Que no las vayas a encontrar en el Museo del Prado tampoco es algo tan raro: en la colección permanente solo se exponen cuadros de cuatro pintoras. ¡Cuatro! Poco importa su nacionalidad cuando son solo cuatro, pero si queremos hacer una lista de pintoras españolas, del Prado no sacaremos ni una. ¡Y las hay! Se sabe más bien poco de las de antes del siglo XIX, pero muchas mujeres nacidas a finales de ese siglo pudieron desarrollar su arte a principios del XX, con numerosos viajes por Europa. Estas son diez pintoras españolas que deberían empezar a estudiarse en el cole.

1. María Luisa de la Riva y Callol Muñoz (1865-1926)

Es una de las pintoras españolas más importantes del siglo XIX, aunque para dedicarse por completo a su arte tuvo que mudarse a París, donde vivió desde finales de la década de 1880. Muy feminista, insistía en el derecho de las mujeres a ser artistas profesionales y llevó un taller de formación para mujeres pintoras. Tuvo mucha proyección internacional y numerosos reconocimientos, como la Palma de la Academia Francesa y la orden del Nischam Yfttikai de Túnez. Estaba especializada en bodegones y floreros y su estilo decorativo la convirtió en una artista muy popular en su época.

2. Maruja Mallo (1902-1995)


La más joven y la más conocida de esta lista. Miembro de las Sinsombrero, aquel grupo de mujeres de la Generación del 27 que la historia borró (por ser mujeres). Mallo no era solo pintora, era artista completa. Nacida en Viveiro, vivió su adolescencia en Avilés y estudió en Madrid, donde era amiga de todo el grupillo generacional: Salvador Dalí, María Zambrano, Rafael Alberti, Margarita Manso… En una beca en París se empapa de surrealismo y lo abraza y su reconocimiento como gran artista es ya general. Cuando empezó la guerra huyó a Portugal y, más tarde, a Argentina y Nueva York. Estuvo exiliada hasta 1962.

3. Victoria Martín de Campo (1794-1869)

No se sabe demasiado de la vida y formación artística de esta pintora neoclásica, aunque sí unos cuantos detalles de su vida personal: nació en Cádiz, su padre era cónsul y se casó dos veces. También se sabe que fue discípula del pintor Manuel Montano y se cree que nunca hizo el típico viaje para formarse a Roma o París. Su estilo era neoclásico, pero con un toque personal que muchos sitúan en le prerromanticismo. Fue la primera mujer académica de mérito de la Real Academia de Bellas Artes de Cádiz.

4. María Blanchard (1881-1932)


La pintura fue en lo que se refugió María Blanchard desde niña para olvidarse de las risas y las burlas de los otros niños. La razón era la deformidad de columna con la que nació porque su madre había sufrido una caída mientras estaba embarazada. Sus padres siempre la animaron a pintar, así que se marchó a formarse a Madrid y, más tarde, a París. Allí, descubrió una libertad que como mujer y artista no podía tener en España, además del cubismo, estilo que enseguida empezó a aparecer en sus cuadros. Volvería a España en varias ocasiones, pero París fue el lugar en el que vivió casi toda su vida. Se codeó con Picasso, Diego Rivera —con quien compartió piso y estudio— y Juan Gris, entre otros artistas.

5. Laura Albéniz (1890-1944)


Fue una artista muy precoz: cuando tenía solo 16 años, el Musée Moderne de Bruselas expuso sus dibujos y acuarelas. El recibimiento fue muy bueno, y ese calor de la crítica la acompañó toda la vida. Nacida en Barcelona, creció entre Londres, París y Niza, y llegó a hablar siete idiomas. Su obra se considera precursora del art decó en Cataluña. Y, sí, es hija del compositor Isaac Albéniz.

6. Juana Pacheco (1602-1660)

Sibila, de Velázquez. Se cree que es un retrato de Juana Pacheco.

Una de las pocas pintoras españolas de antes del XIX de las que se sabe algo, aunque parte de lo que se sabe es también el problema que siempre le ha hecho sombra: se casó con Diego de Velázquez. Se conocían desde niños, ya que ella era hija del maestro de Velázquez, Francisco Pacheco, razón por la que pintó toda su vida. No se conservan cuadros atribuidos a ella (pero es muy posible que alguno de los atribuidos a su padre o a su marido fueran en realidad de Juana). En cuanto a su cara, se cree que varios de los cuadros de Velázquez son retratos de su mujer.

7. Lluïsa Vidal (1876-1918)

Otra pintora de la época que se fue a París para formarse y que, como María Luisa de la Riva, también montó una academia para formar a mujeres artistas. Era retratista e ilustradora, huyendo de lo que se llamaba pintura femenina (pintar flores). Sus pinturas solían estar protagonizadas por mujeres en situaciones domésticas, lejos del erotismo en el que los pintores hombres solían situarlas.

8. Antonia de Bañuelos Thorndike (1865-1921)

Aunque nació en Roma, en los Estados Pontificios, y murió en Inglaterra, Antonia era hija de españoles y se crio entre Tortosa, Tarragona y Madrid. Eso sí, los últimos 25 años de su vida los vivió en Biarritz, en Francia. Pero olvidemos biografías y nacionalidades y centrémonos en su pintura. No se sabe cómo empezó a pintar, pero sí que, como todas las pintoras de su época, parte de su formación artística tuvo lugar en París. Era una pintora costumbrista que pintó muchos retratos (sobre todo de niños) y cuyo trabajo fue reconocido en numerosas ocasiones. Entre ellos, la medalla de bronce que ganó en la Exposición Universal de París en 1900.

9. Pilar Montaner (1876-1961)

La Seu de Palma, de Pilar Montaner. Fuente: Mateosaurus

Es una de las pintoras más conocidas de esta lista. Empezó su formación artística en un internado en Madrid y la continuó ya de vuelta en su Mallorca natal con los pintores más reconocidos de la isla (su marido había heredado una gran fortuna, así que su vida fue muchos años un privilegio). Se formó también con Sorolla y Gelabert y fue poco a poco desarrollando su propio estilo, muy marcado por el impresionismo. Cuando en a partir de 1915 las cosas se empezaron a torcer (quiebra y tuberculosis de varios de sus hijos), su pintura se volvió más oscura y personal.

10. María Corredoira (1893-1970)


Con solo 18 años, esta coruñesa ganó la medalla de oro en la Exposición Regional de Galicia, pero sería solo el principio. Sus obras, realistas y regionalistas, llenaron durante la década de los 20 numerosas exposiciones, y en 1929 ingresó como miembro en el Seminario de Estudios Gallegos. En 1938 entró en la Academia de Bellas Artes de A Coruña, aunque había dejado de pintar durante la guerra. Cuando acabó el conflicto, retomó su producción pictórica, que se centró en un único motivo: el interior de conventos, siempre sin gente. Como murió sin parientes directos —y, además, era mujer— nadie difundió su obra, que cayó en el olvido durante años.