Antes de la llegada de los europeos existían en el valle de México unos seres elegidos por el mismo Tláloc, el Señor de la Lluvia, que oficiaban de mediadores entre él y su pueblo. Eran los graniceros, quienes podían controlar el tiempo y su curso. Y si bien algunos creen que ya no existen, lo cierto es que nunca se han ido… Así me lo contó Moisés Vega Mendoza, de 55 años de edad, quien asegura tener un linaje de granicero, un don transmitido a unos pocos desde la época precolombina.

 

 

Los graniceros, o tlautla exquis (el que modifica el tiempo o el clima) son los dueños del clima y su linaje aún perdura en la zona de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Se dice que el granicero es una persona que, tocada por un rayo, centella o alguna enfermedad, si sobrevive, adquiere el don de comunicarse con antiguas deidades de la cosmogonía nativa para pedirles su intervención, a fin de que llueva, se obtengan buenas cosechas y se logren buenas condiciones de vida.

 

 

“Yo vengo del linaje de Pedro Páez Xixitla Copala, el rey. Cuando llegaron los españoles él era un tlatoani y también era un granicero”, cuenta Moisés. “El granicero es el nahual, porque es una palabra que significa ‘el que es sabio’. No es nada más que decir ‘me convierto en animal’. A Moctezuma y a Nezahualcóyotl se los consideraba nahuales porque sabían predecir, eran sabios”.

Respecto a la importancia de los graniceros en la vida de los habitantes de la región, Moisés nos asegura que realizan infinidad de ceremonias para pedir diversos favores, como obtener cosechas, evitar las hambrunas y las enfermedades. “Curamos a nuestro pueblo”.

“Precisamente los tlautla equis somos para hacer el bien, trabajamos ‘lo blanco’. El que trabaja ‘lo negro’ no es granicero. En agradecimiento, a principios de noviembre subimos a la montaña para ofrendar y realizar ceremonias en honor a los difuntos graniceros y a los espíritus de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Ellos son “nuestras montañas, de las cuales no podemos salir, aunque nos paguen para ir a realizar ceremonias a otras regiones para invocar lluvias, porque estamos destinados nada más para estos volcanes. Somos tlaloques, somos guardianes, dentro de la magia, dentro del misticismo”.

 

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Nos cuenta que los auténticos graniceros viven en las faldas de los volcanes mencionados, que comparten los estados de México y Puebla: “No hay graniceros en Veracruz, aunque tiene el Pico de Orizaba o el Cofre de Perote, ni en las zonas bajas ni en el Distrito Federal. Graniceros hay nada más donde se forman las nieves y los granizos, en las alturas. Son personajes muy significativos, porque como fueron afectados por la centella o el rayo, la medicina moderna no los puede curar. Tienen que ser curados por los graniceros que los anteceden o sea, los Tlatlahuanas o Huehué, es decir los más viejitos, por medio de rituales, y sus sueños ya les destinan un lugar adecuado, porque ellos tienen transformaciones en cuestiones del cuerpo. Se descontrolan del sistema nervioso, la misma radiación que hay dentro del cuerpo de los afectados por el rayo”.

 

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En ese sentido, revela que a los graniceros se les concede su lugar sagrado en las faldas de los volcanes mencionados, que puede ser una cueva, una barranca, un árbol, lo cual depende a donde los sueños los destinen.

 

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¿Cómo se manifiesta el “don” de los graniceros ante personas ajenas a ellas o a la región? “Pues decir parte de los secretos de uno mismo no cabe, porque muchas veces, para platicar parte de mis dones, yo tengo que pedir permiso a mis Tlatlahuana, pero les puedo decir incluso parte de lo que viene en el libro que escribí donde soy autorizado por mis abuelos, mi familia, mis tíos, quienes me dijeron, cuando me coronaron como tlatla toni en la cueva, que significa “un levantador de sombras”, quiere decir un curandero, pero no me he dedicado a “curar”.

Moisés dice haberse dado cuenta de que tenía el don desde niño, cuando acompañaba a sus abuelos a visitar cuevas y recorría las montañas de la región, ocasiones en que “me agarraban los aires”, me enfermaba constantemente y ellos me decían que iba yo a tener un don.

En la actualidad son pocos los graniceros que quedan. “No le puedo decir cuántos a ciencia cierta, pero somos pocos. Que muchos se dicen graniceros, discúlpenme el que caigan en sus manos si ya les están cobrando, cuídense mucho”.

 

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