Crédito: Silvestre Sabaini

Relato de mis días como recolector de cerezas en Nueva Zelanda

New Zealand
by Rulo Luna Ramos 30 Jun 2015

Crédito: Silvestre Sabaini

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en los meses que viví y trabajé en un huerto de cerezas del sur de Nueva Zelanda es el color opaco de los amaneceres y atardeceres desde el interior de mi tienda de acampar. Un espacio de dos metros cuadrados que fue mi casa durante algunos meses, que hizo a un lado cualquier indicio de claustrofobia que pudiera haber existido en mí y que me enseñó que todo lo que se necesita para vivir cabe en una mochilita de treinta litros. Excepto las cobijas, y las cobijas sí que son importantes. También me acuerdo de las estrellas y de cómo sentía que los cielos del sur de Nueva Zelanda eran los más claros que jamás había visto. Me gustaría haber tenido más horas frente al cielo nocturno, pero cuando se trabaja en la pizca y la oscuridad dura cerca de cinco horas, rara vez se vive de noche.

Mi casa de lona y varillas estaba en medio de una huerta a unos diez kilómetros de Alexandra, capital cultural y económica del centro de Otago, en la isla sur de Nueva Zelanda. Alexandra no es mucho más que unas cuantas cuadras de casitas de madera, el único supermercado de la región, un par de tiendas, una alberca, varios restaurantes de comida cara y no muy buena, un parque, una biblioteca, un bar y un negocio de pizzas tailandesas que siempre está a reventar de mochileros porque comercian con el recurso más limitado de los alrededores: el internet. La principal atracción turística es un reloj empotrado en una montaña. El reloj brilla en la oscuridad y siempre va a tiempo.

Había llegado aquí medio por accidente y me quedé porque no tenía otra cosa mejor qué hacer. La temporada de cereza comienza a mediados de diciembre y le da trabajo a cientos de personas por algunas semanas. El rumor que se repite en todos los hostales de todas las ciudades de Nueva Zelanda es cierto: la pizca de cereza es uno de los trabajos mejor remunerados de la isla. Lo que nadie dice es que toda la comunidad de viajeros con algún tipo de visa de trabajo peregrinará hasta esta zona en perfecta sincronía con la temporada y que habrá más listas de espera y hostales con sobrecupo que trabajos seguros y bien pagados. Yo no venía a trabajar, yo quería ver los famosos paisajes del sur de Nueva Zelanda, pero llegué en el peor momento para encontrar un lugar accesible dónde dormir y en el mejor momento para que las circunstancias se adueñaran de mis planes.

Siempre traía mi tienda de acampar a cuestas, por si las dudas. Con esta carga llegué hasta una huerta donde me ofrecieron un trozo de pasto para instalarme y una cocina sobrepoblada, todo por seis dólares la noche. Una ganga considerando los treinta y tantos dólares que había que pagar en el dormitorio de doce personas más pinche de Alexandra. Me quedé porque se hablaba mucho español y porque era una buena forma de ahorrar mientras decidía hacia dónde encaminarme. Me ofrecieron comenzar a trabajar a los tres días, en pleno veinticuatro de diciembre y yo, por probar cosas nuevas, dije que sí.

 

Así se ven antes de ser empacadas, congeladas, y exportadas.

Seis dólares por cubeta… echen cuentas.

 

El trabajo de la pizca es pesado, como todo trabajo en el campo. Mucho sol, mucho cargar una escalera de tres metros de altura que ha visto mejores días, mucho miedo de caerse de la dichosa escalera y muchas cerezas inaccesibles en árboles que podrían haber estado mejor podados. Ocho horas de pizcar cerezas te enseñan que hasta la más pequeña acción repetida al infinito, duele y saca ampollas; también te enseñan que todo trabajo, por sencillo que parezca, tiene su técnica y que el esfuerzo extra para llegar hasta donde está la mejor fruta del árbol sólo vale la pena si eres tú quien la va a disfrutar. Las personas normales pueden llenar hasta treinta cubetas de cereza en una jornada, pero no faltan los casos incomprensibles que pueden completar el doble y verse como la fresca mañana. Yo me sentía satisfecho estando en el promedio, pero me gustaba ver las estrategias de los demás para romper sus propios récords; desde la pareja de canadienses que usaba bicicletas para hacer todo lo más rápido posible, hasta la banda de sudamericanos que distraía con cualquier cosa al encargado de recoger las cubetas llenas de cerezas para poder robarle algunas de vuelta. ¿Cuántas hiciste? era el arranque cotidiano de la conversación vespertina.

Durante el boom de la temporada, la cocina con sus dos refrigeradores y su único multicontactos mantuvieron la demanda de frío y energía de cincuenta almas. Cincuenta almas que también repartían sus necesidades fisiológicas en tres baños portátiles. A estas alturas de la vida, ya no me asusta ningún baño. Tiendas de acampar de todos tamaños y colores empezaron a rodear mi casita, que terminó por estar entre el barrio latino y la zona kiwi. Por una semanas, fuimos una comunidad sencilla y satisfecha con lo que hacíamos, con problemas comunes como resguardar nuestra comida de una zarigüeya que gustaba del pan de caja. Y con festejos todos los fines de semana.

 

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Me imagino que se están formando una imagen bastante paradisíaca -salvo la cuestión del baño- sobre este estilo de vida. Permítanme modificarles la imagen un poquito. El lugar era un campo de batalla en una guerra feroz contra el enemigo natural de las cerezas: los pájaros. A las seis de la mañana comenzaban a sonar las sirenas y otros sonidos que pretendían imitar cantos de aves, pero que más bien sonaban como almas en pena. También arrancaban las rondas de motocicletas que liberaban explosiones controladas para ahuyentar todo lo que tuviera oídos en cien metros a la redonda. Nunca necesite despertador. Cuando estábamos trabajando, también teníamos la grata compañía de tiradores armados con rifles de perdigones, que algunas veces atinaban a los pájaros y otras veces nos atinaban a nosotros… “por accidente”. Durante estos días pensaba mucho en las historias detrás de todo lo que comemos. ¿Se han puesto a pensar en eso? El colmo fue el día que desperté con el sonido de un helicóptero volando a unos cuantos metros por encima de los árboles; lo que parecía una escena de Apocalypse Now era una medida desesperada por salvar la cosecha de una tormenta veraniega. Las aspas de los helicópteros intentaban disipar la humedad y evitar que la fruta se pudriera. La estrategia no funcionó y pocos días después la mitad del campamento tuvo que irse a buscar nuevas opciones de trabajo en pasturas más secas.

 

La mejor manera de mantener las cerezas frescas y secas... un helicóptero.

¿Qué mejor manera de mantener la fruta fresca y seca?

 

Yo sobreviví al despido masivo y me quedé el tiempo suficiente como para que me ascendieran al grado de “colector en grúa hidráulica”. El encargado del personal me dijo que ese pedal movía la llanta izquierda, ese otro la llanta derecha y aquel controlaba el brazo hidráulico, y me abandonó a mi suerte en una máquina que me tenía a seis metros sobre el suelo y en la que bien pude haber causado un caos considerable. Lo más que me pasó fue quedar atrapado en medio de las ramas de un árbol, pero fui testigo de cómo una de mis compañeras arrasó con una tubería principal, provocando la inundación y el cierre de toda una sección de árboles. También fui testigo de cómo el hijo del dueño estrellaba su avión ultraligero entre las líneas de árboles cerca de donde trabajábamos. A él no le pasó nada, pero un par de cerezos murieron. Las cosas se empezaban a poner lúgubres, cada vez había menos trabajo y casi a diario despedíamos a algún miembro del campamento. Mi tienda de acampar se iba quedando sola.

Pasé de la pizca a la poda de árboles con un cuchillo de sierrita y entendí por qué los árboles estaban tan mal podados. Después trabajé en la empacadora, llenando cajas y cajas de fruta y formando enormes paquetes que irían a parar a un barco o a un avión, y se irían a Japón o a algún otro lugar de Asia donde alguien pagaría una millonada por las cerezas más grandes y perfectas de toda la huerta. Cada vez eran más los días en los que no había trabajo y febrero trajo consigo más y más frío… era tiempo de abandonar el barco.

 

Hogar, dulce hogar...

Hogar, dulce hogar…

 

Un buen día, la cocina en la que alguna vez tuve que hacer fila para poder cocinar, quedó vacía. Supongo que la zarigüeya también tuvo que irse en busca de otro grupo de personas que descuidaran su pan. En un rincón se amontonaban muchísimas cobijas y sacos de dormir abandonados… Ese día me encontró con la mochila y la tienda de acampar a cuestas, por si las dudas. Entre todo el silencio se escuchaban un montón de pájaros.

Las fotografías del artículo son propiedad del autor.  

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