Durante siglos, las religiones del mundo han establecido diversos medios de contacto entre este mundo y el espiritual, con las deidades y con sus designios. Para los pueblos americanos, ese contacto era posible gracias a las plantas sagradas que mantenían a quienes las consumían en un estado de éxtasis que les permitía recibir los mensajes que los dioses le daban a la humanidad.

Una de éstas plantas sagradas es el PEYOTE, con la cual desde hace siglos la comunidad wixárika ha llevado a cabo sus rituales religiosos.

Esta planta es endémica de México y más específicamente del centro de la nación. Los efectos que el peyote provoca a causa de la mescalina son alucinaciones fuertes que distorsionan la percepción de la realidad. Durante el viaje y a pesar de tener los ojos cerrados, uno comienza a experimentar visiones.

En todo México el consumo del peyote es ilegal para toda persona que no pertenezca al pueblo wixárika y solamente ellos tienen permitida la extracción y el consumo del peyote.

Los ancianos wixarikas cuentan que, hace mucho tiempo, los abuelos se reunieron en la Sierra para discutir sobre la situación por la que se atravesaba: La gente se encontraba enferma, no había ni agua ni comida, no llovía y la tierra estaba seca. Ellos decidieron, entonces, enviar a cuatro jóvenes de cacería, con la tarea de encontrar alimentos y llevarlos a la comunidad para compartirlos, no importando lo poco o mucho que obtuvieran con la caza. Cada uno de los jóvenes representaría un elemento: fuego, agua, aire y tierra.

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La mañana siguiente, los jóvenes comenzaron la jornada, cada uno cargando sus arcos y flechas. Caminaron durante días hasta que, una tarde, saltó detrás de unos arbustos un venado grande y gordo. Los jóvenes se encontraban exhaustos y hambrientos pero, cuando vieron al venado, se olvidaron de todo y comenzaron a correr tras de él, sin perderlo de vista. El venado miró a los jóvenes y sintió compasión por ellos. Los dejó descansar una noche y, al siguiente día, los incitó para que continuaran la persecución.

Pasaron muchas semanas antes de llegar a Wirikuta (en el desierto de San Luis, camino sagrado de los Wixarikas). Cuando los jóvenes se encontraban en el camino de la colina, cerca del cerro de las Narices, vieron al venado saltar en dirección al lugar donde habita el espíritu de la tierra. Juraban que habían visto al venado correr en esa dirección, y trataron de encontrarlo sin éxito. De pronto uno de los jóvenes disparó una flecha que cayó dentro de la figura de un venado, formada por las plantas de peyote que había en la tierra que, con el sol, brillaban como lo hacen las esmeraldas, mirando hacia una sola dirección.

Los jóvenes se encontraban confundidos por lo que había pasado, pero decidieron cortar las plantas formando la figura del Marratutuyari (venado) para llevarlas al pueblo. Después de caminar durante varios días, llegaron a la montaña Wixárika, donde todos les estaban esperando. Dirigiéndose inmediatamente a los ancianos, les contaron su experiencia, los ancianos comenzaron a repartir el peyote entre la población y, después de un tiempo, ya no sintieron más hambre o sed.

Desde entonces, los wixarikas adoran al peyote que, al mismo tiempo es venado y maíz, su espíritu guía. Así que cada año peregrinan la misma ruta, desde la sierra hasta Wirikuta, haciendo un tributo a la cacería de aquel venado y buscando en el peyote, oculto entre los matorrales y las piedras, la conexión directa con el gran espíritu, para comerle y comunicarse con él y pedirle por comida y salud para su gente.

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