Crecí viajando con mi familia por mi propio país, Argentina, y tomando clases de danza cuatro veces a la semana, de manera que no es ninguna sorpresa que siga combinando ambas cosas en mi adultez. Tanto bailar como viajar han sido fundamentales para convertirme en la persona que soy hoy. En los últimos años, al viajar seguido o vivir durante períodos largos fuera de mi país, descubrí muchas ventajas de bailar que antes no había sabido apreciar, y las comparto acá. Lo que sigue no aplica sólo para bailarines experimentados, sino para todo tipo de turistas y viajeros intrépidos con ganas de moverse.

 

Cuando estás lejos de casa y extrañás el contacto físico -que te agarren de la mano, o un abrazo-, las danzas en pareja pueden ser justo lo que necesitás.

En mi primer mes viviendo sola en Australia, simplemente moría por un abrazo, y no conocía a nadie lo suficiente como para pedirlo, así que decidí retomar mis clases de salsa. Puede parecer una “pavada” (palabra argentina para tontería), pero lo cierto es que el pequeño contacto de agarrar las manos o dar un abrazo abierto al bailar me salvó, dándome una suerte de contención que yo tanto necesitaba.

Con el tiempo, algunos de mis compañeros de salsa terminaron siendo mis amigos más cercanos. Así que ya saben, si algún día necesitan “una mano” estando lejos de sus seres queridos, pueden ir a una clase de danza.

 

Los grupos de danza tienden a ser receptivos ante la diversidad.

En la pista de baile no importa si sos alto o bajo, queer o LGBT, asiático o latinoamericano… lo único que importa es cómo disfrutas de bailar, el esfuerzo que ponés en aprender, y cómo trabajás en pareja o en grupo. Y eso es mucho decir… Otros sitios pueden ser más cerrados ante los extranjeros, en cambio en una clase de danza está casi garantizado que por lo menos una parte del grupo te hará sentir bienvenido.

 

Bailar puede ser una rutina linda dentro de una vida sin rutina, o un respiro de las actividades turísticas.

Para los que viajamos mucho, la “no rutina” de la vida viajera puede llegar a agotarnos. También sucede que uno quiere hacer cosas fuera de lo típicamente turístico… ¡Ir a bailar es perfecto para eso! Experimentarás cómo es la vida nocturna del lugar, y probablemente podrás imaginar cómo es llevar una vida en esa ciudad.

En mi trabajo como guía de Buenos Aires, recuerdo lo mucho que apreciaban mis grupos de viajeros conocer una milonga de verdad. Yo, por mi parte, suelo elegir ir a eventos de Lindy Hop donde sea que esté en el mundo 😉

 

Conocerás lugareños.

Crédito: mmmswan

Aunque sea una paradoja, a veces puede ser difícil conocer lugareños al viajar. Algunos viajeros se la pasan con otros viajeros en un hostel, y en algunas culturas las personas no se ponen simplemente a hablar con un “extraño” en la calle. El espacio de una clase de danza o del baile social será la excusa perfecta para interactuar con lugareños que comparten el gusto por aquella danza / música que hayas elegido… Y esa será una base pequeña pero importante para comenzar una bonita amistad.

Algunas personas “usan” la danza como estrategia de conquista. Nunca me interesó ese tipo de levante, pero lo cierto es que también conozco muchos romances -internacionales o no- que han empezado entre compañeros y compañeras de baile. Quién sabe, ¡quizás conozcas al amor de tu vida en un evento de salsa y bachata en Japón!

 

Muchos bailarines también son viajeros, y comprenderán lo que estás viviendo, incluyendo los shocks culturales.

La globalización también ha significado que cada vez hay más eventos, competencias, congresos, tours, etc., para bailarines. Es posible encontrar excelentes bailarines de salsa en la India, de swing en Corea, de flamenco en Argentina o de danza árabe en Estados Unidos. En los últimos años, aún en pequeñas ciudades, los profesores de danza que conocí también eran viajeros experimentados, y tenían mucha apertura respecto a las diferencias culturales. Para un viajero-bailarín, encontrar a gente así no tiene precio.

 

Aunque sea una obviedad repetirlo acá, ¡bailar es un excelente ejercicio físico!

Trabajan muchos músculos y es divertido, ya sea que estés tomando una clase de principiantes o una de avanzados. Sólo ten cuidado de no “pasarte de rosca” y terminar lastimado… como todo, requiere que te cuides a vos mismo para poder disfrutarlo.

 

Aprender sobre bailes e instrumentos tradicionales es una de las formas más activas y rápidas de conocer una nueva cultura.

Crédito: karen_chan

Una de las mejores experiencias que tuve en mi mes en Japón fue tomar una clase de Taiko, unos tambores típicos que se tocan de manera coreografiada. Rápidamente descubrí que esos tambores tenían mucho más en común con el bombo argentino que lo que había imaginado. Entusiasmada, se lo conté a mi instructora, quien se mostró interesada en conocer cómo se toca el bombo en Argentina. Cuando sugerí quedarnos después de clase y conversar, mi instructora se quedó congelada. Así que rápidamente también descubrí que en Japón hay muchas más etiquetas para hacer invitaciones que las que yo imaginaba…

 

Bailar es una gran forma de estar en el momento presente, concentrado, y atento a las pequeñas (y grandes) cosas que suceden dentro tuyo y a tu alrededor.

En otras palabras, bailar es una de mis formas favoritas de practicar los principios de “mindful meditation”, y eso es bueno tanto en la vida cotidiana como al viajar. Cuando tengo un problema, cuando extraño a mis seres queridos, cuando estoy preocupada por el futuro, bailar me ayuda a volver al presente. Lo único en mi cabeza es estar a tiempo con la música, coordinar mis pies, girar y seguir bailando. Es por eso que creo fervientemente que bailar fue lo que me mantuvo cuerda al vivir y estudiar durante dos años en el extranjero.

 

Conocerás personas súper interesantes, que se atreven a vivir fuera de los moldes.

Crédito: zabara_tango

En mi experiencia personal, algunas de las personas más alucinantes que he conocido bailan. Bailan distintas danzas, por distintos motivos, y con distintos niveles de profesionalismo, pero bailan. Siempre me fue más fácil encontrar a individuos poco tradicionales (“locos lindos”) que comprenden que todos somos distintos en un salón de baile que en cualquier otro espacio. Ya saben… el tipo de gente que no le tiene miedo al ridículo. Y uno nunca puede tener demasiados locos lindos sin miedo al ridículo en su vida.