Mucho antes de la llegada de los españoles al actual territorio mexicano, ya existían unas órdenes de guerreros muy poderosos a la altura de los más grandes del mundo. Cuenta la historia mítica de estos guerreros que, durante la “batalla de la noche triste” en Tenochtitlan, acabaron con el ochenta por ciento de las tropas españolas, pues su arrojo y valentía no tenían comparación con las de otros guerreros mexicas.

 

 

Estoy hablando de las órdenes del ocelopilli (noble jaguar o guerrero jaguar) y los cuauhpilli (noble águila, guerreros águila), cuyos integrantes eran educados desde los siete años en el arte de guerra y en los más profundos conocimientos de la toltequidad.

 

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Hoy voy a hablarte del noble jaguar, quien además de cumplir con ciertos requisitos en el campo de batalla debía haber concluído con una serie de pruebas que le valdrían el glorioso título de OCELOPILLI.

 

 

¿Cuáles eran esas pruebas? Bien se sabe que los niños mexica nacían con un destino escrito por los dioses y, dependiendo del día en que nacían y de otros factores, se definía la profesión o el oficio para los que serían educados. Tal vez poeta, soldado o médico. Eso si después de su nacimiento había superado su primer baño de agua fría, firme testimonio de que era apto para la vida en la tierra.

Todos los niños ingresaban a la escuela de su barrio a la edad de siete años, donde se le impartía educación básica sobre la guerra y el trabajo físico. Sin embargo, cada niño era educado por un maestro distinto de acuerdo a su destino (tonali). Si su camino era ser soldado, dependiendo de sus habilidades y de si los dioses le seguían favoreciendo, llegaría a integrarse a las filas del impresionante ejército de Tenochtitlan, del que sólo unos pocos elegidos llegarían a ser guerreros jaguar. Aquí a continuación se detallan los pasos a seguir para poder llegar a ostentar este poderoso título.

 

 

En primer término, se requería haber concluido en forma destacada los estudios que se impartían en algunas de las instituciones de enseñanza superior, conocidas como calmecac. En segundo lugar, era preciso haber participado como guerrero en por lo menos tres campañas militares y haber dado muestras de una gran valentía.

 

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Finalmente, se necesitaba la aprobación de las autoridades del calpulli (barrio) en cuya localidad se habitaba, las que debían avalar la buena conducta del solicitante y atestiguar que se trataba de una persona caracterizada por un manifiesto interés hacia los problemas de su comunidad.

Al ingresar como aspirantes, los jóvenes abandonaban sus hogares y se trasladaban a residencias especiales en donde iniciaban un periodo de aprendizaje que se prolongaba por cinco años.

 

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Durante dicho periodo, además de fortalecer su cuerpo y su espíritu a través de una rigurosa disciplina, comenzaban a ponerse en contacto con el nivel más elevado de las antiguas enseñanzas. Les eran impartidos conocimientos sobre teogonía, matemáticas, astronomía, botánica, lectura e interpretación de códices.

El alto grado de dificultad, tanto de los estudios que realizaban como de las disciplinas a las que tenían que ajustarse, hacía que el número de aspirantes se fuera reduciendo considerablemente en el transcurso de los cinco años que duraba la instrucción.

 

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Al terminar la instrucción venía un período de pruebas, durante el cual los aspirantes tenían que dar muestras de su capacidad de mando (dirigiendo un regular número de tropas en diferentes combates) y de su habilidad para aplicar en beneficio de su comunidad los conocimientos adquiridos.

Finalmente, una vez concluido este período, los aspirantes que habían logrado salvar satisfactoriamente todos los obstáculos eran admitidos como miembros de la orden, y se les otorgaba en una impresionante ceremonia el grado de Ocelopilli.  

 

 

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