -la veterinaria del centro y voluntaria- me habló de lo grave que era el problema del abandono de perros. Me partió el alma. Seguro acerca de la decisión de ayudar al menos a uno, María me enseñó a los perros que podían ser más compatibles para un dueño novato como yo.

Y luego te vi, Wallace. Estabas en una esquina de uno de los recintos con suelo de cemento rugoso. No querías saber nada del resto de perros viviendo allí contigo. Te señalé y María dijo que estabas todavía muy asustado.

“¿Qué tiempo tiene?”, pregunté.
“No sabemos muy bien, pero aproximadamente unos seis meses,” dijo ella tras ir a cogerte y examinarte los colmillos de lobo.
“¿Y dónde le encontrasteis?”
“Le encontró la policía hace dos días, en la cuneta de la carretera de La Magdalena.”

Y eso fue todo lo que se sabía de ti, Wallace. María me preguntó si me gustabas, y yo no tuve que contestar siquiera porque tu y yo nos miramos y supimos al instante que éramos ya algo más que hermanos.

Esa tarde de abril, seis meses después de conocer al perro irlandés que me quitó los miedos caninos del cuerpo, viniste a casa conmigo. Y de repente, tras 23 años sin hermano ni perro, esa noche me encontré con ambos mientras intentaba hacerte sentir como en casa en el hogar de mis padres. Pensé que te estaba rescatando y salvándote la vida. Pero ¡tonto de mí!, fue a la inversa.

* * *

Ahora es la primavera del 2015 y estoy un poco lejos de León, pero se que vives como todo un rey. Eres el pequeño de la familia y el hijo casero que mis padres nunca tuvieron.

Algunas personas piensan que los perros son menos que ellos. Yo creo que se equivocan. Pero, ¿qué importa, Wallace? Tú y yo simplemente somos hermanos de diferentes madres.

Tú curaste a mi madre y alegraste a mi padre. Tú me diste el coraje necesario para salir al mundo y cumplir un par de sueños. Tú eres familia, a quien yo más aprecio en este mundo.

No veo la hora de volver a casa de nuevo, Wallace. De volver y de que me huelas de arriba abajo con tu nariz húmeda y fría como un témpano. De llegar en mitad de la noche y que te levantes de tu sofá rechupeteado para ir a saludarme como si nunca nada malo hubiera ocurrido y cada día fuera simplemente un maravilloso comienzo.

Te echo de menos y te mando saludos con sabor a hueso de cordero.

Hasta pronto,

–Marco.