Ya en otra ocasión te contamos sobre Nezahualcóyotl, el rey poeta del reino de Texcoco, quien también fue ingeniero, guerrero, filósofo, estadista y legislador. Llegó a tener 119 hijos: 60 varones, 57 mujeres, más los dos varones legítimos hijos de su esposa Azcaxochitzin (aquí puedes leer más sobre este tema).

Este dato es impresionante, ¿no? Pues no fue el único, ya que en la sociedad nahua, la poligamia era algo válido para los hombres miembros de la nobleza, mientras que los integrantes de las clases más bajas tenían que contentarse con la monogamia, o acudir a las mujeres que brindaban sus servicios carnales a cambio de una remuneración.

Fragmento de un mural de Diego Rivera.

Pero repasemos un poco la concepción de la poligamia en la época prehispánica. En aquella época, el protagonista de la poligamia era el hombre, quien tenía a su mujer principal y a sus mujeres secundarias. Todos formaban una sola familia, en la que ningún miembro era objeto de discriminación o malas opiniones. Sin embargo, la esposa principal era considerada legítima, mientras que las demás solo estaban ahí para brindar (y ojalá que recibir también) placer.

López de Gómara nos cuenta que Moctezuma y Nezahualcóyotl tenían hasta dos mil concubinas a su disposición y que, en alguna ocasión, el mismo Moctezuma dejó embarazadas durante el mismo periodo a más de cien mujeres.

“…había mil mujeres, y algunos afirman que tres mil entre señoras, criadas y esclavas; de las señoras, que eran muy muchas tomaba para sí Moctezuma las que bien le parecía; las otras daba por mujer a sus criados y a otros caballeros y señores; y así, dicen que hubo vez que tuvo ciento cincuenta preñadas a su tiempo…”.

¿Y donde vivían las concubinas? Ya que habían sido elegidas por el tlatoani ellas vivían bajo su techo, que no era una simple mansión, sino todo un complejo habitacional que albergaba a su personal de servicio y a sus concubinas.

El lugar donde habitualmente residía Moctezuma era llamado “Tepac”, que es el equivalente a “palacio”. Tenía 20 puertas a plazas y calles públicas, tres patios enormes y una preciosa fuente en uno de ellos; más de 100 aposentos de 25 y 30 pies de largo y además… ¡100 baños!

Un edificio sin duda precioso, trabajado con mármol, techos de madera y habitaciones adornadas con las pinturas de los mejores artistas, así como pieles y plumas. Es decir, lo mejor para las mujeres del hombre más poderoso de Anáhuac.

Sin embargo, solo los hijos de la esposa principal podían heredar el derecho a gobernar en algún señorío del imperio. Sahagún nos relata algo de esto:

“…a persuasión del diablo, abortaban, tomando cosas para expulsar a las criaturas, o quizá porque sus hijos no habían de heredar…”.

Lo anterior seguramente no era una generalidad practicada por todas las mujeres del palacio y, sin embargo, debió haber algunas que preferían no tener hijos para conservar su atractivo físico y seguir formando parte de las preferencias del tlatoani.

Cómo elegía el tlatoani a su esposa principal era una cuestión meramente personal y, para ejemplo, en nuestro artículo sobre el lado oscuro del rey poeta, te contamos cómo eligió Nezahualcóyotl a Azcaxochitzin, su esposa principal, quien siendo la más jóven de todas sus mujeres, le daría el hijo que heredaría el trono del reino de Texcoco: Nezahualpilli.

El adulterio, sin embargo, era castigado con la muerte. Se consideraba una de las peores ofensas, que aplicaba también a los maridos. En las clases más bajas la monogamia representaba la fidelidad a la pareja en el mismo sentido que nosotros la concebimos hoy. Las únicas pruebas a favor o en contra de dicha monogamia eran la fama pública y los testimonios de quienes hubiesen presenciado las faltas a la institución matrimonial, es decir, tal como hoy si alguien te acusa con tu pareja. Tal era la gravedad del adulterio, que era castigado con pena de muerte, según José Tudela de la Orden en su libro “La pena de adulterio en los pueblos precortesianos”.

Así que como puedes ver, la suerte del hombre y de la mujer en Tenochtitlan, en lo que hace a las parejas, dependía totalmente de la condición económica. Los hombres tenían la oportunidad de mejorar su calidad de vida a través de sus logros personales. Las mujeres, en cambio, si su belleza llegaba a ser admirada por alguien de la nobleza tal vez sería la única oportunidad de cambiar su destino (si es que la buena suerte significa un marido rico que tiene a las mujeres que desee…).