En la cultura nahua la muerte no era para nada simple, y la forma en que una persona transitaba por el mundo, su comportamiento e incluso la forma de morir determinaban el lugar al que arribaría después de su partida.

Los nahuas tenían mucho respeto por la muerte, pero no le temían, ya que la concebían como una transición necesaria para despertar de este sueño llamado vida. A continuación te presento algunos de los inframundos donde tal vez despertemos después de morir.

A aquellos que morían de forma natural los esperaba el noveno piso del inframundo, pero para llegar al descanso eterno era necesario un recorrido largo y sinuoso, conocido como El Camino de los Muertos o Mictlán.

 

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El Mictlán era un camino largo que no distinguía entre clases sociales. De acuerdo a las traducciones actuales, y al hecho de que los mexicas consideraban como punto cardinal el “centro”, el Mictlán se ubicaría al Norte, y no debajo de la tierra.

Su entrada se describe como un lugar oscuro y cavernoso, al que se llega descendiendo. Una vez que se entra nadie puede salir, a excepción de dos animales considerados como mensajeros: el tecolote y la lechuza.

Una vez emprendido el camino de los muertos, este los lleva a descender por bajadas violentas, entre montañas. El orden preciso del Mictlán varía, según algunas traducciones del náhuatl. En primera instancia se debe cruzar el Río Apanoyapan, que era tan caudaloso que se necesitaría la ayuda de un perro, que llevaría al muerto en su lomo. La importancia del perro radicaba en el trato a los animales en la vida de la persona: Si se los había tratado bien y si el perro lo reconocía como dueño podría pasar. Si no, se quedaba del otro lado del río Apanoyapan por toda la eternidad.

 

 

El segundo mundo obligaba a pasar desnudo entre dos montañas que chocaban (el Tepenemonamictía), y posteriormente había que pasar el cerro erizado de pernales (Iztepetl), o Cerro de navajas.

El cuarto inframundo era el Cehuecayan, ocho collados donde nevaba constantemente. Después se atravesaban ocho páramos (Itzehecayan), donde se decía que el viento corta como navajas.

El sexto inframundo, Timiminaloayan, era el lugar donde manos invisibles flechaban a los pasantes.

El séptimo inframundo (Apanhiayo) requería cruzar agua negra donde se encontraba una lagartija llamada Xochitonal.

Al llegar al octavo mundo, Chiconahuapan o Izmictlan, se debía proceder a atravesar otros nueve ríos, muy largos.

En el noveno inframundo, Itzmitl Anapochcalocan, el más profundo de todos, se encontraba el dios Mictlán, que les daba la bienvenida a los muertos, ofreciéndoles su tan anhelado descanso. La recompensa ante tal travesía venía al observar cada día un atardecer magnífico sobre el Mictlán.

 

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Fray Bernardino de Sahagún relata que para alcanzar estos nueve inframundos se requería un tiempo de cuatro años a partir de la muerte de una persona. Las ofrendas en honor a los difuntos eran obligatorias hasta que se cumplían esos cuatro años, pues se suponía que ahí era cuando ya habían llegado al Mictlán.

Hasta aquí les he hablado de aquellos que morían en forma natural, pero quienes morían de otra manera, tenían reservado un lugar en otros paraísos, a saber:

– Quienes morían en accidentes acuáticos se dirigirían a la Casa de Tláloc, el Tlalocan, la deidad de la lluvia.

– Aquellos que morían en guerra o en parto iban al Tonatiuhichan o a la Casa del Sol.

– Finalmente, el chichihuacuauhco era el lugar al que iban los niños que morían durante el parto, quienes -según la cosmovisión mexica-, repoblarían el mundo cuando llegara el fin del quinto sol.