Crédito: alobos Life

1. Creciste con terror a la escalera mecánica.

¿Las personas que se criaron en Buenos Aires nunca sintieron miedo de la escalera mecánica? No hay nada más desconcertante que encontrarte frente a uno de estos gigantes diabólicos, luego de toda una vida sin haberlo usado. Se te pone mente en blanco, advertís que el escalón que planeabas pisar primero se fue en un segundo y te quedás con el pie en el aire, como si lo que estuvieras por pisar fuera una especie de arena movediza. O caca. ¿Para qué complicarla si el mundo ya funcionaba sin escaleras mecánicas? Empezás a relojear dónde hay una escalera fija, una escalera de verdad.

 

2. Sabés que el nombre que tus padres eligieron para vos es completamente inútil.

En los pueblos, las personas solemos ser identificadas por la descendencia, la contextura física, las amistades y los sucesos atribuidos a cada uno. Así, Santiago Castillo puede convertirse en un insignificante sinónimo de “el hijo de la Graciela” -el artículo antes del nombre también es marca registrada-, “el gordito que anda siempre con auriculares” o “el que le debe plata a Claudio hace dos años”.

 

3. Y que las direcciones para llegar a algún lado nunca incluyen nombres de calles ni números de vivienda.

Uno más bien se va arrimando a la casa a la que debe llegar, gracias a un conjunto de indicaciones recibidas previamente. Así, la casa que para los desalmados de la ciudad está ubicada en Don Bosco 1043, simplemente queda a media cuadra de la biblioteca, en diagonal a lo de Fabricio. La vas a reconocer porque tiene un rosal en la entrada y siempre está el Ford azul estacionado afuera. Golpeá fuerte, porque la señora a esta hora duerme la siesta…

 

4. Tu definición de confianza es un coche estacionado y con el motor prendido.

Cuando finalmente llegás a esa casa a la que ibas, el Ford azul está en marcha y vacío. Se puede inferir un vago paradigma para describir cómo son las cosas fuera de las ciudades: la cantidad de habitantes del pueblo y el tiempo que los autos permanecen estacionados con el motor encendido, son inversamente proporcionales.

 

5. Creaste tantos juegos que, de recordarlos, deberías patentarlos.

Porque no había shoppings ni parques de diversiones, en tu infancia de pueblo creaste tantísimas nuevas disciplinas. Encestar pelotas en lugares determinados a través de vaya uno a saber qué extraño método de rebotes o tiros; construir con esfuerzo, dedicación y paciencia una casa con la certeza de que sería destruida al final del día; y hacer extrañas mezclas de los reglamentos de la escondida y la mancha.

 

6. Los mates del domingo por la tarde van siempre acompañados por el informe de la noche anterior.

Porque todos los fines de semana pasan las mismas caras por los boliches. Pongamos por caso un pueblo de quince mil habitantes. La lista de locales nocturnos es acotada: un boliche bailable o dos y, en el mejor de los casos, dos o tres bares. Los repetitivos saludos de rigor y los grupos de pibes ubicados cada noche en la misma parte de la barra. Están los que hacen y los que miran. Y también los que no pueden mantener la vista en un punto fijo.

 

7. El único “after” que conocés es el de la estación de servicio.

Ya bajo el sol del domingo, los surtidores ven desfilar a los rezagados que, horas más tarde, cuando el agua le saque espuma a la yerba, narrarán las hazañas del boliche de aquellos que prefirieron hacer en lugar de mirar…

 

8. Viviste esta escena todas las tardes…

En el atardecer más anaranjado, cuando ya la pelota se veía cada vez menos, tu mamá -con el delantal de cocina puesto-, sacudía la mano y gritaba tu nombre. Recién ahí se terminaban el partido y la escondida. Si reconocés esta escena, si tu lugar de juego diario era la calle o un descampado, tenés la enorme suerte de haberte criado en un pueblo de la Argentina.