Los totonacas son un numeroso pueblo indígena que todavía habita a lo largo de la planicie costera del estado de Veracruz y en la sierra norte de Puebla, por lo cual a esa región se la conoce como Totonacapan. Ascención Sarmiento Santiago, quien es Gestor Académico de la Universidad Veracruzana Intercultural sede Totonacapan, nos dice que -en su sentido más fiel a la lengua tutunaku-, la interpretación de la palabra totonaca es tres corazones, ya que se remite etimológicamente a tutu (tres) y nakú (corazón).

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La festividad de los fieles difuntos o Día de muertos es muy importante, no sólo para los totonacos sino para todo el mundo mesoamericano, porque en estas fechas coinciden en el mundo terrenal los dioses, los vivos y los muertos.

Crédito: Ana Elba Alfani Cazarin

De la sierra a la costa del Golfo de México, los totonacos comienzan su celebración a los difuntos con festividades que van desde la segunda quincena de octubre y terminan a finales de noviembre (42 días en total). Se trata de una celebración aún más importante que la Navidad, ya que los preparativos, comidas y adornos son hechos con mucha anticipación, esmero y sin escatimar en recursos económicos.

Crédito: Ana Elba Alfani Cazarin

Cuando fallece una persona se sigue colocando su comida en un altar dentro de casa, tres veces al día, hasta el octavo día. A partir de ese momento, poco a poco se le despide de manera definitiva y el alma (listakni), retorna al cabo de un año y en la festividad del Día de Muertos (en la foto, mole totonaca).

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Ninin, que en su traducción al castellano significa “los muertos”, es la celebración de una serie de ceremonias y rituales mortuorios que viene de épocas prehispánicas, y que fueron enriquecidas al realizarse el sincretismo con los elementos de la cultura española y la fe católica.

El 18 de octubre, en la festividad a San Lucas (que además es el santo que sustituyó al dios del trueno), las primeras almas que llegan son las de quienes murieron ahogados. Vienen del norte, trayendo consigo los vientos y los fríos. A partir de esa fecha se acostumbra prender cohetes o tocar las campanas tres veces al día para guiar a las almas hacia sus pueblos.

Ese día se da inicio a la compra de materiales para la elaboración de los altares. Además, se comienzan a hacer reuniones familiares, para que todos, chicos y grandes, contribuyan con la elaboración de las figuras de chocolate casero y así designar las tareas para la recolección de flores y elementos que tendrá cada puchaw (altar).

Crédito: Ana Elba Alfani Cazarin

Ya para el 31 de octubre, el altar debe estar armado, vestido y adornado, porque al mediodía llegan las almas de los niños difuntos y se retiran el primero de noviembre al mediodía, cuando vienen las almas de los adultos, quienes se retiran al día siguiente, pero no de manera definitiva.

Los días 8 y 9 de noviembre se celebra el aktumajat u octava, en la que se despide a las almas de los difuntos acaecidos de manera natural. En el mismo altar se colocan ofrendas y se les despide con el rezo de un rosario. Hasta el 30 de noviembre se despide a las almas de los muertos que se fueron de manera violenta. Se encamina al campo santo a todas las almas y se les acompaña con grandes ofrendas, cohetes, música, cantos y bailes. En algunos poblados, como Zozocolco de Hidalgo, se utilizan globos elaborados con papel de china, que se elevan con calor y que iluminan el cielo por las noches, mostrándole así a las almas el camino de regreso al cielo.

En la tradición totonaca existe la diferenciación entre aquellos que han perecido de manera natural de quienes tuvieron una muerte violenta. Estos últimos deben de pasar por un proceso de purificación. Crescencio García Ramos, investigador del Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana, orgullosamente totonaco y quien ha vivido y estudiado a profundidad el pensamiento, los rituales y las ceremonias de los tutunaku, señala que quienes murieron violentamente, en lugar de ir hacia el oriente, como lo hacen las almas de los fallecidos por muerte natural, tienen que ir hacia el norte, a los dominios de Qoló Aktsin (Señor del Trueno viejo), quien se adueña de las almas y las usa para cavar arroyos y cauces de ríos, porque también es el encargado del agua.

Una vez que las almas han terminado con las tareas encomendadas, le son enviadas a Ninin, dios de la muerte, quien domina el poniente. Este las retiene allí por cuatro años, luego de los cuales les permite ir al oriente, atrás del sol o chichiní, donde se dirigen las almas purificadas.

Otra de las diferencias en cuanto a las celebraciones de Día de muertos en otras partes del país, es la forma del puchaw o altar de muertos. Este generalmente va colgado del techo y la tabla es cuadrangular. Es la representación divina de la tierra y ahí se coloca la ofrenda alimenticia llamada chaw.

Sobre el altar se coloca un arco formado con palmas o con hojas de tepejilote, que representa la bóveda celeste, el lugar donde residen los dioses. Este se adorna con 13 estrellas de palma de coyol, representando a las 12 madres abuelas y al hombre (13 es el número masculino y 12 el número femenino; sumados dan 25, que es el número de la divinidad).

Crédito: Ana Elba Alfani Cazarin

El altar tradicional totonaco, se divide en tres dimensiones espaciales: la parte de abajo de la mesa representa el inframundo, donde habitan los muertos (k’alinin). La parte media es el mundo terrenal o t’iyat y, en la parte superior, se encuentra el supramundo, donde están los dioses (aqapún).

En el altar se colocan manteles y servilletas bordados y nuevos, así como cinco veladoras (cuatro en las esquinas y una en el centro), en el piso se prenden 13 velas amarillas, a un lado se dispone un lavamanos, una toalla, una silla y un petate para el aseo y descanso del difunto. Incluso se puede poner una muda de ropa.

Crédito: Ana Elba Alfani Cazarin

La ofrenda alimenticia consiste de mole, arroz, tortillas, café, pan, cacao, tamales, chicharrones, totopos y frutas de la temporada, además de cigarros, aguardiente, dulces o juguetes, de acuerdo al gusto y la edad del difunto. Es importante destacar que los alimentos que deben servirse calientes, se cambian tres veces al día, ya que el humo es el que trae el sabor y aroma con el que se alimentan las almas.

Crédito: pacomexico

El altar que se pone en cada casa es para los difuntos que son de la familia, es por ello que, como una cortesía, en la parte exterior de las casas suele ponerse un pequeño altar para el “ánima sola” o limaxqan lístakni, que son todos aquellos difuntos que no tienen ya una familia que los recuerde en estas fechas.

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Una de las costumbre que está en riesgo de desaparecer son las llamadas responsas, en la que un grupo de hombres adultos o ancianos, son invitados por las familias y acuden en grupo a rezar y a cantar en totonaco una serie de oraciones especiales para estos días en que se espera la llegada de los fieles difuntos.

Cuetzalan, Papantla de Olarte, Cuyuxquihui, Coxquihui, Espinal y Zozocolco de Hidalgo, son algunos de los pueblos totonacos que siguen promoviendo y haciendo crecer las tradiciones ancestrales para estos días de muertos. Visítenlos y les aseguro que no se arrepentirán de adentrarse en estas riquísimas tradiciones. 

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