Foto: Jeffrey Pang

Pregúntale a la mayoría de los habitantes de Manhattan cuál es el hogar de sus sueños y van a responderte: “Un departamento de un dormitorio”. En un lugar en el que raramente estás solo por más de dos horas por día, la soledad no es un problema. La verdad es que estar solo es más caro.

Pero mientras que estar solo en la ciudad es un refugio, estar solo en la Naturaleza -realmente solo, sin la compañía de otra persona, sin teléfono (OK, puedes tener teléfono)-, es completamente diferente. No estás recuperándote de la constante estimulación ni estás mezclando tu vida la de miles de personas. En cambio, estás recalculando los márgenes de una sola vida: la tuya.

Y ahí es cuando empieza a sucederte lo siguiente.

Aprecias tu insignificancia.

Porque vas a sentirte pequeño debajo de los árboles, minúsculo ante los mares e insignificante debajo del espacio infinito que la mente humana no es capaz de visualizar por completo. Porque tú eres y tú estás viviendo “en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”, como escribió Carl Sagan.

Pero, al mismo tiempo, la inmensidad de la naturaleza va a reconfortarte. El miedo a tu impotencia y a tu pequeñez va a ir esfumándose a medida que contemplas hacia adentro y ves el universo de posibilidades y experiencias que existen en ti y te das cuenta de que el infinito que hay dentro tuyo es mucho más grandioso que el exterior.

Entenderás tu inmensa fortaleza.

Porque vas a sentirte un gigante al lado de los insectos y vas a percibir tu inteligencia como incomensurable, ya que eres el único ser humano en miles de kilómetros a la redonda. Vas a sentir como la arena envuelve tus pies, porque son los únicos pies en la playa. Vas a sentirte colosal aún en la cumbre de una montaña millones de veces mayor que tú, porque sabrás que esta montaña nunca, ni aún con todo su poderío, podrá pararse sobre ti.

Y aún así no sentirás la necesidad de dominar, sino que surgirá de ti una responsabilidad suprema -tú eres la única cosa en este lugar que puede asegurar que todo siga siendo como debe ser, y también la única cosa necesaria para destruirlo todo-. Cuando más tiempo pasas en la Naturaleza, menos la vives como una amenaza y más como una amiga cercana.

Vas a aprender el valor del silencio.

Porque al principio vas a sentirte incómodo al estar en silencio. No habrá otras voces ni otras inteligencias para validar lo que sea que estés pensando. El eco en tu cabeza será la única respuesta que vas a recibir. Y tu propio murmullo mental.

Pero como pasa con todos los momentos silenciosos de la vida, tu inconsciente aprenderá a hablar más suavemente. Empezarás a escuchar y a observar más, en lugar de pensar y evaluar todo el tiempo. Estas habilidades te serán muy útiles en soledad, pero también en tu relación con la gente.

Vas a empezar a hacerte responsable de tus acciones.

Vas a culparte a ti mismo cuando algo te salga mal, porque no hay nadie más a quien echarle la culpa. Tú dejaste el agua en el auto. Tú cerraste el auto con las llaves adentro. Tú perdiste el equilibrio y resbalaste.

Pueden ocurrir inconvenientes, pero vas a salir recuperarte incluso más rápidamente que si estuvieras a acompañado. Vas a saltear el proceso de discernir cómo se llegó a este punto, porque cuando estás solo lo único que importa es la solución.

Empezarás a confiar en ti mismo.

Porque no podrás dudar. No tendrás a nadie a quien pedirle un consejo ni habrá nadie que pueda cuestionarte ¿Deberías arriesgarte a surfear en un clima como el de hoy? Tal vez valga la pena. Tal vez no. Tendrás que arriesgarte. Incluso el mero acto de aventurar solo en la naturaleza implica un riesgo. Pero los riesgos son la medida de tu sano jucio y de cuán imperfecto puede llegar a ser.

Sentirás que tu vulnerabilidad se desvanece.

¿Tienes problemas de falta de confianza en tu cuerpo? Haz una caminata corta en el bosque. Solo tú vas a lograr llegar al final. Esto podría ser una metáfora de tus inseguridades pero, más literalmente, el estar solo te hará más consciente de ti mismo.

Entenderás mejor tu libertad.

Eventualmente, vas a regresar de tu aventura en la naturaleza. No se trata tanto de volver a la civilización y a tus seres queridos, sino de dejar ese lugar en el que te hallaste solo y, de alguna manera, de dejarte a ti mismo para volver a los demás.

Al final, es esta decisión lo que hace que las aventuras en soledad sean tan gratificantes: Te das cuenta del peso que tiene la libertad de tomar tus propias decisiones que, más allá de que sean correctas o no, son tuyas.