Imagen por Bogdan Balaceanu

Melocotón, manzana, plátano, pera, albaricoque, kiwi, mango, nectarina, zumo de naranja…

En todas estas frutas pensaron mis familiares y amigos cuando les dije que me iba de viaje a Macedonia.

“Estaré allí todo el mes de agosto”, dije.

“¿Macedonia? ¿Y qué hablan allí? ¿Dónde está eso, hijo mío?”, preguntó mi madre.

“Hablan macedonio. Y supongo que algo de inglés también. Es un país de los Balcanes, ya sabes, la antigua Yugoslavia y demás. Está rodeado por Grecia en el sur, Albania en el oeste, Kosovo en el noroeste, Serbia en el norte, y Bulgaria en el este”.

“Suena peligroso”, dijo ella.

“Paparruchas, madre.”

“¿Y a cuento de qué te vas tan lejos?”

Miré a mis padres y totalmente convencido contesté “para ver un poco de mundo.”

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Macedonia nunca ha sido un país demasiado conocido para el gran público. Por aquel entonces yo ya había leído el capítulo de Macedonia en la guía de viajes ‘Sureste de Europa’ de Lonely Planet. También había visto un par de vídeos turísticos promocionados como Macedonia Timeless. La verdad es que -aparte de los escuetos y desactualizados ‘dónde dormir’ y ‘qué comer’ de esos materiales- fue realmente complicado encontrar información y opiniones fiables acerca de Macedonia. Así que yo tampoco tenía demasiada idea acerca del ese pequeño país de interior con bandera soleada donde viviría y trabajaría durante una temporada.

Hasta el mismísimo día en que aterricé en Macedonia seguí asociando al lugar con la mezcolanza de frutas que mi madre me obligaba a tomar de vez en cuando de postre. Por ese entonces yo era demasiado joven para poder apreciar las virtudes de la ensalada de frutas.

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El primero de agosto llegué a Skopje, capital de Macedonia. El día había sido lluvioso y la tormenta aún rondaba entre las nubes plomizas. Dejé el equipaje de mochilero en el hostel de viajeros situado cerca del parque de la ciudad. Me fui caminando hasta el centro, perdiéndome de vez en cuando entre callejuelas de mal aspecto, buen corazón y destartalados carro-bicicletas familiares de gitanos.

Eran ya las nueve de la noche cuando llegué a la plaza principal de Skopje. La increíble y gigantesca estatua de Alejandro Magno “Guerrero a lomos de caballo” se volvía aún más magnífica con la música clásica de tintes épicos sonando por altavoces en las cercanías. Más tarde me enteraría que hay un descontento generalizado respecto a “Skopje 2014”, un proyecto que consiste en la construcción de edificios y estatuas descomunales para volver a la ciudad más turística. Muchos jóvenes critican al gobierno por haber gastado un dineral en eso, en vez de destinarlo a garantías sociales y a mejoras educativas.

Crédito de la imagen: Filip Viranovski

Un icónico puente de piedra y siete arcos salva el río Vardar y divide la ciudad en dos mundos totalmente diferentes. Cruzándolo, dejé atrás el glamour y el ambiente extra-perfumado de la Skopje de cafés modernos. Me adentré entonces en el Antiguo Bazar, repleto de tiendas tradicionales de souvenirs artesanales, zapatos, y joyas. Seguí el consejo de la chica macedonia que trabajaba en el hostel y comí como un auténtico sultán por menos de 3 euros en los restaurantes turcos del lugar.

División de piedra, por Marco Delgado

Tumbado en la litera superior de la habitación compartida con otros siete vagabundos viajeros, y preparado para descansar haciendo caso omiso de los impertinentes mosquitos pelmazos, pensé en la mezcolanza de culturas de Macedonia. Lo antiguo, lo moderno, lo macedonio, lo turco y lo albano conviven pacíficamente. De manera amistosa, se desviven para recibir a cualquier pedazo de fruta recién llegado con actitud de “Todo el mundo es bienvenido en Macedonia”.

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Después de vivir durante un mes aquí, aún no me considero un experto pero sé que Macedonia es un buen lugar para vivir todo tipo de experiencias.

Si quiero algo nutritivo, voy a pasar el día al Antiguo Bazar. Desayuno en un bake and cake un burek de carne — o queso, o espinacas, o champiñones, — y un yogurt. Al mediodía como lahmacun y ajran en algún restaurante turco tradicional con mala pinta pero buenos sabores. Y por la noche ceno shopska salata y bebo con moderación rakija, la potente bebida favorita de los lugareños.

Lahmacun y ajran, por Marco Delgado.

Si quiero algo refrescante, viajo hasta Ohrid y me pego un chapuzón en las aguas de uno de los lagos más antiguos, profundos y festivos de la vieja Europa.

Y si quiero algo saludable y colorido, cojo el bus desde Skopje hasta Matka, donde puedo hacer senderismo durante kilómetros y kilómetros disfrutando de las vistas montañosas. Por el río circulan barquitos llenos con turistas rubios de Europa del norte que quieren ver y explorar cuevas milenarias repletas de murciélagos.

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No lo sé. Tal vez no esté tan mal asociar eternamente “Macedonia” con una ensalada de frutas. Me pregunto si en algún momento me aburriré de esta ensalada de frutas. Es un país duro para vivir (por ejemplo, porque los salarios son muy bajos, del orden de 300 euros mensuales), pero muy recomendable para visitar y disfrutar de su cultura y de su gente. Por ahora rescato lo positivo: después de todo, Macedonia sí que es nutritiva y refrescante y saludable y colorida. Y mucho más.