Porque es infinitamente más romántico.

Típica escena de una relación a distancia: le dijiste que no podrías ir a recogerlo al aeropuerto, pero llevas casi media hora esperando en la sala de llegadas. Sale por la puerta e inmediatamente cruzan miradas. La sonrisa se apodera de sus rostros; hay nervios, vacilación y finalmente un beso largo y apasionado. Todos a su alrededor notan que entre ustedes hay algo especial, todos sonríen. Hay esperanza en la humanidad.

Típica escena de una relación tradicional: Le dijiste que no podrías ir a recogerlo al trabajo, porque efectivamente no podías. Entra por la puerta e inmediatamente cruzan miradas. Apenas recuerdas que te había encargado sacar el dinero de la renta; una queja por el trabajo, otra por el trayecto y el besito de todos los días. Preguntas si saldrán a cenar. Él no tiene hambre, comió en el trabajo.

Si después de esto no están totalmente convencidos, sigan leyendo.

 

Porque el lazo que une a dos personas a la distancia no es cualquier lazo.

¿Cuántas veces no se han preguntado si su relación se mantiene por pura costumbre, o le han pedido un tiempo a su pareja para poner sus sentimientos en orden? Pues nada de eso existe cuando hay cientos o miles de kilómetros de por medio. El contexto de su relación son ustedes, no sus familias, ni los amigo en común, ni esas actividades que se han vuelto de los dos. No hay situaciones externas que mantengan la llama encendida, así que si ésta sigue ardiendo a pesar de los meridianos, es porque se trata de una buena llama.

 

Porque los fuegos artificiales nunca se van.

Cada reencuentro conlleva la emoción de las primeras veces. Los besos nunca pierden sabor, el sexo nunca se vuelve rutinario y siempre que estemos con nuestra pareja, estaremos ahí al cien por ciento.

 

Porque la conversación nunca pierde el glamour.

Muchos nos enamoramos en una charla de café, hablando de nuestros sueños, filosofando sobre la existencia y el tejido del universo. Nuestras pupilas se dilataban mientras escuchábamos las opiniones de ese ser que teníamos enfrente, cuya mente nos parecía deslumbrante y metafísicamente compatible con nuestro propio ingenio… lástima que unos cuanto meses después no podamos pasar del cómo te fue hoy y del qué comiste. La distancia ayuda a mantener las charlas en un punto en el que se les puede seguir llamando conversación.

 

Porque debemos entender que las ausencias no son algo malo.

Al contrario, son procesos muy útiles que nos ayudan a valorar y conocer a la otra persona y la relación que mantiene con nosotros. De esto también se desprende una gran lección de vida: no todo lo que nos hace falta nos vuelve incompletos.

 

Porque es la mejor forma de mantener lo cotidiano al margen.

En una relación a distancia convivimos en un universo de dos, muy parecido a esos primeros tres meses de cualquier relación en los que nuestros problemas personales y la vida diaria todavía no se han colado en nuestro disfrute. Hay una separación absoluta con todo lo mundano y aburrido del día a día y eso hace que nuestra relación se pueda mantener en un nicho donde a ninguno se le olvida pagar la luz ni pasar a recoger la ropa a la lavandería.

 

Porque la distancia es un obstáculo a sortear…

Y el amor se trata de sortear obstáculos. Cada vez que nos subimos a un bus o tomamos un avión para estar junto a nuestra pareja, estamos realizando el más puro acto de rebeldía en nombre del amor.

 

Porque nada se hace por costumbre.

Cuando la costumbre cede ante lo espontáneo, es porque algo estamos haciendo bien.

 

Porque puedes llevar una relación epistolar.

Comunicarse a través de cartas en un mundo donde la información fluye en fibra óptica es un lujo que pocos se pueden dar. Puede parecer loco, anacrónico y poco práctico, pero dada la ausencia de situaciones rutinarias disfrazadas de emergencias que requieran de inmediatez, bien se puede llevar una comunicación a la antigüita y ser la envidia del mundo. ¿No se les antoja?

Crédito: katiecooperx

 

Porque es una lección de confianza y respeto hacia el otro.

Olvídense de los celos y de ser extremadamente posesivos o dependientes. Mantener una relación a distancia en funcionamiento implica compromiso y madurez. Cualquier actitud antideportiva en la relación no será tolerada.

 

Porque esa necesidad de independencia no tiene que ser un problema.

En la vida en pareja siempre hay sacrificios por hacer y recompensas por ganar, pero habemos personas más susceptibles al sacrificio de independencia que está irremediablemente asociado a compartir la vida con alguien. Si tienen hábitos a todas luces incomprensibles como hacer ejercicio a las tres de la mañana, se alteran porque alguien más deja mal doblada la toalla de manos, les gusta dormir con alguien pero consideran que lo mejor de la vida es una cama gigante para ustedes solos, o han usado la frase “es mejor que cada quién tenga su espacio”, tal vez la distancia sea lo suyo.

 

Porque cada encuentro se convierte en una celebración.

Y esto hace que nos esforcemos a niveles sobrehumanos hasta en los más pequeños detalles. Planear una cena cuya preparación nos llevará media mañana y toda la tarde, para comer sin prisas y terminar la noche en arrebatos de pasión que pueden prolongarse hasta la mañana siguiente, no es algo que podamos hacer todos los días… si queremos conservar nuestro empleo y mantenernos en el espectro de lo socialmente funcional.

 

Porque tenemos lo mejor de dos mundos.

Cuándo estamos solos como perros, siempre quisiéramos tener a alguien con quien compartir nuestros gustos y placeres. Pero cuando estamos en una relación, siempre queremos tener más tiempo para nosotros mismos. La relación a distancia se ubica en esa delgada línea en la que se dispone de tiempo, se mantiene la añoranza, pero siempre existe la posibilidad del encuentro. Si esto suena como el equilibrio perfecto, es porque lo es.

*Crédito imagen de portada: Viewminder.