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Durante mi primer viaje a la parte centro/norte del continente, tuve la suerte de ser hospedada por una familia oriunda del DF, a quienes había conocido tiempo atrás en Buenos Aires. No eran épocas de redes sociales, de couchsurfing ni de viajeras independientes (al menos no en mi entorno). Saber que alguien esperaba por mí ni bien aterrizara en el monstruo de ciudad, me hacía sentir aliviada.

Aunque pasó ya un tiempo desde aquella experiencia, todavía recuerdo el impacto cultural de aquellos días como hija adoptiva. ¿Volvería a hacerlo? Claro que sí. Pero ojo, hay experiencias, que son viajes de ida. Acá, los motivos…

 

1. Comerás hasta el punto de no poder moverte.

Bueno, esto no es exactamente literal. Y tampoco puedo culpar a la familia anfitriona por eso: digamos que mis mandíbulas hicieron su parte. Además de suculentos desayunos, me tocó hacer el enooorme sacrificio de probar cuanta delicatessen pusieran en mi camino. En los almuerzos tuve que aprender de horchatas, de limón con todo, de salsas varias y tortillas, y hasta de platos que nada tienen que ver con el estereotipo de “comida mexicana”. Todo esto en pos del entendimiento cultural y de no despreciar la hospitalidad desmedida de mis nuevos amigos.

 

2. Y te moverás por paseos… pero comprenderás que eso también significa seguir comiendo.

“¿Paseamos por Chapultepec?” significa “comemos paletas picantes”. ¿Vamos a conocer el zócalo? Sí, pero antes hay que probar los tamales del puestito del señor de la esquina. ¿Visitamos Coyoacán? Sí, pero luego te hacemos probar unos tacos deliciosos que preparan allí cerca. ¿Quién puede tolerar que lo alimenten tanto, y encima tan bien?

 

3. Te acostumbrarás a que el “ahorita” puede significar una eternidad.

El diminutivo es lindo… “ahorita”. Pero, ¿qué significa? Creo que nadie lo puede asegurar. Para los que vienen de países donde se cae el mundo si el bus pasa diez minutos tarde, la seria impuntualidad mexicana puede ser un tremendo problema. Para mí, reconozco, fue un alivio. Los argentinos no nos caracterizamos por la puntualidad. ¡Fue lindo estar en un país entero que no se va a enojar porque llego quince minutos tarde!

 

4. La virgencita pasará a ser parte central de tus días.

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Primero lo noté al llegar a la casa y observar el pequeño santuario que había en la entrada, donde nunca faltaban las velas. Después, en los obsequios con que me esperaban: nunca faltaba la Virgen de Guadalupe. Más tarde, en todo. La virgencita estaba presente en todas las conversaciones, en los buenos deseos, y en los augurios para el viaje. Si íbamos de paseo y había una iglesia de paso, ¿por qué no entrar a conocerla y de paso hacer una oración?

No sé cuándo sucedió, pero de repente, pasé de ser una persona que “le pedía al Universo”, a encomendar cada cosa a la Virgencita, haciendo mi pedido con las manos entrelazadas. Y tan mal, confieso, no me fue…

 

5. No habrá manera de que “sin picante, por favor”, se traduzca a “sin picante, por favor”.

“Sin picante” pareciera ser, en idioma mexicano, “que pique un poco nomás” o “que me queme la lengua pero no los intestinos, por favor”. Así que por más que pedí sin picante una y otra y otra vez, terminé dando el espectáculo patético en más de una ocasión: litros enteros de agua casi sin respirar, la lengua afuera, las manos agitándose como abanicos para calmar el escozor. Lo bueno de todo esto es que hice reír a más de uno (yo incluida) y que terminé por aceptar que pedir comida sin picante sería como pedir pizza sin queso. Así que, coraje y valentía, no sólo me terminé acostumbrando sino que además, hasta diría que disfruté del cosquilleo ardiente en la lengua.

 

6. Tendrás nostalgia de tu infancia.

Me ofrecían jugo de tamarindo, aguas frescas o una torta de jamón y se me venía la sonrisa a la cara… ¿Quién no pasó tardes enteras frente a la tele, con el Chavo del 8? Muchas cosas me lo recordaban. No se imaginan lo inocente que me sentí al enterarme, pasados ya mis veinte, que “chapulín” es sinónimo de grillo. Y todo, les juro que todo, cobró sentido en mi vida.

 

7. Terminarás con una familia adoptiva que se amplía en cada reunión… y de la que será MUY difícil despedirte.

Mi familia adoptiva se preocupaba por mí, estaba en cada detalle y quería mostrarme lo mejor de su ciudad. Además, me llenaron de abrazos e hicieron que la despedida fuera peor que cuando dejé mi casa para irme a México. Así que mi consejo es que antes de viajar a México, te preguntes: ¿cómo se hace para seguir un viaje después de tanta emoción?