Crédito: Jimmy Baikovicius

Con cada adorno tricolor que ponemos en nuestras casas, con cada garnacha a la que sucumbimos y con cada cohete que suena cerca de nosotros, se irá avivando el patriotismo característico de esta época. A algunos cuantos, ese patriotismo -o muchos otros factores más oscuros- los llevará a dar el grito en presencia de gobernantes a los que detestan, en los que no confían o a los que ni siquiera conocen. Otros tacharán este comportamiento de antipatriótico y juzgarán severamente la actitud de los mexicanos que se “venden” por un festejo. Se hablará de acarreos y de acarreados, se hablará de vendepatrias, se hablará del gobierno fallido, de la necesidad de cambios…

Sabemos que México está atravesando una gran crisis. El partido en el poder se ha convertido en un chiste mal contado que tiene al país en un clima de inestabilidad económica, violencia, desconfianza institucional y que está sumido en un sentimiento de hartazgo generalizado. La propia figura presidencial pasó de ser la portada del Time a ser un meme perpetuo, reflejo de ineptitud e ignorancia. ¿Qué debemos hacer en vísperas de nuestro festejo del Grito de Independencia? ¿Deberíamos preocuparnos por el futuro de nuestras tradiciones? ¿Debemos olvidar nuestros problemas por unas horas y conmemorar el nacimiento de México como es debido? ¿Estamos en una crisis de identidad nacional?

Todas estas preguntas nos han pasado por la cabeza en los últimos días y mientras más nos acercamos a la fecha, más discusiones se enarbolan alrededor de estos puntos. La pasión y el ambiente festivo son íconos de todo lo mexicano y pasar por alto una de nuestras mayores festividades parecería casi sacrílego; pero también parece sacrílego corear un grito vacío, en voz de un gobierno que nos debe muchas, de las cuales Tlatlaya y Ayotzinapa son sólo los dos ejemplos más recientes. ¿Podrá más la indignación que la tradición de un pueblo? Yo creo que ésta es una pregunta que simplifica demasiado el conflicto y que se olvida de un gran número de factores.

 

Crédito: Eneas de Troya

A mi me gusta México y me enorgullece ser parte de un país tan diverso en todos los sentidos. Aún así, tengo que confesar que nunca he ido a dar el Grito al Zócalo. De pequeño, porque mis padres nunca me llevaron, y después porque siempre lo sentí como un festejo oficialista, que enaltece al partido en el poder en medio de un paripé de colores y símbolos patrios. El desfile militar del dieciséis y la ceremonia del Grito siempre han sido para mi dos caras de la misma moneda. Pero esto no quiere decir que no sienta el frenesí patriótico a la par de mis connacionales en cuanto la ciudad se empieza a llenar de señores vendiendo banderas y pintando cachetes de verde, blanco y rojo… simplemente no lo desahogo coreando al presidente en turno.

¿Que qué hago cuando llega el dieciséis de septiembre? Lo mismo que hace la gran mayoría de los mexicanos: asistir a una fiesta mexicana o cenar un buen plato de pozole con la familia y los amigos. Los festejos patrios están donde hay mexicanos y no necesitan de ninguna autoridad para validarlos. En Nueva Zelanda asistí a una ceremonia del Grito en un centro de cultura español, donde un mariachi fue el encargado de recordar a nuestros héroes patrios. El mariachi y yo éramos los únicos mexicanos. Sí, fue un evento bastante surrealista, pero no por eso menos real que cualquier guateque en tierras mexicanas.

Yo me voy a desentender del grito presidencial de Enrique Peña Nieto este año, pero no será nada nuevo. Es lo que hago todos los años y lo que seguiré haciendo hasta que haya una figura presidencial con la que me sienta representado. En estos tiempos, puede sonar como una condición bastante difícil, pero espero que no lo consideremos como un imposible.

¿Que qué opino de toda la gente que asistirá a ver a La Arrolladora al Zócalo? Todas esas personas a la que muchos califican colectivamente de traidores y vendidos, tienen un sinfín de razones para estar frente a Palacio Nacional a la hora del Grito. Muchos estarán ahí en cumplimiento de una tradición de quién sabe cuántos años que sobrepasa gobernantes y partidos, otros estarán disfrutando de un espectáculo al que les sería imposible asistir si no fuera aprovechando las tradicionales prácticas populistas del gobierno, y otros tantos apelarán al utilitarismo y aprovecharán un festejo que, olvidándonos de ideologías, se pagó con dinero del pueblo. Vendepatrias es un adjetivo que menosprecia la situación individual de todos los que estarán presentes en el Zócalo y que se olvida de la diversidad social, económica y cultural que también es México.

¿Que no hay nada que festejar? Yo creo que los mexicanos tenemos y siempre tendremos motivos para festejar. Hay que festejar nuestra identidad, tan compleja y tan críptica que rara vez identificamos su ubicuidad en nuestras acciones y opiniones hasta que nos vamos del país; hay que festejar el aguante de un pueblo que se ha mantenido rebelde y en resistencia, aún a pesar de nuestra historia y nuestra situación geográfica; hay que festejar nuestra diversidad cultural, que se ha mantenido a pesar de siglos de malos tratos y pronósticos desalentadores; hay que festejar en nuestras más de sesenta lenguas vivas el mantenimiento de las tradiciones huicholas y las canciones rarámuris que se siguen escuchando a través de la Sierra Tarahumara; hay que festejar a ritmo de son jarocho y de banda norteña, con jaranas, marimbas, trombones y también con sombreros de charro y con bandas de mariachi, ¡cómo chingados no!

Cuando llegue el momento del Grito, échense un tequila o un mezcal a la salud de México, no por nuestro gobierno, ni por los tiempos difíciles, sino por todo eso que somos y que nos resulta difícil explicar, por toda la historia que traemos cargando, por nuestros símbolos, nuestros colores, nuestro espíritu y nuestra casa.

Somos mexicanos en las buenas y en las malas.

 

¡Viva México Cabrones!